¿ARGENTINA TIENE UN ESTADO DE BIENESTAR?

TRES MODELOS

El Estado de Bienestar consiste en el conjunto de bienes y servicios que provee (directa o indirectamente) el Estado para asegurar cierto nivel de bienestar en su población. Usualmente esto incluye jubilaciones, pensiones, servicios de salud, servicios de educación, asistencia social, asignaciones familiares y en algunos casos seguros de desempleo, vivienda y alimentación.

Muchas veces se cree que los países de tradición liberal, como Estados Unidos, no tienen estado de bienestar. Pero esto está lejos de ser realidad. En 1990, Gosta Esping-Andersen escribió “Los Tres Mundos del Estado del Bienestar”, un libro que revolucionó los estudios sobre el tema. Su tesis principal es que en el mundo desarrollado capitalista existen por lo menos tres tipos de Estados de Bienestar: el liberal, el conservador-corporativista y el socialdemócrata, cuya diferencia no reside en el nivel cuantitativo del gasto social sino en la dimensión cualitativa de su estructura.

Vale aclarar que esta tipología está basada en el concepto de “tipo ideal” de Max Weber, donde los tipos ideales no existen de forma pura en la realidad, sino que los casos reales (por ejemplo, los países) pueden contener elementos de varios tipos ideales. Sin embargo, en un caso real, casi siempre hay un tipo ideal que predomina. Es por eso que un caso predominantemente liberal como Gran Bretaña pueden haber elementos socialdemócratas como su sistema nacional de salud (NHS).

El estado de bienestar liberal es común en los países anglosajones, por ejemplo Estados Unidos, donde la política social está enfocada en los estratos más pobres de la sociedad. El espíritu de esta configuración le otorga al mercado el rol protagónico y la política social está diseñada para ayudar a los marginados a (re)ingresar al mercado. En este esquema, el resto de la población con un ingreso superior a determinado piso debe pagar por su propio bienestar. Es así como la privatización del bienestar se complementa con las políticas sociales exclusivamente para los más pobres. Se puede pensar que este esquema es el más beneficia a los estratos más desposeídos, pero los beneficios no suelen ser generosos y “paradójicamente” los países con estos esquemas son los menos exitosos en bajar los niveles de desigualdad y pobreza (ver el trabajo de Korpi & Palme, 1998). Políticamente, estos sistemas resaltan la libertad económica e intentan combatir más la pobreza que la desigualdad. Según Esping-Andersen, este tipo de estado de bienestar refleja la debilidad de la clase obrera para organizarse e imponer su interés en la esfera pública. Aún más, como el esquema se financia por los servicios pagados por todos y beneficia solo a los más pobres, la clase media se suele aliar con la clase alta para ir en contra de estas políticas sociales (Korpi & Palme, 1998).

El estado de bienestar conservador-corporativista es común en Europa continental, por ejemplo en Alemania, donde la política social intenta universalizarse a través de esquemas de contribución obligatoria y los lazos familiares. Es decir, los beneficios sociales se reciben como contrapartida de una contribución mensual y obligatoria. En el caso en que uno no trabaje a cambio de una remuneración (como puede ser un ama de casa o un estudiante) los beneficios se reciben por estar dentro del núcleo familiar del contribuyente. Habitualmente los esquemas son financiados por los aportes que reciben los empleados, como el que otorgan los empleadores. El rol protagónico en este esquema lo tienen las corporaciones (sindicatos, cámaras empresariales, Iglesia) y la familia, mientras que el Estado se encarga de tutelar esta coordinación. Políticamente, este tipo de estado de bienestar, según Esping-Andersen, fue resultado de una alianza entre los trabajadores organizados y la iglesia católica o del accionar político de un estadista conservador (por ejemplo, el canciller alemán Otto von Bismarck) que utilizó la política social para evitar el conflicto social y una posible radicalización política. Por último, estos sistemas se centran en garantizar seguridad social para su población y mantener el estatus de los diferentes grupos ocupacionales. Como el bienestar se asegura a través de la membresía a un grupo (ya sea ocupacional o familiar), estos esquemas tienden a generar cierto grado de desigualdad y desamparo a los excluidos de estos grupos. Sin embargo, como antes se ha dicho, los estados de bienestar reales suelen mezclar elementos de diferentes tipos ideales, por ejemplo, en Alemania, además de los esquemas contributivos (seguridad social) se provee una mínima asistencia social que no depende de la contribución de la persona para contener a los excluidos del mercado laboral como también se asegura la gratuidad y excelencia del sistema de educación terciario y universitario.

El estado de bienestar social demócrata es común en el mundo escandinavo, por ejemplo en Suecia, donde la política social es universal ya que está financiada a través de impuestos progresivos (el que gana más paga más, el que gana menos paga menos) pero, a diferencia del esquema liberal, toda la población ciudadana puede recibir los beneficios, desde el ciudadano más rico al ciudadano más pobre. Es decir, lo que permite acceder a las políticas de bienestar no es un bajo nivel de ingreso, como en el esquema liberal, o la membresía a un grupo, como en el esquema conservador-corporativista, sino simplemente ser ciudadano del país. Esto le da cierto blindaje político a este tipo de estado de bienestar, ya que es apoyado por la mayoría de la población; en términos de clase, hay una alianza entre la clase media, los trabajadores de cuello azul y los estratos más desposeídos (Korpi & Palme, 1998). El rol protagónico en este sistema lo tiene el Estado quien es el encargado de recaudar los impuestos y redistribuir la riqueza mediante mecanismos como la política social. Políticamente, este sistema fue resultado de la organización sindical de los trabajadores y su conexión íntima con los partidos socialdemócratas. Este origen político está relacionado con el espíritu de este sistema de bienestar que prioriza la igualdad de sus ciudadanos por encima de su libertad económica (liberal) o el estatus de los grupos ocupacionales más fuertes (conservador-corporativo).

Para concluir, nos gustaría reflexionar sobre el estado de bienestar argentino. Por más que sus niveles de bienestar no sean tan altos como en la mayoría de los países desarrollados, se puede hablar de Estado de Bienestar en este país. Históricamente, la política social comenzó a fines del siglo XIX con la consolidación del estado nacional. En esa época se promulgó la ley de de educación básica laica, gratuita y obligatoria (Ley nº 1420) como también jubilaciones y pensiones para los grupos relacionados al estado nacional (jueces, militares, diplomáticos, empleados públicos). A partir de ahí hasta la emergencia del peronismo, las políticas sociales estuvieron relacionados a la creciente urbanización (establecimiento de hospitales para evitar el contagio de enfermedades), conflictos obreros en sectores claves para la economía agro-exportadora (por ejemplo, jubilaciones para ferroviarios) y en la importancia electoral de la clase media (por ejemplo, jubilaciones para empleados bancarios y de seguro). Sin embargo, en esta época, una minoría de trabajadores se beneficiaba de la política social. Fue con el peronismo que se instalaron las bases del Estado de Bienestar moderno y la mayoría de la clase trabajadora tuvo acceso a los beneficios sociales (Mesa-Lago, 1978).

Volviendo a la tipología de Esping-Andersen, en Argentina se puede encontrar políticos sociales que responden a diferentes tipos ideales. Por ejemplo, los planes sociales para los estratos más bajos se pueden clasificar como políticas liberales; las jubilaciones basadas en contribuciones salariales y patronales como políticas corporativistas; y la educación universitaria gratuita como política universalista o socialdemócrata. Aún más, dentro del campo de la salud, se pueden encontrar el solapamiento de tres lógicas: la salud pública (gratuita para el público y financiada por impuestos), las obras sociales (basadas en contribuciones y ligadas a los grupos ocupacionales) y las prepagas privadas que crecen como consecuencia de la informalización laboral de la clase media y el desfinanciamiento de la salud pública. En fin, en Argentina como en el resto de los países se puede encontrar todas las lógicas, sin embargo los elementos conservadores-corporativistas predominan (Isuani, 2009) aunque hay elementos universales, típicos de los sistemas socialdemócratas, como la educación universitaria, la salud pública y recientemente el sistema previsional, que son fundamentales para asegurar el bienestar de la población argentina.

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Referencias:

– Esping-Andersen, G. (1990). The three worlds of welfare capitalism. Oxford: Polity Press.
– Isuani, A. (2009). El Estado de Bienestar Argentino: un rígido bien durable. Politikós: estudios políticos e internacionales, 12, 35-72. 
– Korpi, W., & Palme, J. (1998). The paradox of redistribution and strategies of equality: Welfare state institutions, inequality, and poverty in the Western countries. American sociological review, 661-687.
– Mesa-Lago, C. (1978). Social Security in Latin America: pressure groups, stratification, and inequality. University of Pittsburgh Press.

Imagen: Helmuth Ellgaard, ‘Die Ruhe vor dem Sturm’ (La calma previa a la tormenta), 1955.

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