El Descamisado

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La Clase

Trabajadora Nacional

La Fundación Patagonia Tercer Milenio y el consejo editorial de la Revista El Descamisado presentaron una re-edición del libro "La Clase Trabajadora Nacional" del compañero Antropólogo Guillermo Gutiérrez (integrante de las Cátedras Nacionales, Director de la revista Antropología del 3° Mundo, Director del Depto. de Antropología de FFyL de la UBA en 1973) publicado por primera vez en los años 70 por la Revista Crisis. Aquí una breve introducción de autor, de un material histórico e indispensable para conocer la conformación de la clase trabajadora de nuestro país.

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Notas sobre la reedición


1. Cultura e historia en la definición de clase trabajadora


Esta reedición de “La Clase Trabajadora Nacional” fue promovida por varios compañeros interesados en difundir y a la vez reencontrarse con un material que les resulta útil para su formación política e ideológica, y que de alguna manera ha mantenido vigencia a pesar de haber atravesado casi cuatro décadas de la tormentosa realidad social y política de la Argentina.

Publicado en la colección “Cuadernos de Crisis”, en el difícil año de 1975, en este prólogo intentaremos situar su reedición desde la plataforma que nos brindan estas décadas de distancia.

El trabajo fue planificado, al momento de su elaboración, como un material periodístico, y su propuesta era aproximarnos a un análisis de los trabajadores desde una perspectiva que entrecruza política, historia y cultura como determinantes de la condición de clase. Esta propuesta se mantiene en su reedición, pero también enfocando en este prólogo los profundos cambios estructurales producidos desde entonces.

La idea original surgió cuando Aníbal Ford, secretario de redacción de la revista “Crisis” y director de los “Cuadernos de Crisis”, me invito a elaborar un material para dicha colección. Poco tiempo atrás “Crisis” había publicado una nota de mi autoría sobre Juan Bialet Massé y su pensamiento sobre la clase trabajadora argentina, revelador de una serie de aspectos no considerados en la abundante bibliografía sobre los obreros y la organización del proletariado argentino.
En el “Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República”, realizado en 1904 a pedido de Joaquín V. González con el objetivo de redactar un Código del Trabajo, Bialet Massé expone con crudeza la situación de los trabajadores, la explotación a que son sometidos, y aboga por la jornada de ocho horas y la necesidad de que los empresarios ofrezcan condiciones de trabajo dignas y saludables. Su investigación se realiza sobre todo en el norte del país, en las “provincias históricas”, pero su mirada crítica y profunda es en verdad un cuadro completo sobre la sociedad argentina de la época, y una descripción de las bases del conflicto que emerge en el nuevo siglo, cuando los trabajadores comienzan a organizarse y reivindicar sus derechos.

Pero el “Informe….” es mucho más que una descripción pormenorizada de la situación del trabajador; en forma primordial, su valor reside en el estudio en profundidad que realiza sobre las calidades humanas, físicas y culturales del trabajador criollo, que desde la derrota de los caudillos venía siendo colocado por las elites del poder político e intelectual como ejemplo de barbarie, vagancia y baja calificación laboral e intelectual.

Personalmente venía trabajando desde 1974, en una cátedra universitaria, una percepción diferente sobre la importancia de los procesos de rebelión popular en los siglos anteriores a la independencia, y su calidad de sustrato sobre el que se asentó la constitución de las clases desde el último tercio del siglo XIX. Esta idea implicaba establecer la continuidad histórica y cultural de esas luchas con el proletariado emergente en esa última etapa del siglo.

Fue precisamente el “Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República” el factor que conjugó esa idea de continuidad histórica con la categorización de una “clase trabajadora nacional”, enfocada desde un ángulo diferente a la clásica interpretación de que “la clase” emerge a partir de las corrientes migratorias europeas y con escasa incidencia de los factores históricos locales. La valorización que realiza Bialet Massé de características que van más allá de la definición economicista de “clase obrera” nos abrió el camino a ese otro enfoque, porque nos acercó a una clase obrera constituida por trabajadores concretos, de carne y hueso, ubicados en el territorio real e inmediato, definidos a partir de su historia y cultura y la del contexto de la que emergen.

Historia y cultura son, precisamente, los dos factores que tratamos de revalorizar en nuestro análisis de la clase trabajadora. Porque en esa recuperación es posible remontarnos, en tiempo y significado, a los pueblos de la América profunda, a las luchas de los comuneros, a las rebeliones de los pueblos originarios, al gauchaje que encuentra en el liderazgo de caudillos regionales su instrumento de reivindicación.

Diversos autores han enfatizado en que la clase obrera argentina se formó a fines del siglo XIX”… como producto del desarrollo del capitalismo y la constitución de las clases sociales propias de la sociedad moderna”… En ese planteo, la clase obrera “moderna” aparece como un fenómeno producido por el efecto de las luchas sociales ocurridas en Europa, sin vínculo con las antiguas capas de primitivos siervos de la gleba y gauchos andariegos. Dotada de la razón y la conciencia portadas desde el viejo continente por migrantes fogueados en las experiencias anarquistas y socialistas, “la clase” es presentada como la superación de las masas ignorantes, seguidoras ciegas del caudillo de turno.

No discutimos el rol de la experiencia inmigración europea en la constitución de nuevas estructuras de clase, correlato necesario de la nueva etapa del capitalismo en el país; pero también consideramos imprescindible señalar que esa experiencia tiene un desarrollo concreto cuando las nuevas formas organizativas comienzan a encarnarse en las masas originarias.

Estas masas son el sustrato concreto, consolidado desde la época de la colonia, que permitirá asentarse hacia fines del siglo XIX a las nuevas conformaciones de la clase trabajadora. Son las protagonistas de las primeras grandes batallas de los trabajadores nacionales; son los trabajadores nativos a la par de los italianos y españoles y polacos y tantos otros pobres los actores de la Semana Trágica o las huelgas de la Patagonia, y de los cientos de conflictos que sacuden al país en las primeras décadas del siglo XX. Es un proceso acelerado en el que unos y otros terminan redimiendo la condición de “criollos”, no importa la procedencia de país o continente. En poco tiempo el polaco rubio será tan criollo como el morocho recién llegado desde Corrientes o Santiago del Estero, del mismo modo que, desde el ’45 en adelante, la condición de “cabecita negra” será determinada por la condición de trabajador y no por el color de la piel o el cabello.

Esta identidad es construida por la clase trabajadora a partir de la vertiente que conjuga historia y cultura, e interpela fuertemente a las interpretaciones esquemáticas que definen al proletario como un universal abstracto, tratando de adaptar las realidades nacionales a ese modelo sin contenido real. Fueron esas realidades nacionales las que incidieron en las estrategias y metodologías que adoptaron desde principios del siglo XX los distintos lineamientos que conformaron las organizaciones obreras. Si bien desde los comienzos las mismas tuvieron enormes dificultades para catalogar a la masa trabajadora criolla, sus estrategias terminaron conjugando sus principios básicos con las identidades reales de esa masa.

En este proceso las ideologías tuvieron fuerte peso. Los socialistas, entre los que primaba la clase media urbana, depositaron sus esperanzas en la acción educativa y la instalación de bibliotecas populares, táctica loable pero sin ningún contenido crítico con respecto a los contenidos reales de la educación a la cual tenían acceso los sectores populares. Predominaba la idea del progresismo derivado de la ley 1420, de educación universal, laica y gratuita, pero esa concepción nunca profundizo en el significado de la educación pública como reproducción pedagógica del sistema. En esa perspectiva, los socialistas argentinos consagraron como ejemplos de la democracia y el progresismo a personajes como Sarmiento o Mitre, claramente identificados con la represión a las masas de las provincias interiores; y esa concepción la proyectaron a todo sus accionar político y social.

Por el contrario, la práctica anarquista de acción directa y antiautoritaria tuvo contacto inmediato con la base proletaria, como se demostró en las grandes huelgas de la Patagonia y en multiplicidad de conflictos menores. Si bien la concepción anarquista del estado era teóricamente débil –y los llevó a la acción directa de los asesinatos selectivos- a la vez exponía un señalamiento inmediato del enemigo de clase, representado por los participantes del poder, fueran policías o políticos, que estaban a la mano y eran visibles por todos.

Los comunistas, por su parte, tuvieron que esperar hasta 1918, año de creación del partido comunista argentino, para constituirse en una fuerza visible que rápidamente devino en una misión difícil de entender para las masas criollas: la defensa de un proceso registrado en un país lejano, la Unión Soviética, a cuya causa quedaron atados acríticamente hasta que la URSS se disuelve como nación en 1991, en lo que fue uno de los mayores y desastrosos experimentos de cambio social de la historia.


1. 1945, punto de inflexión


En la historia de la clase obrera argentina, el punto de inflexión de su conciencia se produce el 17 de octubre de 1945, que la articula con el liderazgo de Perón y el emergente peronismo, y catapulta nuevas formas organizativas y de relación con el Estado y el conjunto de las clases sociales.

Esa fecha puede considerarse como el momento fundante de una revolución cultural, ya que inicia un proceso que implica: a) la incorporación masiva de los trabajadores del interior al proceso industrializador, generando un fuerte impacto en toda la sociedad argentina, pero especialmente en la urbana; b) la nueva situación de una distribución del ingreso más equitativo, que permite una movilidad ascendente; la formulación pública de una serie de derechos; c) la consolidación y empoderamiento de la CGT como central única y del sindicato por rama que les asigna un rol decisivo en el proceso político, social y económico. La CGT, fundada en 1930, tenía hasta ese momento un comportamiento apenas moderado, frente al estado y las patronales, permanentemente debilitada por las divisiones que la recorrieron desde su creación.

Desde ese momento decisivo de 1945, hasta el día de hoy, la clase trabajadora nacional salta de su condición de subordinada a un nuevo estadio de autonomía, al punto de quedar definida como la “columna vertebral” del movimiento peronista. Este salto significa que tanto en la fuerza o en la debilidad, los trabajadores sindicalizados se constituyen en un actor insoslayable, tal como ocurre después del golpe militar autodenominado “revolución libertadora”, en 1955. Es en las organizaciones de los trabajadores, o con su respaldo y apoyo, que se inicia la etapa de la resistencia peronista al gobierno militar. Cuando todas las estructuras gubernamentales y partidarias del peronismo son desmanteladas por la represión, es el sindicalismo peronista el que está en condiciones de desarrollar una estrategia que, con el paso del tiempo, dará lugar a las diversas formas de lucha que permiten revivir al movimiento peronista.

Esta autonomía de una manera u otra estará presente hasta al día de hoy en las decisiones del estado, los gobiernos las fuerzas políticas y sociales.

A partir de 1945, por primera vez en la historia social argentina, el sindicalismo se articula con el aparato del estado; esta articulación, lejos de ser un hecho coyuntural y táctico, se transforma en la misma forma de movimiento de la clase trabajadora. Emerge el sindicalismo peronista; pero la fuerza de esta orientación no radica en la decisión de los dirigentes, sino en la autodefinición como peronistas de los mismos trabajadores.

Es un momento crucial de superación en la misma concepción de clase, porque es la condición de peronista la que define la pertenencia de clase. Es el amalgamiento de dos corrientes culturales: la tradicional matriz criolla, valorizada después de décadas de depreciación, y la nueva, plenamente política, que se acuñó a partir de la movilización de masas iniciada el 17 de octubre de 1945.

Esta amalgama tiene suficiente contundencia y se consolida a lo largo de los años, al punto de sobreponerse, en tanto sustrato cultural de la clase trabajadora, a la conflictiva y a veces errática trayectoria de las organizaciones sindicales que pretenden representarla. Es una definición cultural que interpela en forma permanente a los dirigentes de esas organizaciones, que pueden ser volubles en muchos aspectos pero que una y otra vez deberán aceptar el mandato político de sus bases. Lealtades y traiciones, enfrentamientos, corruptos, honestos, en todos los casos la resignificación de la relación entre sindicalismo y clase trabajadora es una permanente revalorización de la identidad peronista originaria.

Esta matriz se registra inclusive en coyunturas de alto grado de polarización, como la que se da entre 1968 y 1972, cuando la CGT de los Argentinos, dirigida por Raymundo Ongaro, intenta en convertirse en una alternativa a la CGT “oficial”, cuyo máximo y descollante dirigente fue, en esa etapa, Augusto Timoteo Vandor. El origen de la diferenciación arranca en 1966, cuando Vandor acuerda con el gobierno de Onganía e inicia una etapa dialoguista que, según sus críticos, planificaba devenir en un “peronismo sin Perón”. A la vez, la CGT de los Argentinos arranca con la crítica de este sindicalismo dialoguista pero avanza hacia nuevas posturas de denuncia de la llamada “burocracia sindical”.
La compleja trama de estos conflictos sindicales está fuertemente condicionada a la vez por el escenario de violencia, uno de cuyos efectos más dramáticos es el asesinato de diversos dirigentes de dicha “burocracia sindical”, entre ellos el del mismo Vandor, muerto a balazos en 1969.


2. 1975, punto de no retorno


Al momento de la primera edición de “La Clase Trabajadora Nacional”, en 1975, convivíamos con un punto extremo de violencia política. A la vez, ese año es prolegómeno de la más sangrienta dictadura de la historia argentina, que irrumpe en marzo de 1976 e instaura un sistema represivo basado en la tortura, la desaparición y el asesinato de personas. Militantes de organizaciones populares, sectores de la Iglesia, intelectuales y dirigentes políticos fueron víctimas de esta metodología.

Las organizaciones sindicales no escaparon a la persecución, y muchas de ellas fueron intervenidas o bien puestas “bajo supervisión”. En el plano de la represión directa, el objetivo se centró en los activistas de base y los delegados de fábrica, el sector militante más expuesto y prácticamente sin la protección de “aparato” con que contaban los miembros de las organizaciones armadas. Más del 40% de los desaparecidos y asesinados por la represión fueron delegados de base, miembros de Comisiones Internas (Comisiones Internas completas), miembros de Consejos Directivos de sindicatos, Secretarios Generales de Sindicatos, muchos de los cuales fueron secuestrados tras ser delatados por ejecutivos de las mismas empresas en las que trabajaban.

En este clima represivo surgió una corriente sindical liderada por Saúl Ubaldini, que se diferenció fuertemente del sector llamado “dialoguista”, notorio cómplice de la dictadura.

La magnitud del proceso de violencia y represión, el profundo drama de las desapariciones y asesinatos, y el cepo impuesto a la sociedad en su conjunto por la dictadura limitaron la toma de conciencia sobre el rol que el sindicalismo crítico, no dialoguista, asumió en esa etapa, y la importancia del mismo en el combate al gobierno militar.

Ese combate requirió una estrategia inteligente, de acumulación de pequeños actos, de generación de conflictos variados, como las luchas de 1976 y 1977, la huelgas del SMATA, el conflicto de Luz y Fuerza reprimido y castigado incluso con la desaparición de su Secretario General, Oscar Smith, la organización de la Comisión de los 25, primera expresión orgánica del sindicalismo que se rebelaba contra los militares. Estas gestas iníciales finalmente desembocaron en tres grandes manifestaciones: el paro nacional convocado para el 27 de abril de 1979, la movilización por “Paz, Pan y Trabajo” del 7 de noviembre de 1981, y el paro con movilización del día 30 de marzo de 1982. En todos los casos hubo represión miles de detenidos, incluyendo a Ubaldini. Entre los hechos lamentables de esa represión debemos recordar el asesinato del obrero metalúrgico Dalmiro Flores, muerto a balazos por la espalda frente al Cabildo de Buenos Aires.

La idea global que guió estas movilizaciones estaba contenida en el documento de autoconvocatoria del 25 de noviembre 1980 en el que, con lenguaje mesurado pero firme, se planteaba la necesidad de “recuperar la vigencia plena de la CGT” como herramienta que permitiría superar la situación generada por la dictadura.
Ya ahogada por la resistencia de los trabajadores, la dictadura echó mano a un último recurso, que fue la invasión de Malvinas que, como sabemos, concluyó en un desastre de derrota, muertes e indignidad.


3. La etapa de la desestructuración


La etapa de la dictadura fue grave para los trabajadores en términos de la represión; pero aún con el saldo de muertos y desaparecidos, hubo otra consecuencias, mucho más graves: la expulsión de miles de trabajadores de su trabajo, lo que significó expulsarlos de la misma condición de trabajadores. A la vez, la disminución de la masa empleada implicó la creciente debilidad de sus organizaciones. Esas consecuencias fueron causadas por el inicio de una política económica basada en la desindustrialización, la importación sin medida y predominancia de la actividad financiera por sobre la productiva.

La aplicación de las políticas neoliberales/ neoconservadoras fue un fenómeno de nivel mundial, y generó una realidad que difícilmente puede explicarse con las categorías tradicionales de la política o la economía.

La primera de esas categorías que cae es la tradicional definición de que los desocupados constituyen un “ejército industrial de reserva”. Este concepto fue arrasado por las nuevas tecnologías y los sistemas globalizados de producción, que implica resolver la producción mediante contingentes reducidos de trabajadores calificados. En las viejas épocas, ese ejército de mano de obra desocupada permitía los empresarios regular el salario y el conflicto, aprovechando la competencia entre los mismos trabajadores. Pero en la etapa de predominancia del capital financiero ya no se trata de disciplinar mediante la competencia entre trabajadores; a partir de los cambios estructurales que arrinconan la producción, el disciplinamiento se produce por la expulsión simple y definitiva del trabajador con respecto al sistema, y su confinamiento en el área de los excluidos, desde la cual ya no podrán regresar a su condición anterior.
Estas políticas, lejos de ser corregidas y superadas por los gobiernos civiles que sucedieron a la dictadura, fueron continuadas (en el caso del gobierno de Alfonsín, por falta de decisión o impericia) y luego profundizadas mediante el proceso de privatizaciones del gobierno de Menem, que incluso avanzó en el planteo neoliberal más que los mismos militares.

Este proceso termina de consolidar el nuevo bloque dominante, nucleado por el capital financiero, con una reestructuración institucional –basada en el bipartidismo/partidocracia- funcional a sus intereses.

La exclusión social estructural, a la vez que potenció la escisión entre acción política-acción social, también dio lugar a nuevas formas del movimiento sociales, que trataron de consolidarse como expresión de un actor que siempre existió, pero que nunca se había expresado como tal: la sociedad civil.

El debilitamiento estructural de la clase trabajadora resultante, especialmente en ciertas áreas estratégicas, no sólo implicó un golpe directo al poder de los sindicatos sino también un descalabro de la experiencia acumulada por el trabajo nacional. Al día de hoy una de las mayores dificultades que se presentan en numerosas ramas de la industria y la agricultura es la pérdida de oficios.

La desestructuración de la clase trabajadora arrojó a miles de obreros y empleados al mundo del piadosamente denominado trabajo informal, cuando en realidad muchas de las actividades improductivas y de subsistencia a la que debieron recurrir no tienen ninguna utilidad ni reconocimiento social. Por caso, cartoneros, vendedores de baratijas, limpiadores de parabrisas o malabaristas en las esquinas de las ciudades, “trapitos”, son ejemplos de máxima de estas actividades superfluas, que consumen las horas útiles de personas en perfectas condiciones físicas e intelectuales, disponibles para su inserción en las actividades productivas.

En 1986, un seminario de la CLAT (Central Latinoamericana de Trabajadores) celebrado en Santiago de Chile, encontró una definición de este sujeto social emergente: “la clase trabajadora en la marginalidad”. Una categoría que implica que grandes contingentes de estos sectores han sido desplazados de la producción real aunque mantienen la base cultural heredada de una larga tradición obrera. Pero aun contando con esta base cultural, los cambios estructurales determinan que ya no volverán a su condición de trabajadores, ni en sus ocupaciones ni en sus vidas cotidianas; por las carencias económicas deben confinarse en hogares hacinados, en villas miserias o territorios urbanos marginales, que los ponen a la par con una masa creciente de excluidos, ubicados siempre en el borde de la supervivencia, que muchas veces caen en las redes de tráfico de drogas o en el delito; es un ejemplo de lo que Ted Córdoba Claure llamó “la calcutización de América Latina”.

Es este proceso el que determina una fractura en la sociedad argentina que no puede remediarse mediante pactos, ni por la primacía de un sector popular sobre otro. Lo esencial de esta fractura no es una cuestión de gradualidad en la pobreza, sino la conformación de dos sociedades diferentes, la de los integrados por un lado, y los excluidos por otro. Estos han conformado una serie de nuevos valores y normas que, todavía, no son suficientemente comprendidos a la hora de formular políticas de desarrollo social. El intento desde el estado de encuadrar a estas masas excluidas, hasta el momento, sólo ha dado como resultado la generación de un sistema clientelístico y su correlato, un funcionariado preocupado tan sólo en que las cosas no salgan de cauce.

En la perspectiva de la clase trabajadora que analizamos en estas páginas, el riesgo mayor es que este proceso socave la matriz cultural que garantizó la recuperación de la historia y la cristalización de una identidad elaborada durante décadas.

Las primeras reacciones de “la clase trabajadora en la marginalidad” fueron la constitución de movimientos sociales enmarcados en la concepción del “Movimiento de los Trabajadores”, una visión que supera el término “movimiento obrero”, históricamente asociado al proletariado emergente de la revolución industrial, e incorpora como trabajadores no sólo a la masa asalariada y sindicalizada, sino también al conjunto de actores que integran el diversificado mundo del trabajo actual.

Sin embargo, la agudización de la crisis de desocupación, miseria y exclusión fundamentó que los movimientos sociales se nutrieran masivamente de excluidos y desocupados. Imposibilitados de saltar desde esta condición a la de trabajadores –aún en la informalidad- estos movimientos incrementaron su presión sobre los organismos del estado, a fin de obtener más subsidios y “planes”. Aún desde un discurso reivindicador correcto, los movimientos sociales no pudieron superar la meta de integrarse mediante las concesiones del estado clientelista, obtenidas en forma casi exclusiva por la presión mediante el piquete y el corte de calles y rutas. Tácticas que momentáneamente pueden ser exitosas pero que, a la vez, conducen a enfrentamientos con los trabajadores que mantienen su posición como tales, fuertemente perjudicados por este tipo de medidas.


4. Transnacionalización del poder y exclusión


Como efecto, entra en crisis la idea de que la pobreza es el principal drama humano, tanto a escala mundial como nacional. El problema esencial, irreversible, es la emergencia de esta nueva estructura social, que a escala global generó el ejército de excluidos. Se va consolidando un continuo en el que los polos son, por un lado, un bloque dominante de nuevo tipo, transnacional, y por otro, un extremo antagónico conformado – en el ámbito mundial- por esos excluidos estructurales, que superan la mitad de la humanidad.

Dicho bloque transnacional conforma una nueva forma de concentración de la riqueza, basada en una presencia planetaria que disuelve o enmascara las procedencias nacionales de sus personeros.

En paralelo, se amplía día a día la masa de quienes languidecen en el límite de la supervivencia. Deambulan buscando un horizonte y cada vez más, para evitar su desplazamiento hacia las sociedades opulentas, se levantan alambrados en las fronteras y se diseñan renovadas tácticas de contrainsurgencia. Desde el 11-S hemos visto la cantidad de recursos retóricos que puede utilizar este bloque de poder transnacional para justificar la represión que está ejerciendo a escala mundial.

Esta realidad deviene a la vez en una característica extraordinaria, que es la pérdida de importancia de la enorme preocupación por el crecimiento exponencial de la población mundial. Prácticamente desapareció de la agenda de los sectores dominantes el tema de la superpoblación y la escasez de recursos para sostenerla, que fue una constante de análisis para el Club de Roma (La Humanidad en la Encrucijada), y la Comisión Trilateral, que llenaron páginas y papers en la década de los 60’- ’70.

En la Argentina esta nueva realidad de los excluidos se mueve tanto en las periferias, en los barrios sumergidos dentro de las ciudades, como en las zonas rurales en las que la renovada concentración de la tierra sigue desplazando campesinos y pequeños productores.

La idea de “los pobres” como opción de cambio y motor de una nueva historia, en el marco de esta sociedad nacional, ha quedado sin sustento: los millones de desplazados del sistema formal ya saben que no volverán al mismo. Por lo tanto van creando una nueva cultura, valores diferentes, un sistema propio de ocupación del territorio y tácticas novedosas, tanto de convivencia interna como con la “otra” sociedad.

El problema de esta sociedad distinta, emergente, es que aún no puede reconocerse a sí misma como tal; sus reivindicaciones y discursos siguen basados en la demanda a la “otra” sociedad, la formal. Ésta, a su vez, lejos de comprender la magnitud de la nueva realidad, se atiene a sus propios códigos de explicación; apenas alcanza a proponer soluciones tibias y asistencialistas, en la esperanza de que la contención mediante dosis homeopáticas de “ayuda social” confine a los indeseables lejos de sus reductos de tranquilidad.

En el imaginario colectivo de quienes aún se sostienen en el “sistema”, los excluidos se transforman rápidamente en el enemigo oculto. Esta dosis de confusión es fogoneada por el bloque dominante, que por sí solo no puede controlar esta masa indigente ni la explosión social en ciernes. Para lograr este objetivo se diseñan y aplican diversas ingenierías sociales, dirigidas a que los otros miles de millones de personas, que aún gozan de distintos grados de inclusión, sean aliados en la preservación de privilegios.

Mecanismos claves para asociar a estos sectores son los sistemas de gratificación mediante consumo y satisfactores materiales, que implican la apropiación y el uso irracional de los recursos disponibles, aún a costa del deterioro irreversible de extensas regiones del planeta, como es el caso de la megaminería.

Este es el nuevo y gigantesco desafío para la clase trabajadora nacional. Hasta ahora, la base de combate fue una amalgama, un cruce único entre condición social, historia, política y cultura. Ahora el desafío no sólo es mantener su coherencia y unidad como clase heredera de esa amalgama, sino también imaginar y poner en práctica estrategias de recuperación, en la condición de trabajadores, de esa masa de excluidos. Como medida urgente, disolver los antagonismos que objetivamente surgen entre unos y otros. Esta es la tarea histórica imprescindible y urgente, porque de otro modo estamos ante la profundización de la división estructural, con el peligro de la clase se debilite en tanto trabajadora y también como nacional.-

 

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