MUJICA ES OTRA HISTORIA

 

 

La aprobación por parte de los congresales del Frente Amplio con  un porcentaje alto de votos, consagra a Mujica el candidato oficial de esta fuerza política, de cara a las próximas internas. Este resultado no se queda en lo anecdótico del triunfo político y admite diferentes lecturas. Una de ellas es la que hará la fuerza progresista, la otra será la que realice  el hombre de la calle.

Tal vez debamos situarnos en que se lee para discernir y para optar. En ese campo, la opción se plantea clara y precisa, para los que deban elegir entre Mujica y Astori.

Unos elegirán un proyecto bastante ligado a los organismos financieros internacionales y a la vez poco integracionista en el plano regional, como es el proyecto de Astori. Y los otros lo harán por algo que trasciende un simple marco político, para irse conformando en un hecho histórico.

El hecho histórico surge de la naturaleza de las cosas y tiene una dinámica circular, se reproduce por ciclos y está por encima de lo político. Tiene otro valor más significativo, porque es producido por los pueblos y un conductor. Y  Mujica no es solo un político, es además un conductor.

El conductor, tiene relación con el caudillo. Esa relación marca que el conductor está por encima de las situaciones coyunturales y trasciende los marcos ideológicos. El caudillo es una herencia española, plasmada en lo criollo, con nombres que concibieron la patria y la nación como un destino; donde los hombres pudieran realizarse como individuos y como nación. Artigas, San Martín, Rosas y Oribe, en su tiempo, sabían muy bien que solo podían consolidar un proyecto de independencia y soberanía  solamente con el pueblo como garante de esas conquistas.

Siempre que surge la posibilidad histórica de un cambio profundo de corte nacional y popular,  la alianza del conductor es con el pueblo en su conjunto y con los menos beneficiados en particular. Perón en Argentina y Herrera en Uruguay, al igual que Aparicio Saravia, eran sabedores en la práctica de esos legados de liberación.

Enmarcadas ambas dentro del discurso sarmientino de civilización o barbarie a la derecha que de por sí lo es y  a la derecha que dentro de una fuerza progresista disputa espacios de poder, las une gran coincidencia discursiva, cuando se denuesta la figura de Mújica y no es un hecho paradojal. Tiene su sustento y su raíz. La izquierda ilustrada tiene la misma raíz y el mismo tronco que la derecha liberal y ambas son hijas de lo que Ernesto Goldar llama “colonialismo ideológico”,  en su libro “La descolonización ideológica”.

Del caudillo nacionalista Luis Alberto de Herrera, ferréo opositor a las intervenciones yanquis y británicas en estas latitudes y que al igual que Juan D. Perón, concebía una Patria Grande, con soberanía, justicia social  e independencia política, la izquierda dependiente de los centros de poder, lo tildó de nazi. Impidiendo la gestación de un movimiento nacional y popular, nacido de un partido de germen artiguista y revolucionario.

Luis Alberto Herrera a quien Mújica reconoce como a uno de sus maestros, fue también un guerrillero saravista y apoyó el Bogotazo, revuelta popular desatada tras el asesinato del caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán. Y apoyó la oposición de Juan Perón y Jacobo Arbenz de Guatemala, contra el Plan Marshall, que los EE. UU. propiciaban aplicar en la región. Reuniendo para tal propósito a todos los presidentes de México para abajo, en la IX  Conferencia Panaméricana, que se desarrollaba en esos momentos en Bogotá. La condena por el asesinato de Gaitán y el repudio a la política imperialista, fue un triunfo de Herrera en el parlamento.

Lo que sí es paradójico, que quien representa a la derecha conservadora, sea un nieto de Herrera. Luis A. Lacalle, abanderado de una extraña cruzada, mezcla de neoliberalismo y nacionalismo conservador. Verborrágico vertedor de conceptos medievalistas, alejado de las raíces federales y revolucionarias, de Manuel Oribe, Leandro Gómez y Aparicio Saravia.
 
En estos tiempos de tanto titubeo progre, de tanta exhibición de producción universitaria alejada de la realidad, porque lo discursivo no resuelve, la figura de Mújica está llamada para construir desde otro lugar, desde el lugar que no construyen los partidos y sí los pueblos. Saravia, Herrera, el Ché…Artigas, son los nombres que trazan un rumbo y un sustento de revolución auténticamente americana, escribió  Eduardo V. Haedo en algún lugar de la batalla.

 Ni en Uruguay, ni en Argentina los gobiernos progres, resolvieron los problemas profundos de la sociedad, solo administraron con planes sociales la pobreza y no tocaron intereses que pudieran  impedir la gobernabilidad y realizar así un reparto de la riqueza con justicia social incluida.

Ante el desmoronamiento del actual sistema y de la perdida del poder hegemónico por parte del imperio yanqui, se ve también, en relación a esto, que en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Paraguay se están jugando cartas, que no se juegan en otros lados.

En esos países se disputa y se construye poder, hacia fuera y hacía adentro y en todos ellos lideran criollos, que saben muy bien que las oligarquías vernáculas, siempre operaron a favor de los intereses foráneos.

Chávez, Evo, Correa y Lugo no son políticos en el sentido enciclopédico y burgués del término, son otra cosa, son conductores. Un político no sería una figura acorde al proceso histórico, porque además de un país, lo que se está construyendo es la conciencia de una nueva nación. Son re fundadores y re fundar,  no es esa la tarea de un político, sería un fracaso si un político se lo planteara esa empresa.

Lo que crea Mujica además de lo político, es algo que circula por la memoria colectiva, por los sueños individuales y por la celebración del recuerdo, que es reconciliar a los hombres con el pasado y proyectarlos al presente.

A estas manifestaciones del tiempo quizá se deba agregar la profecía, como elemento enunciativo y poético de ese futuro que desde abajo se va gestando.

Y la profecía parte de un gaucho mítico como Martín Fierro, desertor del ejército mitrista y colorado que destruyó al Paraguay de Solano López. Pero antes ese criollo recuerda los días felices de los paisanos en la época de Rosas:

El gaucho más infeliz tenía
Tenía tropilla de un pelo

Y después cansado de gringos y “dotores” sabedor, de que no son la solución:
Y dejo correr la bola

Que algún día se de parar-
Tiene el gaucho que aguantar
Hasta que lo trague el  hoyo
O hasta que venga algún criollo
En esta tierra a mandar.

Hay más razones para elegir a Mújica, pero hay que otra que hace a la esencialidad de la causa y el efecto es una construcción del hombre. Mújica rescata desde la memoria para construir, porque sabe que la memoria del dolor también tiene su fin. Paul Ricouer, nos dice en uno de sus textos que una de las funciones de la memoria, es recordar, para enseñar, cuando Mujica reconoce en Herrera a uno de sus maestros, nos está indicando que no estaba lejos del pago lo que buscábamos en otras latitudes.

La colonización es también cultural y va imbricada con lo pedagógico. Con esa pedagogía que nos ha sido impuesto a través de los organismos financieros internacionales o a través de los medios de comunicación. Y la respuesta a esa dependencia muchas veces también nos vino de afuera y no fue una buena solución.

Nos hacen zonzos, para que no nos vengamos grandes, decía el criollo Arturo Jauretche, en referencia a esa dependencia. Tal vez sea la hora de andar otro camino, más válido, más de la esencia de uno y  que alguien  diga: ¡Orientales, festejen!

Porque Oriental, es más de todos. Es inclusivo y artiguista. Es patriarcal. Suena a Patria para todos.

Eduardo Silveyra.
Escritor/Periodista.
Argentina
silveyra55@hotmail.com


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