Quizás haya llegado el momento de quebrar lanzas a favor de Mario Pergolini y sus declaraciones acerca de Marcelo Tinelli y la participación en Bailando por un sueño de Serafín Zubiri. No es que piense que las expresiones del conductor de CQC no hayan sido de mal gusto: lo son y, además, probablemente esté equivocado y sea un poco hipócrita en su descripción del negocio televisivo.
Es evidente que Pergolini vuelca cada vez que quiere subir la apuesta en una batalla mediática y que, en alguna medida, ha ido perdiendo el olfato que señala el límite entre la ironía y la franca grosería. Sin embargo, creo que una persona tiene derecho a hacer chistes de mal gusto, a contradecirse o a opinar sin consistencia. Tiene el derecho, en fin, de hacer todo eso y no sufrir la acción de una jauría de comisiones integrada por fiscalizadores de la corrección y el decoro.
A partir de un perfil demasiado alto del INADI y de su omnipresente autoridad máxima, María José Lubertino; de la desafortunadísima intervención de la presidenta del país estigmatizando una ilustración y de la penosa intervención de la Facultad de Ciencias Sociales formando parte del Observatorio de Medios, el clima resultante tiene más que ver con el control y la persecución que con el libre ejercicio de la palabra.
No se trata de falta de libertad de prensa: dentro de los límites de un capitalismo defectuoso, en la Argentina, desde 1983 en adelante se puede opinar en contra de las autoridades sin sufrir más sanciones que, en algunos casos (e incluso no en todos), el reparto inequitativo de la pauta publicitaria oficial. La libertad de expresión es una conquista de la democracia, una de sus pocas promesas satisfechas, y ni siquiera el infinito deseo K de controlar cada noticia podrá hacer dar marcha atrás en ese sentido.
Esto es diferente, se trata de otra cosa, acaso menos definida pero no por eso menos ominosa. Es un clima cultural que tiende a dotar a la palabra de un poder mágico. La mención de determinadas expresiones impregna a su emisor como la peste, como el pecado original, que no se borra con lo que esa persona haya hecho en la vida cotidiana, tanto en lo profesional como en su intimidad. En este orden de cosas, si uno dice “mogólico”, discrimina, pero si dice “personas con capacidades diferentes”, no discrimina, independientemente de lo que esa persona haga en su cotidianidad. Decir también es hacer, sí, pero suponer que Mario Pergolini está realizando un ejercicio de discriminación al hacer su famoso comentario acerca de los mogólicos bailando por un sueño es ignorar antecedentes y contexto, es ir a la letra y no al espíritu.
Este clima de control de cada expresión, esta módica caza de brujas realizada por inquisidores de peluche, genera la famosa “doblelengua” que Orwell describía en la novela 1984. Como en los Estados Unidos, vamos a terminar disponiendo de un listado de palabras prohibidas y sus correspondientes eufemismos, como “hombre de color” por “negro”. Mientras tanto, las mujeres seguirán ganando menos que los hombres por realizar el mismo trabajo y los edificios no dispondrán de rampas para el acceso de discapacitados. Hay que ser ciego para no darse cuenta de que allí reside la discriminación verdadera.