Resulta algo extraño esto de que los actuales jóvenes deben estar agradecidos y merecen ser envidiados porque pueden desarrollar sus actividades en un clima de efectivas libertades individuales respetuoso de derechos y garantías constitucionales consagrados en el siglo XIX, en contraste con lo que sucedía en las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado. Parece que a más de 27 años de la recuperación de aquellas garantías todavía debemos andar agradeciendo hoy en día la continuidad de su vigencia.
Sucede que el centro de la disputa política de aquellos tiempos no pasaba por «el estado de derecho» y sus garantías decimonónicas, la discusión era sobre el poder. Esa visión casi enternecedora del pasado reciente elude auscultar en la marca profunda de la memoria en lo que hace a una época que expuso lo nacional indeleble; una especie de viga maestra que explicaría nuestras claves históricas, entonces y ahora. Un relato que por la dramaticidad del fracaso “de la liberación” expuso luego los mayores disfraces, eufemismos, hipocresías y máscaras linguísticas en cuanto a de qué se trataron y tratan las cosas nacionales, la violencia y las calidades institucionales.
En esta perspectiva el discurso presidencial está más cerca de los eufemismos, las hipocresías y las máscaras linguiísticas, que de una propuesta política clara y efectiva para volver a discutir el poder.
El oscurantismo impuesto por la oligarquía a través de sus brazos armados fue mucho más que la violación del «estado de derecho». Por lo visto, cierta visión clasemediera y bullanguera de la historia no puede terminar de descubrir ni mucho menos comprender la maduración de aquel tiempo histórico; los intentos de “integración” del país en el cuadro de países de “desarrollo medio”, así como el proceso de “integración” de los argentinos en la capital-puerto, violentaron profundamente no sólo la naturaleza geográfico-económica del país y su tradición histórica, sino que imponían sobre el libre desarrollo de las personas el peso demoledor de estructuras cosificantes: ésa era (y es) la violencia mayor. Sólo la supresión y sustitución de esas estructuras, o sea, su subversión integral podía darnos la liberación. Era cuestión de elegir: la persona plena, o la cosa ciega y opresora.
No era ni es lo mismo «Libertad» que «Liberación».
Siembre es bueno que los jóvenes estén en movimiento, que se organicen, y que como escalón generacional asuman al responsabilidad de aportar para la construcción de la Nación. Claro que como todo siempre habrá distintas visiones y distintas prácticas.
Por esto mismo, cuando en estos días se han puesto de manifiesto dos expresiones juveniles; una movilizada entorno al derecho a estudiar y a que el Estado provea los recursos y logística adecuados y eficaces para garantizar ese derecho; y la otra concentrándose en un acto auspiciado por el Estado Nacional reivindicando la recuperación del «estado de derecho», no pueden caber muchas dudas por dónde anda aquella juventud a la que le interesa volver a disputar el poder.
