No reír, no llorar, comprender.

“Las masas latinoamericanas no pueden hacer causa común con los verdugos, porque ellas también están en la lista de las víctimas” J.W.Cooke

Por Sabino Ledesma

(Golpe de Estado: GdeE)

Finalmente el Senado Brasileño aprobó la destitución de Dilma Rossef a través del juicio político por 61 votos a favor y 20 en contra. Esto significa que queda como presidente Michel Temer, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), quien era el principal socio del PT en el gobierno de coalición.

Desde el punto de vista ético puede ser injusta la destitución de Dilma, ya que se la acusa de algo que realmente no amerita una medida como el “juicio político”. Maquillar las cuentas públicas (según especialistas como Aníbal Pérez Liñan) es una práctica ilegal pero utilizada por casi todos los gobiernos de Brasil. Se podría decir que el delito por el cual se la acusa a Dilma es una “institución informal”, como una especie de acuerdo tácito entre la clase política.

No se intenta justificar esta estrategia que usan los diferentes gobiernos, solo decir que es común en la arena política brasilera, como en tantos otros países. También se puede pensar que esta destitución no es totalmente “legítima”, porque el famoso impeachment es promovido por una oposición totalmente lumpen y corrupta, que carece de solvencia moral para juzgar a nadie.

A la vez, es necesario aclarar que este hecho no fue un “golpe de estado” clásico como lo conocemos en América Latina. Si nos remitimos a la historia reciente de Brasil, GdeE fue el que sufrió Joao Goulart allá por el 64’ (dato de color: O Globo lo llamaba “el jefe del peronismo brasileño” cuando éste era Ministro de Trabajo del último gobierno de Vargas -1951/54- ).

Es decir, un GdeE se da cuando un grupo de presión -en el golpe de 1964 el ejército actuó como brazo ejecutor- toma el poder a través de la violencia y desplaza a un gobierno elegido democráticamente, sin respetar la voluntad popular ni los mecanismos institucionales de sucesión previstos por un régimen democrático. Desde sectores del progresismo afirman que estas modalidades de la derecha son anacrónicas, por el repudio internacional que conllevarían, por la deslegitimación de los ejércitos nacionales en sus respectivas sociedades, etc. y que por lo tanto son inaplicables en la actualidad.

Es por eso –sostienen- que el “imperialismo” y “las burguesías nacionales” utilizan los tan de moda “golpes blandos”, los cuales intentan debilitar lentamente a los gobiernos a través de diferentes estrategias (las cuales no se va a profundizar aquí ya que no es objeto de este escrito) generando descontento popular sin confrontar con los gobiernos. Es decir, evitan la violencia directa. Pero aquellos que argumentan esto pasan por alto el GdeE que sufrió Chávez en el 2002 (contrarrestado por la movilización popular) y el golpe en Honduras del año 2009 que destituyó al presidente Manuel Zelaya.

En mi opiniòn no existen los “golpes blandos”, existen maniobras de la clase dominante para desestabilizar generando inflación, utilizando los medios de comunicación, promoviendo corridas cambiarias, etc. como en toda sociedad capitalista a lo largo de la historia, pero un GdeE, es un golpe y punto.

Esta aclaración y diferenciación que se hace entre la destitución de Dilma y los GdeE clásicos no tiene la intención de corregir por el mero hecho de hacerlo, las categorías políticas utilizadas por los compañeros/as. Tiene como finalidad discutir las caracterizaciones (a mi modo ver, equivocadas) que se hacen de estos sucesos. Un GdeE no es lo mismo que un “juicio político” por más que a muchos le guste creer que sí. La acción opositora por canales institucionales no es igual a un golpe violento. Y es a esto a lo que me refiero a la hora de establecer las diferencias: para destituir a Dilma no hizo falta un golpe, alcanzó con las instituciones de un Estado -capitalista- establecidas en la Constitución, con importantes irregularidades pero dentro de la “legalidad”.

Así es como funciona la realpolitik, arena en la que eligieron jugar Dilma y Lula. Esto que se sostiene se debe a que el PT empleó un modelo de acumulación política totalmente convencional, dentro de los marcos de la democracia liberal, paradigma que lo llevó a este triste final.

Y aquí viene lo interesante ¿Qué tipo de alianzas estableció el PT para garantizar la “gobernabilidad” a lo largo de sus diferentes gobiernos? Solamente nos remitimos a las alianzas dentro del Congreso, es decir a las coaliciones de gobierno. Puede sonar reduccionista, pero las instituciones (una coalición es una institución) son el resultado de las relaciones de poder dentro de una sociedad y no al revés como intentan hacernos creer los deterministas institucionales.

Si bien desde la politología los tipos de coaliciones que se fundan se deben tanto a los marcos ideológicos de los partidos como a las estrategias políticas que van a llevar adelante los gobiernos en el congreso, yo las analizo además (en los gobiernos del PT) desde el punto de vista de mantener, o no, una matriz política liberal. El PT nunca buscó hacer una reforma electoral (tarea que no es fácil, pero es necesaria) que le permita superar las alianzas con los partidos “centristas” y terminar con un Congreso atomizado. Mucho menos se dedicó a generar nuevos mecanismos democráticos como son las Comunas en Venezuela o las consultas de Evo Morales a los movimientos sociales (procesos que no son lineales y obviamente pueden tener contradicciones).Y repito: El PT solo se relacionaba con sus votantes por las vías electorales convencionales. Dilma y Lula eligieron como aliados al destacado miembro de la Iglesia Evangelica y político liberal José Alencar y luego a Michel Temer, un pichón político de Ademar de Barros quien reconocía abiertamente ser simpatizante de las dictaduras.

El PT es el principal culpable de haber terminado así. ¿Acaso esperaban gobernar toda la vida con estas alianzas sin que nada suceda en el medio? El “fuera Temer” es legítimo, pero también lo era antes de las elecciones. Ahora quizás ya sea un poco tarde. La clase dominante se sacó a Dilma de encima con un tibio soplido. A esa Dilma que le hizo caso y volcó los ajustes macroeconómicos y la devaluación de un 50% sobre las espaldas del pueblo trabajador. ¿Hasta qué punto las bases del PT iban a seguir soportando estas alianzas y el ajuste de su Presidenta ”marxista” ?

Dilma hace ya tiempo que dejó de ser aquella revolucionaria detenida por la dictadura. Y no está mal, la cuestión es qué nos quieren vender y que elegimos comprar. Como alguna vez sostuviera el jefe montonero Juan Julio Roqué: “…ser revolucionario es un combate permanente no una patente vitalicia…”
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