ZITARROSA, 20 AÑOS

Un 17 de enero de hace veinte años atrás, en su entrañable Montevideo,  Alfredo Zitarrosa comenzaba su transito hacia el azar de la memoria.
Dolorido de alcohol, tabaco y desasosiegos que lo hermanan de algún modo,  con un personaje de cuento, de otro uruguayo sabio en desarraigos,  Juan Carlos Onetti.
En una de sus coplas, otro hombre de este suelo, llamado Atahualpa Yupanqui, dice poéticamente, que, mientras haya una guitarra Argentina u Oriental la milonga no morirá. Esto nos remite a la memoria, es decir a la heredad de un saber, de una identidad y de una construcción colectiva que nace de la inspiración individual.
Los primeros rastros aseverativos, de esta esencialidad que indicamos, deben ser rastreados en los viejos cielitos patrióticos de Bartolomé Hidalgo, porque en esa senda de gesta anduvo el oriental Alfredo Zitarrosa, con su pinta de cantor de bodegones, quien al hablar de los otros, también lo hacia de si mismo.
Hay algo que debe realizarse cuando uno quiere penetrar en la esencia de una obra de arte, esa operación consiste en despojarse de todo y dejarse invadir con humildad por aquello que contemplamos o escuchamos.
Este artilugio de la observación y el aprendizaje, Alfredo Zitarrosa lo realizó con su pueblo, es decir, que no solo fue el cantor, sino que también, en su medida humana fue su cuerpo. O sea un opus en escala. Solo un artista verdadero es capaz de tamaña empresa y en ello va la vida.
Y que importante se torna  la vida, cuando se trata de la palabra, porque la palabra es lo que nos vuelve humanos. Y ser humano consiste en muchas cosas, entre ellas amar, sufrir y partir, como en una milonga o un tango.
Exilios y desarraigos, forman parte de la historia reciente de estos pueblos del Río de la Plata, de esos desgarros surgen diversas lecturas y cada una de ellas encierra una poética que se transforma en canto. Para que ello ocurra, es necesario el poeta que interprete el dolor, la pena y la alegría y nos enseñe desde lo político y lo que trasciende lo político, es decir lo existencial.
Ayer anduvo la muerte entre mis libros, dice el poeta Zitarrosa. en esa melopea político- confesional que es Guitarra Negra y en ella resume y dibuja un círculo vital, el que va de la nada a la muerte… y en el medio el absurdo.
Hay que decir desde un  lugar humano, que en esta vida cada vez más despareja y más de desamparo y en el que la palabra se volatiliza sin cumplir su sentido, que Zitarrosa esté en nuestra memoria y en nuestro corazón, es también un hecho feliz.

Eduardo Silveyra
Buenos Aires.


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