Geopólitica del imperialismo contemporáneo

Por Samir Amin**

El análisis que propongo está inscrito en una visión histórica general de la expansión del capitalismo, la cual no voy a desarrollar por razones de espacio (1). En esta visión, el capitalismo ha sido siempre, desde sus orígenes, un sistema polarizante por naturaleza, es decir, imperialista. Esta polarización – es decir, la construcción concomitante de centros dominantes y periferias dominadas y su reproducción más profunda en cada etapa – es propia del proceso de acumulación del capital operante a escala mundial, fundado sobre lo que yo he llamado “la ley del valor mundializada”.

En esta teoría de la expansión mundial del capitalismo, las transformaciones cualitativas de los sistemas de acumulación entre una fase y otra de su historia construyen las formas sucesivas de la polarización asimétrica centros / periferias, es decir, del imperialismo concreto. El sistema mundial contemporáneo seguirá siendo, en consecuencia, imperialista (polarizante) para cualquier futuro posible, en tanto la lógica fundamental de su despliegue siga estando dominada por las relaciones de producción capitalistas. Esta teoría asocia entonces a imperialismo con proceso de acumulación del capital a escala mundial, hecho que yo considero como una sola realidad con diferentes dimensiones, de hecho indisociables. Ella se diferencia entonces de la versión vulgarizada de la teoría leninista del “imperialismo como fase superior del capitalismo” (como si las fases anteriores de la expansión mundializada del capitalismo no hubieran sido polarizantes) y de las teorías post modernistas contemporáneas que califican a la nueva mundialización como “post imperialista” (2).

1. Del conflicto permanente de los imperialismos al imperialismo colectivo.

En su despliegue mundializado el imperialismo se conjugó siempre en plural, desde sus orígenes en el siglo XIX hasta 1945. El conflicto entre los imperialismos, permanente y, a menudo, violento, ocupó, de esta manera, un lugar decisivo en la transformación del mundo a través la lucha de clases, según la cual se expresan las contradicciones fundamentales del capitalismo. Luchas sociales y conflictos entre imperialismos se articulaban estrechamente y esta articulación es la que ha comandado la historia del capitalismo realmente existente. Yo señalo en este sentido que el análisis propuesto se separa ampliamente del de la “sucesión de hegemonías”.

La segunda guerra mundial provocó una transformación mayor en lo concerniente a las formas del imperialismo: la sustitución de un imperialismo colectivo, asociando al conjunto de los centros del sistema mundial capitalista (para simplificar, la ”tríada”: Estados Unidos y su provincia exterior canadiense, Europa Occidental y central y Japón), a la multiplicidad de imperialismos en conflicto permanente. Esta nueva forma de la expansión imperialista pasó por diferentes fases en su desarrollo, pero está aún presente. El rol hegemónico eventual de los Estados Unidos, del cual habrá que precisar sus bases y las formas de su articulación con el nuevo imperialismo colectivo, debe ser situado en esta perspectiva. Estas cuestiones subrayan problemas, que son precisamente las que yo desearía tratar en este epílogo.

Los Estados Unidos obtuvieron un beneficio gigantesco con la segunda guerra mundial, la cual arruinó a sus principales combatientes – Europa, Unión Soviética, China y Japón. Ellos quedaron entonces en una posición que les permitía ejercer su hegemonía económica, ya que concentraban más de la mitad de la producción industrial del mundo de entonces y tenían la exclusividad de las nuevas tecnologías que dirigirían el desarrollo de la segunda mitad del siglo. Además, ellos tenían la exclusividad del arma nuclear – la nueva arma “absoluta”. Es por estas razones que yo no sitúo el corte que anuncia el fin de la guerra en Yalta, como se dice a menudo (en Yalta los Estados Unidos aún no tenían el arma) sino en Postdam (días después de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki). En Postdam el tono americano cambió: la decisión de la “guerra fría” fue tomada por ellos.

Esta doble ventaja absoluta resultó ser erosionada en un tiempo relativamente breve (dos décadas) por la doble recuperación, económica para Europa capitalista y Japón, militar para la Unión Soviética. Recordaremos entonces que este repliegue relativo de la potencia de los Estados Unidos alimentó a toda una época en que floreció el discurso sobre el “declive americano” e incluso crecieron hegemonías alternativas (Europa, Japón, y más tarde China … ).

En este momento se sitúa el gaullismo. De Gaulle consideraba que el objetivo de los Estados Unidos después de 1945 había sido el control de todo el Viejo Mundo (“Eurasia”). Y que Washington había logrado hacer avanzar sus peones destruyendo a Europa – a la Europa verdadera, del Atlántico a los Urales, es decir, incluyendo a la “Rusia Soviética” como él decía – agitando el espectro de una “agresión” de Moscú en la cual él no creía. Sus análisis eran, según mi punto de vista, realistas y perfectos. Pero él era casi el único en decir esto. La contra estrategia que proponía frente al “atlantismo” promovido por Washington, estaba fundada en la reconciliación franco – alemana, sobre la base de la cual la construcción de una “Europa no americana” podría concebirse, con el cuidado de mantener a Gran Bretaña fuera del proyecto, ya que estaba tildada, a justo título, de ser el Caballo de Troya del atlantismo. Europa entonces podría abrirse hacia una reconciliación con Rusia (soviética). Reconciliar y aproximar a los tres grandes pueblos europeos – franceses, alemanes y rusos – pondría un término definitivo al proyecto americano de dominación del mundo. El conflicto interno del proyecto propio europeo puede entonces resumirse en la opción entre dos alternativas: la Europa atlántica, proyecto americano, o la Europa (integrando en esta perspectiva a Rusia) no atlántica. Pero este conflicto aún no está resuelto. Las evoluciones ulteriores – el fin del gaullismo, la admisión de Gran Bretaña en Europa, al crecimiento del Este, el derrumbe soviético – han favorecido hasta el presente a lo que yo califico como la “supresión del proyecto europeo” y su “doble disolución en la mundialización económica neoliberal y en la alineación política y militar con Washington” (3). Esta evolución reconforta, además, la solidez del carácter colectivo del imperialismo de la tríada.

¿Se trata de una transformación cualitativa “definitiva” (no coyuntural)? ¿Implicará forzosamente un “liderazgo” de los Estados Unidos de una u otra manera? Antes de intentar responder a estas preguntas es necesario explicar con más precisión en qué consiste el proyecto de los Estados Unidos.

2. El proyecto de la clase dirigente de los Estados Unidos: extender la doctrina Monroe a todo el planeta.

Este proyecto, el cual yo calificaría sin vacilaciones de desmesurado, e incluso de demencial, y de criminal por lo que implica, no nació de la cabeza del Presidente Bush hijo, para ser puesto en práctica por una junta de extrema derecha que logró el poder por una suerte de golpe de Estado como consecuencia de elecciones dudosas.

Este es el proyecto que la clase dirigente de los Estados Unidos concibe después de 1945 y del cual nunca se ha separado, a pesar de que, con toda evidencia, su puesta en marcha ha pasado por altas y bajas, ha conocido algunas vicisitudes, ha estado a punto del fracaso y no había podido ser llevado a cabo con la coherencia y la violencia que éste implica, salvo en ciertos momentos coyunturales como el nuestro, consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética.

El proyecto le ha dado siempre un rol decisivo a su dimensión militar. Concebido en Postdam, tal y como argumenté anteriormente, este proyecto se fundó sobre el monopolio nuclear. Muy rápidamente los Estados Unidos pusieron en marcha una estrategia militar global, repartiendo el Planeta en regiones y delegando la responsabilidad del control de cada una de ellas a un “US Military Command”. Yo vuelvo aquí a recordar lo que escribí antes del derrumbe de la URSS acerca de la posición prioritaria que ocupaba el Medio Oriente en esta visión estratégica global (4). El objetivo no era solamente “encerrar en un círculo a la URSS” (y a China) sino también disponer de los medios que harían de Washington el dueño absoluto de todas las regiones del planeta. Dicho de otra manera, extender a todo el Planeta la Doctrina Monroe, la cual efectivamente le daba a los Estados Unidos el “derecho” exclusivo sobre el Nuevo Mundo conformemente a los que ellos definían como sus “intereses nacionales”.

Este proyecto implica que “la soberanía de los intereses nacionales de los Estados Unidos” sea colocada por encima de todos los otros principios que enmarcan a los comportamientos políticos considerados como medios “legítimos”, desarrollando una desconfianza sistemática frente a todo derecho supra nacional. Ciertamente, los imperialistas del pasado no se habían comportado tampoco de manera diferente y aquellos que busquen atenuar las responsabilidades – y los comportamientos criminales – de la dirigencia de los Estados Unidos en el momento actual, buscando “excusas” (5), deben considerar el mismo argumento – el de los antecedentes históricos indiscutibles.

Hubiéramos deseado ver cambiar la historia tal como parecía suceder después de 1945. El conflicto entre los imperialismos y el desprecio del derecho internacional, dados los horrores que las potencias fascistas provocaron durante la segunda guerra mundial, fueron los elementos que condujeron a que la ONU fuera fundada sobre un nuevo principio que proclamaba el carácter ilegítimo de las guerras. Los Estados Unidos, podríamos decir, no hicieron suyo este principio, sino que además, han sobrepasado ampliamente a sus precoces iniciadores. Al día siguiente de la primera guerra mundial, Wilson preconizaba volver a fundar la política internacional en principios  diferentes a los que, después del tratado de Westphalie (1648), le habían dado la soberanía a los estados monárquicos y luego a las naciones más o menos democráticas, dado que ese carácter absoluto estaba cuestionado por el desastre hacia el cual había conducido a la civilización moderna. Poco importa que las vicisitudes de la política interior de los Estados Unidos hayan pospuesto la puesta en marcha de estos principios, ya que por ejemplo F. Roosevelt, e incluso su sucesor Truman, tuvieron un rol decisivo en la definición del nuevo concepto de multi lateralismo y en la condena a las guerras que lo acompañaban, base de la Carta de las Naciones Unidas.

Esta bella iniciativa – sostenida por los pueblos del mundo entero en aquel entonces – y que representaba efectivamente un salto cualitativo hacia el progreso de la civilización, nunca contó con la convicción ni con el apoyo de las clases dirigentes de los Estados Unidos. Las autoridades de Washington siempre se sintieron mal dentro de la ONU y hoy proclaman brutalmente lo que estuvieron obligadas a esconder hasta este momento: ellas no aceptan incluso ni el concepto de un derecho internacional superior a lo que consideran ser las exigencias de la defensa de “sus intereses nacionales”. Yo no creo que sea aceptable encontrar excusas ante este retorno a la visión que los Nazis habían desarrollado en su momento al exigir la destrucción del SDN. Predicar a favor del derecho, con tanto talento y elegancia como lo hizo Villepin ante el Consejo de Seguridad, lamentablemente hoy solo es una “mirada nostálgica hacia el pasado” en vez de constituir un recordatorio sobre lo que debe ser el futuro. Fueron los Estados Unidos quienes, en esa ocasión, defendieron un pasado que creíamos sobrepasado definitivamente. La puesta en práctica de un proyecto pasa necesariamente por fases sucesivas construidas por la realidad de las relaciones de fuerza particulares que la definen.

En la inmediata post guerra el liderazgo americano no solamente fue aceptado, sino solicitado  por las burguesías de Europa y de Japón. Porque aunque la realidad de una amenaza de “invasión soviética” solo podía convencer a los débiles de espíritu, su invocación le hacía buenos servicios tanto a la derecha como a los social demócratas, a los cuales les pisaban los talones sus primos adversarios comunistas. Pudiéramos entonces creer que el carácter colectivo del nuevo imperialismo solo se debió a este factor político, y que una vez que Europa y Japón recuperaran su desarrollo buscarían desembarazarse de la tutela molesta e inútil de Washington. Pero este no fue el caso. ¿Por qué?.

Mi explicación hace un llamado a recordar el crecimiento de los movimientos de liberación nacional en Asia y en Africa – la era de Bandoung 1955 – 1975 – (6) y el apoyo que la Unión Soviética y China les dieron (cada uno a su manera). El imperialismo se vio entonces obligado a actuar, no solamente aceptando la coexistencia pacífica con un área vasta que se les escapaba ampliamente (“el mundo socialista”), sino también negociando los términos de la participación de los países de Asia y de Africa en el sistema mundial imperialista. La alineación del colectivo de la tríada bajo el liderazgo americano parecía un hecho inútil para poder dominar las relaciones Norte Sur de la época. Esta es la razón por la cual los No Alineados se encontraron confrontados frente a un “bloque occidental” prácticamente sin fallas.

El derrumbe de la Unión Soviética y el desvanecimiento de los regímenes nacional populistas nacidos de las luchas de liberación nacional posibilitaron, evidentemente, que el proyecto de los Estados Unidos se desplegara con vigor, sobre todo en el Medio Oriente, pero también en Africa y América Latina. Nos queda comprender la idea de que el proyecto permanece al servicio de un imperialismo colectivo, hasta cierto punto al menos, algo que intentaré explicar más adelante. El gobierno económico del mundo sobre la base de principios del neoliberalismo, puesto en práctica por el Grupo de los 7 y las instituciones a su servicio (OMC, Banco Mundial y FMI) y los planes de reajuste estructurales impuestos al Tercer Mundo, son la expresión de esto. En el plano político, podemos constatar que en un primer momento Europeos y Japoneses aceptaron alinearse con el proyecto de los Estados Unidos, durante las guerras del Golfo (1991) y después en la de Yugoslavia y Asia Central (2002), aceptando marginar a la ONU en beneficio de la OTAN. Este primer momento no ha sido aún sobrepasado, aunque algunos signos indican un posible fin a partir de la guerra de Irak (2003).

La clase dirigente de los Estados Unidos proclama sin reticencia alguna que ella no “tolerará” la reconstitución de ninguna potencia económica o militar capaz de cuestionar su monopolio de dominación del planeta y se adjudica, con esta finalidad, el derecho de conducir “guerras preventivas”. Tres adversarios potenciales se vislumbran.

En primer lugar Rusia, cuyo desmembramiento constituye el objetivo estratégico mayor para los Estados Unidos. La clase dirigente rusa no parece haber comprendido esto hasta el momento. Ella parece haberse convencido que, después de haber “perdido la guerra” ella podría “ganar la paz”, tal y como les sucedió a Alemania y Japón. Ella olvida que Washington tenía la necesidad de ayudar a estos dos adversarios de la segunda guerra mundial, precisamente para hacerle frente al desafío soviético. La nueva coyuntura es diferente, los Estados Unidos no tienen competencia seria. Su opción es entonces destruir definitiva y completamente al adversario ruso derrotado. ¿Putin lo habrá comprendido y comienza Rusia a salir de sus ilusiones?

En segundo lugar China, cuya masa y éxito económico inquietan a los Estados Unidos, cuyo objetivo estratégico es igualmente el de desmembrar a este gran país (7).

Europa está en tercer lugar dentro de esta visión global que tienen los nuevos dueños del mundo. Pero con este caso la dirigencia norteamericana no parece inquieta, al menos hasta el momento. El atlantismo incondicional de los unos (Gran Bretaña y los nuevos poderes serviles del Estado), las “arenas movedizas del proyecto europeo” (punto sobre el cual regresaré) y los intereses convergentes del capital dominante del imperialismo colectivo de la tríada, contribuyen al desvanecimiento del proyecto europeo, mantenido en su estatus de “modo europeo del proyecto de los Estados Unidos”. La diplomacia de Washington ha logrado mantener a Alemania en su sitio y la reunificación y la conquista de Europa del Este han, aparentemente, reforzado esta alianza: Alemania se ha envalentonado para retomar su tradición de “expansión hacia el Este” (el papel de Berlín en el desmembramiento de Yugoslavia dado el reconocimiento de la independencia de Eslovenia y Croacia fueron una expresión de esto (8) y, por el resto, ha sido invitada a navegar en la silla de Washington. Sin embargo, la clase política alemana parece vacilante y puede estar dividida en cuanto a sus opciones estratégicas. La alternativa de un alineamiento atlántico – la cual parece tener viento en popa – llama, en contrapunto, a un reforzamiento del eje París – Berlín – Moscú, el cual se convertiría en el pilar más sólido de un sistema europeo independiente de Washington.

Podemos regresar entonces a nuestra cuestión central: naturaleza y solidaridad eventual del imperialismo colectivo de la tríada y las contradicciones y debilidades de su liderazgo por parte de los Estados Unidos.

3. El imperialismo colectivo de la tríada y la hegemonía de los Estados Unidos: su articulación y sus contradicciones.

El mundo de hoy es militarmente unipolar. Simultáneamente parecen dibujarse fracturas entre los Estados Unidos y ciertos países europeos, en lo que concierne a la gestión política de un sistema mundializado, alineado en su conjunto bajo los principios del liberalismo, en principio al menos. ¿Estas fracturas son solamente coyunturales y de alcance limitado o anuncian cambios duraderos? Habría que analizar en toda su complejidad las lógicas que comandan el despliegue de la nueva fase del imperialismo colectivo (las relaciones Norte Sur en un lenguaje corriente) y los objetivos propios del proyecto de los Estados Unidos. En este espíritu es que abordaré sucinta y sucesivamente cinco series de cuestiones.

  • Que conciernen a la naturaleza de las evoluciones que han conducido hacia la constitución del nuevo imperialismo colectiv

Yo sugiero aquí que la formación del nuevo imperialismo colectivo tiene su origen en la transformación de las condiciones de la competencia. Hace algunas décadas, las grandes firmas libraban sus batallas competitivas por lo general en los mercados nacionales, se tratase de los Estados Unidos (mayor mercado nacional del mundo) o de los Estados europeos (a pesar de su talla modesta, lo que los ponía en desventaja frente a los Estados Unidos). Los vencedores de los “match” nacionales podían situarse en buenas posiciones en el mercado mundial. En la actualidad, la talla del mercado necesario para llegar hasta el primer ciclo de los matchs es cercana a los 500 – 600 millones de “consumidores potenciales”. Y son aquellos que logran este mercado quienes se imponen en sus terrenos nacionales respectivos. La mundialización profunda es el primer marco de actividad de las grandes firmas. Dicho de otra manera, en la pareja nacional / mundial los términos de la casualidad se invirtieron: antes la potencia nacional comandaba la presencia mundial, hoy es al revés. De esta manera, las firmas trasnacionales, sea cual sea su nacionalidad, tienen intereses comunes en la gestión del mercado mundial. Estos intereses se superponen a los conflictos permanentes y mercantiles que definen a todas las formas de competencia propias del capitalismo, sean cuales sean.

La solidaridad de los segmentos dominantes del capital trasnacional con todos los integrantes de la tríada es real, y se expresa en su afiliación al neoliberalismo globalizado. Los Estados Unidos están vistos dentro de esta perspectiva como los defensores (militares si fuera necesario) de sus “intereses comunes”. Eso no quiere decir que Washington entienda que debe “compartir equitativamente” los provechos de su liderazgo. Los Estados Unidos se emplean, por el contrario, en avasallar a sus aliados y solo están dispuestos a consentirles a sus subalternos de la tríada concesiones menores. ¿Este conflicto de intereses del capital dominante llegará hasta el punto de entrañar una ruptura con la alianza atlántica? No es imposible, pero es poco probable.

  • Que conciernen al lugar de los Estados Unidos en la economía mundial

La opinión general es que el potencial militar de los Estados Unidos sólo constituye la cumbre del iceberg que prolonga su superioridad sobre los países en todos los dominios, económico, político, cultural. La sumisión ante la hegemonía que los Estados Unidos pretenden será entonces algo inevitable. Yo considero, en contrapunto, que en el sistema de imperialismo colectivo los Estados Unidos no tienen ventajas económicas decisivas, ya que el sistema productivo de los Estados Unidos está lejos de ser el “más eficiente del mundo”. Por el contrario, casi ninguno de sus segmentos le ganaría a sus competidores en un mercado verdaderamente abierto como el que imaginan los economistas liberales. Testimonio de ello es el déficit comercial de los Estados Unidos, el cual se agrava cada año, y que ha pasado de 100 millares de dólares en 1989 a 500 en 2002. Además, este déficit concierne a prácticamente todos los segmentos del sistema productivo. Incluso el excedente del cual se beneficiaban los Estados Unidos en el dominio de los bienes de alta tecnologías, que era de 35 millares en 1990, ha cedido su lugar a un déficit. La competencia entre Ariane y los cohetes de la Nasa y entre Airbus y Boeing testimonia acerca de la vulnerabilidad de la ventaja americana. Frente a Europa y a Japón en las producciones de alta tecnología, a China, Corea y otros países industrializados de Asia y América Latina en lo que respecta a productos manufacturados banales, y frente a Europa y al Cono Sur de América Latina en cuanto a la agricultura, los Estados Unidos no ganarían la competencia si no recurrieran a ¡medios “extra económicos” que violan los propios principios del liberalismo impuestos a sus competidores!

Los Estados Unidos solo tienen ventajas comparativas establecidas en el sector armamentista, precisamente porque éste escapa ampliamente de las reglas del mercado y se beneficia con el apoyo estatal. Sin dudas, esta ventaja trae algunas otras para la esfera civil (Internet es el ejemplo más conocido) pero es igualmente la causa de serias distorsiones que constituyen handicaps para muchos sectores productivos.

La economía norteamericana vive como parásito en detrimento de sus socios en el sistema mundial. “Los Estados Unidos dependen para el 10% de su consumo industrial de bienes cuya importación no está cubierta por exportaciones de productos nacionales”, tal y como lo recuerda Emmanuel Todd (9). El mundo produce, los Estados Unidos (cuyo ahorro nacional es prácticamente nulo) consumen. “La ventaja” de los Estados Unidos es la de un depredador cuyo déficit está cubierto con el aporte de los otros, con su consentimiento o a la fuerza. Lo medios puestos en práctica por Washington para compensar sus deficiencias son de naturaleza diversa: violaciones unilaterales repetidas de los principios del liberalismo, exportaciones de armas y búsqueda de rentas petroleras (que suponen el acuerdo de sus productores, uno de los motivos reales de las guerras de Asia central y de Irak). Lo esencial del déficit americano está cubierto por los aportes en capitales que provienen de Europa y Japón, del Sur (países petroleros ricos y clases compradoras de todos los países del Tercer Mundo, incluyendo a los más pobres), a lo cual podríamos añadir la punción ejercida en nombre del servicio de la deuda impuesta a la casi totalidad de los países de la periferia del sistema mundial.

El crecimiento de los años Clinton, vanagloriado como el producto de un “liberalismo” al cual Europa se resistió desgraciadamente, es ficticio y no generalizable, porque reposó en transferencias de capital que implicaron la afectación de sus socios. En todos los segmentos del sistema productivo real, el crecimiento de los Estados Unidos no ha sido mejor que el de Europa. El “milagro americano” se alimentó exclusivamente del crecimiento de los gastos producidos por el agravamiento de las desigualdades sociales (servicios financieros y personales: legiones de abogados y de policías privados, etc. …) En este sentido, el liberalismo de Clinton preparó bien las condiciones que permitieron el despegue reaccionario y la victoria ulterior de Bush hijo.

Las causas que originaron el debilitamiento del sistema productivo de los Estados Unidos son complejas. Ellas no son ciertamente coyunturales, pudiendo ser corregidas con, por ejemplo, la adopción de una tasa de cambio correcta, o con la construcción de relaciones salario / productividad más favorables. Ellas son estructurales. La mediocridad de los sistemas de enseñanza general y de formación, y el prejuicio tenaz que favorece sistemáticamente al “privado” en detrimento del servicio público, cuentan entre las principales razones de la profunda crisis que atraviesa la sociedad de Estados Unidos.

Debería entonces extrañarnos que los europeos, lejos de sacar estas conclusiones que se imponen al constatar la insuficiencia de la economía de los Estados Unidos, se esfuerzan, por el contrario, en imitarlos.  El virus liberal tampoco explica todo, aunque tenga algunas funciones útiles para el sistema, como la de paralizar a la izquierda. La privatización a ultranza y el desmantelamiento de los servicios públicos sólo conseguirán reducir las ventajas comparativas de las cuales se beneficia aún la “vieja Europa”, como la califica Bush. Pero sean cuales sean los daños que ocasionarán a largo plazo, estas medidas ofrecen al capital dominante, que vive en el corto término, la ocasión de provechos suplementarios.

  • Que conciernen a los objetivos propios del proyecto de los Estados Unidos

La estrategia hegemónica de los Estados Unidos se sitúa en el marco de un nuevo imperialismo colectivo.

Los economistas (convencionales) no disponen de herramientas analíticas que les permitan comprender toda la importancia del primero de estos objetivos. ¿No los oímos repetir hasta el cansancio que en la “nueva economía” las materias primas que brinda el Tercer Mundo perderán su importancia y, en consecuencia, será éste cada vez más marginal en el sistema mundial? En contrapunto a este discurso ingenuo y vano, el Mein Kampf  de la nueva administración de Washington (10) confiesa que los Estados Unidos se han tomado el derecho de apropiarse de todos los recursos naturales del Planeta para satisfacer prioritariamente a sus consumidores. La carrera por las materias primas (petróleo en primer lugar, pero también por otros recursos, el agua, sobre todo) ya ha retomado toda su virulencia. Sobre todo porque algunos recursos arriesgan su extinción, no solamente por el cáncer exponencial provocado por el derroche del consumo occidental, sino también por el desarrollo de la nueva industrialización de las periferias.

Por otra parte, un respetable número de países del Sur están llamados a convertirse en productores industriales cada vez más importantes, tanto en sus mercados internos como en el mercado mundial. Importadores de tecnologías, de capitales, pero también competidores en la exportación, ellos están llamados a estar presentes en los equilibrios mundiales con un peso creciente. No se trata solamente de algunos países de Asia del este (como Corea), sino de la inmensa China y, mañana, de la India y de los grandes países de América Latina. Ahora bien, lejos de ser este un factor de estabilidad, la aceleración de la expansión capitalista en el sur solo podrá ser la causa de conflictos violentos, internos e internacionales. Porque esta expansión no puede absorber, en las condiciones de la periferia, a la enorme fuerza de trabajo que se encuentra allí concentrada. En este sentido, las periferias del sistema son “zonas de tempestad”. Los centros del sistema capitalista tienen necesidad de ejercer su dominación en las periferias y de someter a sus pueblos a la disciplina feroz que exige la satisfacción de sus prioridades.

En esta perspectiva, la dirigencia americana ha comprendido perfectamente que, para conservar su hegemonía, dispone de tres ventajas decisivas sobre sus competidores europeos y japonés: el control de los recursos naturales del globo terráqueo, el monopolio militar y el peso que tiene la “cultura anglosajona” a través de la cual se expresa preferentemente la dominación ideológica del capitalismo. La puesta en práctica sistemática de estas tres ventajas aclara muchos aspectos de la política de los Estados Unidos, sobre todo los esfuerzos sistemáticos que Washington realiza por el control militar del Medio Oriente petrolero, su estrategia ofensiva frente a Corea – aprovechándose de la “crisis financiera” del país – y, frente a China, y el sutil juego que busca perpetuar las divisiones en Europa – movilizando con esta finalidad a su aliado incondicional británico – e impidiendo un acercamiento serio entre la Unión Europea y Rusia. En el plano del control global de los recursos del planeta, los Estados Unidos disponen de ventajas decisivas sobre Europa y Japón. No solamente porque los Estados Unidos son la única potencia militar mundial, hecho por el cual ninguna intervención fuerte en el Tercer Mundo puede ser conducida sin ellos, sino porque Europa (ex URSS excluida) y Japón están desprovistos de los recursos esenciales para la sobrevivencia de sus economías. Por ejemplo, su dependencia en el dominio energético, sobre todo su dependencia petrolera del Golfo, será considerable durante largo tiempo, incluso aunque decrezca en términos relativos. Tomando – militarmente – el control de esta región con la guerra de Irak, los Estados Unidos han demostrado que estaban perfectamente concientes de la utilidad de este medio de presión frente a sus aliados competidores. Anteriormente, el poder soviético había comprendido esta vulnerabilidad de Europa y de Japón y ciertas intervenciones soviéticas en el Tercer Mundo habían tenido el objetivo de recordarlo, de manera de llevarlos a negociar en otro terreno. Evidentemente, las deficiencias de Europa y de Japón podrían ser compensadas con la hipótesis de un serio acercamiento Europa – Rusia (la “casa común” de Gorbatchov). Esta es la razón por la cual el peligro de esta construcción en Eurasia fue vivido por Washington como una pesadilla.

  • Que conciernen a los conflictos que oponen, en este marco, a los Estados Unidos de sus socios de la tríada

Aunque los socios de la Tríada comparten intereses comunes en la gestión mundial del imperialismo colectivo en sus relaciones con el Sur, ellos tienen también una relación conflictiva potencialmente seria.

La superpotencia americana vive gracias a los flujos de capitales que alimentan el parasitismo de su economía y de su sociedad. La vulnerabilidad de los Estados Unidos constituye, en ese sentido, una seria amenaza para el proyecto de Washington.

Europa en particular y el resto del mundo en general deberán escoger entre una de las dos opciones estratégicas siguientes: utilizar el “excedente” de los capitales (“de ahorro”) de que disponen para financiar el déficit de los Estados Unidos (de consumo, inversiones y gastos militares) o conservar e invertir en ellos estos excedentes.

Los economistas convencionales ignoran el problema, al haber hecho la hipótesis (la cual no tiene sentido) de que la “mundialización” suprimirá a las naciones y que las grandezas económicas (ahorro e inversiones) no podrán ser administradas a nivel internacional. Se trata de un razonamiento tautológico que implica en sus propias premisas las conclusiones a las cuales queremos llegar: justificar y aceptar el financiamiento del déficit de los Estados Unidos por parte de los otros porque, a nivel mundial, ¡encontraremos la igualdad entre ahorro e inversiones!.

¿Por qué tal ineptitud es aceptada? Sin dudas, los equipos “de sabios economistas” que existen en las clases políticas europeas (y otras, como las rusas y las chinas) de derecha y de la izquierda electoral son las propias víctimas de la alienación economicista que yo llamo el “virus liberal”. Más aún, a través de esta opinión se expresa el juicio político del gran capital trasnacional, el cual considera que las ventajas procuradas por la gestión del sistema mundializado por los Estados Unidos por cuenta del imperialismo colectivo están por encima de sus inconvenientes: el tributo a pagar a Washington para asegurase la permanencia. Porque se trata bien de un tributo y no de un negocio de buena rentabilidad garantizada. Hay países calificados como “países pobres endeudados” que están obligados a asegurar el servicio de su deuda a cualquier precio. Pero hay también “países potentes endeudados” y que tienen todos los medios que les permitirían desvalorizar su deuda si lo consideraran necesario.

La otra opinión consistiría para Europa (y el resto del mundo) en ponerle término a la tranfusión a favor de los Estados Unidos. Los excedentes podrían ser entonces utilizados en los lugares de origen y relanzar las economías. Porque la tranfusión exige la sumisión de los Europeos a las políticas “desinflacionarias”, (término impropio del lenguaje de la economía convencional y que yo sustituiría por “sentenciarias”) para poder sacar un excedente de ahorro exportable. Ello hace retardar los avances de Europa – siempre mediocres – de los – sostenidos artificialmente – de Estados Unidos. En sentido inverso, la movilización de este excedente para empleos locales en Europa permitiría  relanzar simultáneamente el consumo (a través de la reconstrucción de la dimensión social de la gestión económica desvastada por el virus liberal), la inversión – en particular en las nuevas tecnologías (y financiar sus investigaciones), e incluso los gastos militares (poniéndole término a las “ventajas” de los Estados Unidos en este dominio). La opción a favor de esta respuesta ante el desafío implica un re equilibrio de las relaciones sociales a favor de las clases trabajadoras. Conflictos entre Naciones y luchas sociales se articulan de esta manera. En otras palabras, el contraste Estados Unidos / Europa no opone fundamentalmente los intereses de los segmentos dominantes del capital de los diferentes socios. El es resultado, ante todo, de las diferencias en las culturas políticas.

  • Que conciernen los problemas teóricos que sugieren las reflexiones precedentes

La complicidad / competencia entre los socios del imperialismo colectivo por el control del Sur (saqueo de sus recursos naturales y sumisión de sus pueblos) puede ser analizada a partir de diversos ángulos de visiones diferentes. Yo haré, en este sentido, tres observaciones que me parecen esenciales.

Primara observación: el sistema mundial contemporáneo, el cual yo califico como imperialista colectivo, no es “menos” imperialista que los precedentes. El no es un “Imperio” de naturaleza “post capitalista”. Yo propongo, en consecuencia, una crítica a las formulaciones ideológicas del “disfraz” que alimenta este discurso dominante “a la moda” (11).

Segunda observación: yo propongo una lectura de la historia del capitalismo, mundializado desde sus orígenes, anclada en la distinción entre las diferentes fases del imperialismo (relaciones centros / periferias). Existen, por supuesto, otras lecturas de esta misma historia, sobre todo las que se articulan alrededor de la “sucesión de hegemonías” (12)

Yo tengo algunas reservas con respecto a esta última lectura.

De entrada y en lo esencial, porque ella es “occidentalocéntrica”, en el sentido en que considera que las transformaciones que se operan en el corazón del sistema, en sus centros, comandan de manera decisiva – y casi exclusiva – la evolución global del sistema. Yo creo que las reacciones de los pueblos de las periferias ante el despliegue imperialista no deben ser subestimadas. Porque ellas provocaron la independencia de América, las grandes revoluciones hechas en nombre del socialismo (Rusia y China), la reconquista de la independencia de los países asiáticos y africanos, y porque yo no creo que podamos rendir cuentas de la historia del capitalismo mundial sin tener en cuenta los “ajustes” que estas transformaciones le han impuesto al propio capitalismo central.

Además, porque la historia del imperialismo me parece que ha sido construida más por los conflictos de los imperialismos que por el tipo de “orden” que las hegemonías sucesivas hayan impuesto. Los períodos de “hegemonía” aparente han sido siempre muy breves y la hegemonía en cuestión es algo muy relativo.

Tercera observación: mundialización no es sinónimo de “unificación” del sistema económico por medio de la “apertura desregulada de los mercados”. Esta – en sus formas históricas sucesivas (“la libertad de comercio” en el ayer, la “libertad de empresa” hoy) – sólo ha sido un proyecto del capital dominante. En realidad, este proyecto ha estado casi siempre obligado a ajustarse ante exigencias que no forman parte de su lógica interna, exclusiva y propia. Este solo ha podido ser puesto en práctica en breves momentos de la historia. El “libre intercambio”, promovido por la mayor potencia industrial de su época – Gran Bretaña – solo  fue efectivo durante dos décadas (1860 – 1880) a las cuales le sucedió un siglo (entre 1880 y 1980) caracterizado por el conflicto entre los imperialistas y por la fuerte desconexión de los llamados países socialistas (a partir de la revolución rusa de 1917, y después la de China) y la más modesta de los países del nacional populismo (era de Bandoung para Asia y Africa entre 1955 y 1975). El momento actual de reunificación del mercado mundial (la “libre empresa”) inaugurado por el neoliberalismo a partir de 1980, se ha extendido al conjunto del planeta con el derrumbe soviético. El caos que éste ha generado testimonia su carácter de “utopía permanente del capital”, término con el cual lo califiqué desde 1990 (13).

  1. El Medio Oriente en el sistema imperialista

1. El Medio Oriente, con sus antiguas extensiones hacia el Caúcaso y el Asia central ex soviéticas, ocupa una posición de importancia particular en la geoestrategia / geopolítica del imperialismo y, singularmente, en el proyecto hegemónico de los Estados Unidos. El le debe esta posición a tres factores: su riqueza petrolera, su posición geográfica en el corazón del Viejo Mundo y el hecho de que constituye en la actualidad el “vientre” del sistema mundial.

El acceso al petróleo relativamente barato es vital para la economía de la tríada dominante y el mejor medio de ver este acceso garantizado consiste, bien entendido, en asegurarse el control político de la región.

Pero la región le debe su importancia también a su posición geográfica, en el centro del Viejo Mundo, a la misma distancia de París, Pekín, Singapur y Johannesburgo. En otros tiempos, el control de este lugar de paso obligatorio le dio al Califa el privilegio de sacar los mayores beneficios de la mundialización de la época (14). Después de la segunda guerra mundial, la región, situada en el flanco sur de la URSS, ocupaba, por este hecho, un lugar importante en la estrategia de encerrar militarmente a la potencia soviética. Y la región no perdió su importancia a pesar del derrumbe del adversario soviético, porque instalándose en ella los Estados Unidos, podrían simultáneamente avasallar a Europa, dependiente en sus recursos energéticos, y someter a Rusia, China y la India a un chantaje permanente nacido de las intervenciones militares si fuera necesario. El control de la región permite entonces, efectivamente, la extensión de la doctrina Monroe hacia el Viejo Mundo, lo cual constituye el objetivo del proyecto hegemónico de los Estados Unidos.

Los esfuerzos desplegados con continuidad y constancia por Washington desde 1945 para asegurarse el control de la región – excluyendo a los británicos y a los franceses – no habían sido hasta el momento coronados por el éxito. Recordemos el fracaso de la tentativa de asociar la región a la OTAN a través del Pacto de Bagdad, y más tarde la caída del Shah de Irán, uno de sus aliados más fieles.

La razón era simplemente que el proyecto de populismo nacionalista árabe (e iraní) entraba en conflicto con los objetivos de la hegemonía americana. Este proyecto árabe tenía la ambición de imponerle a las Potencias el reconocimiento de la independencia del mundo árabe. Este fue el sentido que tuvo el “no alineamiento” formulado en 1955 en Bandoung por el conjunto de los movimientos de liberación de los pueblos de Asia y de Africa que tenían el viento a su favor. Los soviéticos comprendieron rápidamente que aportándole su apoyo a este proyecto mantendrían en jaque los planes agresivos de Washington.

La página de esta época fue tornada, de entrada porque el proyecto nacional populista del mundo árabe rápidamente agotó su potencial de transformación y porque los poderes nacionalistas se convirtieron en dictaduras sin programa. El vacío creado por esta deriva le abrió la vía al Islam político y a las autocracias oscurantistas del Golfo, aliados preferenciales de Washington. La región se convirtió en uno de los vientres del sistema global, produciendo coyunturas que permitieron intervenciones exteriores (incluidas las militares) que los regímenes en plaza no lograron contener – ni incluso desalentar – debido a la falta de legitimidad ante sus pueblos.

La región constituía – y constituye – en el mapa geomilitar americano que cubre al planeta entero, una zona considerada como de primera prioridad (al igual que el Caribe), es decir, una zona donde los Estados Unidos se han otorgado el “derecho” de intervención militar. ¡Y después de 1990 ellos no se privan de esto!

Los Estados Unidos operan en el Medio Oriente en estrecha colaboración con sus aliados fieles e incondicionales, Turquía e Israel. Europa se ha mantenido fuera de la región, aceptando que los Estados Unidos defiendan solos los intereses vitales globales de la tríada, es decir, el abastecimiento de petróleo. A pesar de los signos de irritación evidentes después de la guerra de Irak, los europeos continúan en su conjunto navegando en la región sentados en el asiento de Washington.

2. El expansionismo colonial de Israel constituye un desafío real. Israel es el único país del mundo que rechaza reconocer fronteras definitivas (y por ello no tiene el derecho de ser miembro de las Naciones Unidas). Al igual que los Estados Unidos en el siglo XIX, Israel considera que tiene el “derecho” de conquistar nuevas áreas por la expansión de su colonización y de tratar a los pueblos que las habitan desde hace miles de años como Pieles Rojas. Israel es el único país que declara abiertamente no estimarse concernido por las resoluciones de la ONU.

La guerra de 1967, planificada en acuerdo con Washington desde 1965, perseguía diversos objetivos: amortiguar el derrumbe de los regímenes nacional populistas, romper su alianza con la Unión Soviética, obligarlos a reposicionarse bajo las órdenes americanas y abrir tierras nuevas para la colonización sionista. En los territorios conquistados en 1967 Israel puso en práctica un sistema de apartheid inspirado en el de Africa del Sur.

Y en este punto es que los intereses del capital dominante mundial se concilian con los del sionismo. Porque un mundo árabe modernizado, rico y potente, cuestionaría el acceso garantizado de los países occidentales al saqueo de sus recursos petroleros, hecho necesario para continuar con el derroche asociado a la acumulación capitalista. Los poderes políticos de los países de la tríada, los cuales son fieles sirvientes del capital trasnacional dominante, no desean que exista un mundo árabe moderno y potente.

La alianza entre las potencias occidentales e Israel está fundada entonces en la solidez de sus intereses comunes. Esta alianza no es ni el producto de un sentimiento de culpabilidad de los europeos, responsables del antisemitismo y del crimen nazi, ni tampoco de la habilidad del “lobby judío” para explotar ese sentimiento. Si las potencias occidentales pensaran que sus intereses no estaban en conjugación con el expansionismo colonial sionista, encontrarían rápidamente los medios para sobreponerse a su “complejo” y neutralizar al “lobby judío”. Yo lo supongo así, ya que no soy de aquellos que creen ingenuamente que la opinión pública en los países democráticos se impone ante los poderes. Sabemos que la opinión “se fabrica” también. Israel sería incapaz de resistir mucho tiempo medidas (incluso moderadas) de bloque, tal y como el que las potencias occidentales le han impuesto a Yugoslavia, a Irak y a Cuba. No sería entonces nada difícil hacer entrar a Israel en razones y crear las condiciones para una paz verdadera, si se deseara. Pero no se desea.

Al día siguiente de la derrota en 1967, Sadate declaraba que ya que los Estados Unidos tenían en sus manos el “90% de las cartas” (esta fue su propia expresión) había que romper con la URSS, reintegrarse al campo occidental y que, gracias a esto, podrían obtener de Washington la concesión de que ejerciera una presión suficiente sobre Israel para hacerlo entrar en razones. Más allá de esta “idea estratégica” propia de Sadate – de la cual los eventos subsiguientes dieron cuenta de su inconsistencia – la opinión pública árabe permaneció ampliamente incapaz de comprender la dinámica de la expansión capitalista mundial, y aún menos de identificar sus contradicciones y debilidades verdaderas. ¿No oímos decir y repetir que “los occidentales comprenderían a la larga que su propio interés era el de mantener buenas relaciones con los dos cientos millones de árabes – sus vecinos inmediatos – y no sacrificar estas relaciones por el apoyo incondicional a Israel”? Esto significa implícitamente pensar que los “Occidentales” en cuestión (es decir, el capital dominante) desean un mundo árabe modernizado y desarrollado, y no comprender que desean, por el contrario, mantenerlos en la impotencia y que para ello les resulta útil el apoyo a Israel.

La opción escogida por los gobiernos árabes – con excepción de Siria y del Líbano, la cual los condujo a las negociaciones de Madrid y de Oslo (1993), de suscribir el plan americano de pretendida “paz definitiva”, no podía dar resultados diferentes que los que dio: envalentonar a Israel en hacer avanzar sus peones en su proyecto expansionista. Rechazando en la actualidad abiertamente los términos del “contrato de Oslo”, Ariel Sharon demuestra solamente lo que debíamos haber comprendido antes – que no se trataba de un proyecto de “paz definitiva”, sino de comenzar una nueva etapa de la expansión colonial sionista.

El estado de guerra permanente que Israel junto a las potencias occidentales que sostienen su proyecto le imponen a la región, constituye un potente motivo que le permite a los sistemas árabes autocráticos perpetuarse. Este bloqueo, ante una evolución democrática posible, debilita las oportunidades de renovación árabe y permite el despliegue del capital dominante y de la estrategia hegemónica de los Estados Unidos. El lazo está anudado: la alianza israelo americana sirve perfectamente para los intereses de ambos socios.

En un primer momento, el sistema de apartheid puesto en marcha después de 1967 dio la impresión de ser capaz de lograr sus fines, la gestión miedosa de la cotidianidad en los territorios ocupados por parte de los notables y de la burguesía comerciante parecía aceptada por el pueblo palestino. La OLP, alejada de la región después de la invasión del Líbano por parte del ejército israelí (1982) parecía no tener los medios – desde su lejano exilio en Túnez – para cuestionarse la anexión sionista.

La primera Intifada estalló en diciembre de 1987. Explosión de apariencia “espontánea”, ella expresaba la irrupción en la escena de las clases populares, y singularmente de sus segmentos más pobres, confinados en los campos de refugiados. La Intifada boicoteó el poder israelí a través de la organización de una desobediencia cívica sistemática. Israel reaccionó con brutalidad, pero no logró ni restablecer su poder policial eficaz ni el de las clases medias palestinas. Por el contrario, la Intifada llamaba a un retorno en masa de las fuerzas políticas en el exilio, la constitución de nuevas formas locales de organización y la adhesión de las clases medias a la lucha de liberación desatada. La Intifada fue provocada por jóvenes, inicialmente no organizados en las redes formales de la OLP (Fath, devoto de su jefe Yasser Arafat, el FDLP, el FPLP, el Partido comunista) se volcaron inmediatamente en la Intifada y se ganaron, por ello, la simpatía de la mayor parte de sus Chebab. Los Hermanos Musulmanes, sobrepasados dada su débil actividad durante los años precedentes, a pesar de algunas acciones del Jihad islámico, hicieron su aparición en 1980, cediendo el lugar a una nueva expresión de lucha: Hamas, constituido en 1988.

En tanto que esta primera Intifada daba, después de dos años de expansión, signos de agotamiento, dada la violenta represión de los israelitas (uso de armas de fuego contra niños, cierre de la “línea verde” a los trabajadores palestinos, fuente casi exclusiva de entradas para sus familias, etc.),  la escena estaba montada para una “negociación” de la cual los Estados Unidos tomaron la iniciativa, conduciendo a Madrid (1991),  después de los acuerdos de Oslo llamados de paz (1993). Estos acuerdos permitieron el retorno de la OLP a los territorios ocupados y su transformación en una “Autoridad Palestina” (1994).

Los acuerdos de Oslo imaginaron la transformación de los territorios ocupados en uno o varios Bantustanes, definitivamente integrados en el espacio israelí. En este marco, la Autoridad Palestina sólo debía ser un falso Estado – como el de los Bantustanes – y de hecho, ser la correa de transmisión del orden sionista.

De regreso en Palestina, la OLP convertida en Autoridad logró establecer su orden, no sin algunas ambigüedades. La Autoridad absorbió en sus nuevas estructuras a la mayor parte de los Chebab que habían coordinado la Intifada. Ella logró legitimidad por la consulta electoral de 1996, en la cual los palestinos participaron en masa (80%) en tanto que Arafat se hizo plebiscitar como Presidente de esta Autoridad. La Autoridad permaneció, sin embargo, en una posición ambigua: ¿aceptaría las funciones que Israel, los Estados Unidos y Europa le atribuían – la de “gobierno de un Bantustán” o se alinearía con el pueblo palestino que rechazaba someterse?

Como el pueblo palestino rechazó el proyecto de Bantustán, Israel decidió denunciar los acuerdos de Oslo, de los cuales, sin embargo, él había dictado los términos, para sustituirlos por el empleo de la violencia militar pura y simple. La provocación de las Mesquitas, puesta en marcha por el criminal de guerra Sharon en 1998 (pero con el apoyo del gobierno trabajista que le brindó los medios de asalto) y la elección triunfal de este propio criminal al frente del gobierno de Israel (con la colaboración de los “colombes” contra Simon Peres en este gobierno) fueron la causa de la segunda Intifada, la cual está en curso en la actualidad.

¿Logrará ésta liberar al pueblo palestino de la perspectiva de sumisión planificada por el apartheid sionista? Demasiado pronto para decirlo. En todo caso, el pueblo palestino dispone ahora de un verdadero movimiento de liberación nacional. Con sus especificidades. No es del estilo “partido único”, de apariencia (sino de realidad) “unánime” y homogéneo. Tiene componentes que conservan su personalidad propia, sus visiones de futuro, sus ideologías incluso, sus militantes y sus clientelas, pero que, aparentemente, saben entenderse para llevar a cabo la lucha de conjunto.

3. La erosión de los regímenes de nacional populismo y la desaparición del apoyo soviético brindaron a los Estados Unidos la ocasión de poner en práctica su “proyecto” para la región, sin obstáculos capaces de hacerles dar marcha atrás hasta este momento.

El control del Medio Oriente es ciertamente una pieza maestra del proyecto de hegemonía mundial de Washington. ¿Cómo entonces los Estados Unidos imaginan asegurar el control? Hace ya una decena de años Washington había tomado la iniciativa de avanzar en el curioso proyecto de un “mercado común del Medio Oriente”, en el cual los países del Golfo habrían aportado el capital, y los otros países la mano de obra barata, reservándole a Israel el control tecnológico y las funciones de intermediario obligado. Aceptado por los países del Golfo y Egipto, el proyecto se enfrentaba al rechazo de Siria, Irak e Irán. Había entonces que, para ir hacia delante, abatir a estos tres regímenes. Ahora bien, esto ya está hecho en Irak.

El problema es entonces saber qué tipo de régimen político debe ser impuesto para que sea capaz de sostener este proyecto. El discurso propagandístico de Washington habla de “democracias”. De hecho, Washington solo se emplea en sustituir autocracias nacidas del populismo sobrepasado por autocracias oscurantistas pretendidas “islámicas” (obligado por el respeto de la especificidad cultural de las “comunidades”). La alianza renovada con un Islam político llamado “moderado” (es decir, capaz de dominar la situación con la suficiente eficacia para prohibir las derivas “terroristas” – las dirigidas contra los Estados Unidos y solo contra ellos, por supuesto) constituye el eje de la opción política de Washington,  permaneciendo como la única opción posible. En esta perspectiva es que la reconciliación con la autocracia arcaica del sistema será buscada.

Frente al despliegue del proyecto de los Estados Unidos, los europeos inventaron su propio proyecto, bautizado como “sociedad euro mediterránea”. Proyecto intrépido, lleno de habladurías sin seguimiento, pero que, igualmente, se proponía “reconciliar a los países árabes con Israel”. A la vez que excluían a los países del Golfo del “diálogo euro mediterráneo”, los europeos reconocían que la gestión de éstos era de responsabilidad exclusiva de Washington (15).

El contraste entre la audacia temeraria del proyecto americano y la debilidad del de Europa son bellos indicadores de que el atlantismo realmente existente ignora el “sharing” (compartir responsabilidades y asociación en la toma de decisiones, poniendo en condiciones iguales a los Estados Unidos y a Europa). Tony Blair, que se considera el abogado de la construcción de un mundo “unipolar”, cree poder justificar esta opción porque el atlantismo que se le permitiría estaría fundado en el “sharing”. La arrogancia de Washington desmiente cada día más esta esperanza ilusa, aunque sirva simplemente como medio para engañar a la opinión europea.  El realismo del propósito de Stalin, que había dicho en su momento que los nazis “no sabían donde detenerse”, se aplica a la junta que gobierna a los Estados Unidos. Y las “esperanzas” que Blair intenta reanimar se parecen a las que Mussolini colocaba en su capacidad de “clamar” Hitler!

¿Es posible otra opinión europea? ¿Se dibuja ésta? ¿El discurso de Chirac, oponiendo al mundo “atlántico unipolar” (que comprende bien, parece, que la hegemonía unilateral de los Estados Unidos reduce al proyecto europeo a ser solo el modo europeo del proyecto de Washington) frente a la construcción de un mundo “multipolar”, anuncia el fin del atlantismo?

Para que esta posibilidad se convierta en realidad, faltaría aún que Europa logre salir de las arenas movedizas sobre las cuales resbala.

  1. Las arenas movedizas del proyecto europeo

Todos los gobernantes de los Estados europeos hasta el presente se han aliado a la tesis del liberalismo. Esta alianza de los Estados europeos no significa otra cosa que el fin del proyecto europeo, su doble disolución económica (las ventajas de la unión económica europea se disuelven dentro de la mundialización económica) y política (la autonomía política y militar europea desaparecen). Ya no existe, en este momento, ningún proyecto europeo. Ha sido sustituido por un proyecto noratlántico (o eventualmente de la tríada) bajo el comando americano.

Las guerras “made in USA” han ciertamente despertado las opiniones públicas – en toda Europa contra la última, la de Irak – e incluso a ciertos gobiernos, en primer lugar el de Francia, pero también los de Alemania, Rusia y China. No obstante, estos gobiernos no han cuestionado su fiel alineamiento ante las exigencias del liberalismo. Esta contradicción mayor deberá ser sobrepasada de una manera o de otra, ya sea a través de la sumisión ante las exigencias de Washington, ya sea por una verdadera ruptura que ponga término al atlantismo.

La conclusión política más importante que yo saco de este análisis es que Europa no podrá salir del atlantismo mientras que las alianzas políticas que definen sus bloques de poder permanezcan centradas en el capital trasnacional dominante. Solamente si las luchas sociales y políticas lograran modificar el contenido de estos bloques e imponer nuevos compromisos históricos entre el capital y el trabajo será que Europa podrá tomar alguna distancia frente a Washington, permitiendo, en consecuencia, el renacer de un eventual proyecto europeo. En estas condiciones Europa podría – debería incluso – comprometerse igualmente en el plano internacional, en sus relaciones con el Este y con el Sur, en otro camino diferente al trazado por las exigencias exclusivas del imperialismo colectivo, amortiguando, de esta manera, su participación en la larga marcha “más allá del capitalismo”. Dicho de otra manera, Europa será de izquierda (el término izquierda es tomado aquí muy en serio) o no será Europa.

Conciliar la adhesión al liberalismo con la afirmación de una autonomía política de Europa, o de los Estados que la constituyen, es el objetivo de ciertas fracciones de las clases políticas europeas preocupadas por preservar las posiciones exclusivas del gran capital. ¿Podrán ellas lograrlo? Yo lo dudo mucho.

En contrapunto, las clases populares en Europa ¿serán capaces de sobreponerse ante la crisis que enfrentan? Yo lo creo posible, precisamente por las razones que hacen que la cultura política de ciertos países europeos al menos sea diferente de la de los Estados Unidos, y podría producirse un renacimiento de la izquierda. La condición es evidentemente que éstas se liberen del virus del liberalismo.

El “proyecto europeo” nació como el modo europeo del proyecto atlántico de los Estados Unidos, concebido al día siguiente de la segunda guerra mundial, dentro del espíritu de la “guerra fría” puesta en marcha por Washington, proyecto frente al cual los burgueses europeos – a la vez debilitados y temerosos frente a sus propias clases obreras – se adhirieron prácticamente sin condiciones.

Sin embargo, el propio despliegue de este proyecto – de origen dudoso – ha modificado progresivamente datos importantes del problema y de sus desafíos. Europa del Oeste logró terminar con su retraso económico y tecnológico con respecto a los Estados Unidos. Por otra parte, el enemigo soviético ya no está. El despliegue del proyecto aglutinó a las principales adversidades que habían marcado durante siglo y medio la historia europea: los tres países mayores del continente – Francia, Alemania y Rusia – se reconciliaron. Todas estas evoluciones son, según mi punto de vista, positivas, y están llenas de un potencial aún más positivo. Ciertamente, este despliegue se inscribe en bases económicas inspiradas en los principios del liberalismo, pero de un liberalismo temperado hasta los años 80 por la dimensión social tenida en cuenta por y a través del “compromiso histórico socialdemócrata”, que obligaba al capital a ajustarse ante las demandas de justicia social expresadas por las clases trabajadoras. Después el despliegue continuó en un marco social nuevo, inspirado por un liberalismo “a la americana”, completamente anti social.

Este último viraje ha lanzado a las sociedades europeas hacia una crisis multidimensional. De entrada, está la crisis económica de la opción liberal. Una crisis agravada por la alineación de los países de Europa ante las exigencias económicas de su líder norteamericano, Europa consintiendo hasta ahora en financiar el déficit de éste último en detrimento de sus propios intereses. Luego hubo la crisis social, la cual se acentuó con el crecimiento de las resistencias y de las luchas de las clases populares contra las consecuencias fatales de la opción liberal. Finalmente, hubo el intento de una crisis política – el rechazo de alinearse, sin condiciones al menos, bajo la opción de los Estados Unidos en la guerra sin fin contra el Sur.

¿Cómo los pueblos y los Estados europeos le harán frente a este triple desafío?

Los europeos se dividen en tres conjuntos diferentes:

  • Los que defienden la opción liberal y aceptan el liderazgo de los Estados Unidos, casi sin condiciones.
  • Los que defienden la opción liberal, pero desearían una Europa política independiente, fuera de la alineación americana.
  • Los que desearían (y luchan por) una “Europa social”, es decir, un capitalismo temperado por un nuevo compromiso social capital / trabajo que opere a escala europea, y simultáneamente, una Europa política practicante de “otras relaciones” (amistosas, democráticas y pacíficas) con el Sur, Rusia y China. La opinión pública general en toda Europa ha expresado, durante el Forum Social Europeo (Florencia 2002) y en la ocasión de la guerra contra Irak, su simpatía por esta posición de principios.

Hay ciertamente otros, los “no europeos”, en el sentido de que no piensan que sean posibles ni deseables ninguna de las tres opciones pro – europeas. Estos son aún minoritarios, pero ciertamente están llamados a reforzarse. Reforzarse de entrada en una de dos opciones fundamentalmente diferentes:

  • Una opción “populista” de derecha, que rechaza la progresión de los poderes políticos – e incluso económicos – supranacionales, con la ¡excepción evidente de los del capital trasnacional!
  • Una opción popular de izquierda, nacional, ciudadana, democrática y social.

¿Sobre cuáles fuerzas se apoya cada una de estas tendencias y cuáles son sus oportunidades de éxito respectivas?

El capital dominante es liberal por naturaleza. En este sentido, es llevado lógicamente a sostener la primera de estas tres opciones. Tony Blair representa la expresión más coherente de lo que yo he calificado como “el imperialismo colectivo de la tríada”. La clase política, reunida detrás de la bandera estrellada, está dispuesta, si fuera necesario, a “sacrificar al proyecto europeo” – o al menos a disipar toda ilusión al respecto – usando el desprecio por sus orígenes: ser el modo europeo del proyecto atlantista. Pero Bush, al igual que Hitler, no concibe otros aliados que los subordinados alineados sin condiciones. Esta es la razón por la cual segmentos importantes de la clase política, incluyendo de derecha – aunque sean en principio los defensores de los intereses del capital dominante – rechazan alinearse a los Estados Unidos como ayer lo hicieron frente a Hitler. Si hay un Churchil posible en Europa este sería Chirac. ¿Lo será?

La estrategia del capital dominante puede acomodarse en un “anti europeismo de derecha”, el cual se contentaría con retóricas nacionalistas demagógicas (movilizando, por ejemplo, el tema de los emigrados, por supuesto) en tanto que se sometería de hecho frente a las exigencias de un liberalismo no específicamente “europeo”, sino mundializado. Aznar y Berlusconi constituyen los prototipos de estos aliados de Washington. Las clases políticas serviles de Europa del Este lo son igualmente.

En este sentido, creo que la segunda opción es difícil de mantener. Ella es, sin embargo, la de los gobiernos europeos más importantes – Francia y Alemania. ¿Expresa ella las ambiciones de un capital suficientemente potente para ser capaz de emanciparse de la tutela de los Estados Unidos? Pregunta a la cual yo no tengo respuesta posible, pero intuitivamente diría que es poco probable.

Esta opción, sin embargo, es la de los aliados frente a un adversario norteamericano que constituye el enemigo principal de toda la humanidad. Yo digo claramente aliados porque estoy persuadido de que, si ellos persisten en su opción, serán conducidos a salir de la sumisión frente a la lógica de proyecto unilateral del capital (el liberalismo) y a buscar alianzas de izquierda (las únicas que pudieran darle fuerza a su proyecto de independencia frente a Washington). La alianza entre los conjuntos dos y tres no es imposible. Tal y como lo fue la gran alianza anti nazi.

Si esta alianza toma forma, ¿deberá ella operar exclusivamente en el marco europeo si todos son incapaces de renunciar a la prioridad brindada a este marco? Yo no lo creo, porque este marco, tal como es, solo favorece sistemáticamente la opción del primer grupo pro americano. ¿Habría entonces que hacer estallar a Europa y renunciar definitivamente a su proyecto?

Yo no lo creo tampoco necesario, ni siquiera deseable. Otra estrategia es posible: la de dejar el proyecto europeo un tiempo “dormir”en su estadío actual de desarrollo, y desarrollar paralelamente otros ejes de alianzas.

Yo brindaría aquí una primera prioridad a la construcción de una alianza política y estratégica París – Berlín – Moscú, prolongada hasta Pekín y Delhi si fuera posible. Yo digo claramente política con el objetivo de darle el pluralismo internacional y todas las funciones que deberían tener en la ONU. Y estratégica, en el sentido de construir fuerzas militares a la altura del desafío americano. Estas tres o cuatro potencias tienen todos los medios, tecnológicos y financieros, reforzados por sus tradiciones de capacidades militares, frente a los cuales los Estados Unidos palidecen. El desafío americano y sus ambiciones criminales lo imponen. Porque estas ambiciones son desmesuradas. Hay que probarlo. Constituir un frente anti hegemónico tiene en la actualidad la misma prioridad que en el pasado lo fue constituir una alianza anti nazi.

Esta estrategia reconciliaría a los “pro europeos” con los grupos dos y tres y con los “no europeos” de izquierda. Ella crearía condiciones favorables para retomar más tarde un proyecto europeo, que integraría incluso probablemente a una Gran Bretaña liberada de su sumisión frente a los Estados Unidos y a una Europa del Este desprendida de su cultura servil. Seamos pacientes, esto tomará bastante tiempo.

No habrá progreso posible alguno de un proyecto europeo en tanto que la estrategia de los Estados Unidos no sea desviada de su rumbo.

  • Europa frente a su propio Sur árabe y mediterráneo

El Mundo Arabe y el Medio Oriente ocupan un lugar decisivo en el proyecto hegemónico de los Estados Unidos. La respuesta que los europeos le darán al desafío de los Estados Unidos en la región será uno de los test decisivos que tendrá el propio proyecto europeo.

El problema consiste en saber si los costeños del Mediterráneo y sus prolongamientos – Europeos, Arabes, Turcos, Iraníes, países de Africa – se orientarán o no hacia una representación de su seguridad que se diferencie de la que está dirigida por la primacía de la salvaguarda de la hegemonía mundial americana. La razón pura debería hacerlos evolucionar en esta dirección. Pero hasta el momento, Europa no ha brindado ningún signo de ir en este sentido. Una de las razones que podría explicar, en parte, la inercia europea, es que los socios de la Unión Europea, aunque no son demasiado divergentes, están cargados de un coeficiente de prioridades relativas fuertemente diferente de un país al otro. La fachada mediterránea no es central en las polarizaciones industriales del capitalismo desarrollado: las fachadas del Mar del Norte, del Noreste Atlántico americano y del Japón central, tienen una densidad sin medida común. Para los del norte de Europa – Alemania y Gran Bretaña – el peligro del caos en los países situados al Sur del Mediterráneo no resulta tener la misma gravedad que para los Italianos, Españoles y Franceses.

Las diferentes potencias europeas tuvieron hasta 1945, políticas mediterráneas propias a cada una de ellas, a menudo conflictivas. Después de la Segunda Guerra Mundial, los Estados de Europa Occidental no tuvieron prácticamente ninguna política mediterránea ni árabe, ni particular, ni común, más allá de la que implicaba el alineamiento implicado por los Estados Unidos. En este marco, Gran Bretaña y Francia, que tenían sus posesiones coloniales en la región, libraron batallas para conservar sus ventajas. Gran Bretaña renunció a Egipto y a Sudán en 1954 y, después de la derrota en la aventura de agresión tripartita de 1956, se sucedió un viraje violento y, a finales de los años 60, abandonó su influencia en los países costeros del Golfo.

Francia, eliminada desde 1945 de Siria, aceptó finalmente la independencia de Argelia en 1962, pero conservó cierta nostalgia de su influencia en Maghreb y en el Líbano, envalentonada por las clases dirigentes locales, al menos en Marruecos, Túnez y en el Líbano. Paralelamente, la construcción europea no sustituyó el retiro de las potencias coloniales por una política común operante en este sentido. Recordemos que, después de la guerra israelo – árabe de 1973, los precios del petróleo fueron reajustados y la Europa comunitaria, sorprendida en sus sueños, descubrió que tenía “intereses” en la región. Pero este despertar no suscitó de su parte ninguna iniciativa de importancia, por ejemplo, concerniente al problema palestino. Europa se quedó, tanto en este dominio como en otros, vegetativa y finalmente inconsistente. Algunos progresos en la dirección de una autonomía frente a los Estados Unidos fueron vistos en los años 70, culminando con la Cumbre de Venecia (1980), pero estos progresos no fueron consolidados y más bien se erosionaron durante los años 80 para finalmente desaparecer con la alineación junto a Washington que se adoptó durante la Crisis del Golfo. Es por ello que las percepciones europeas concernientes al futuro de las relaciones Europa – Mundo Arabe e Iraní  deben ser estudiadas a partir de análisis propios a cada uno de los Estados europeos.

Gran Bretaña no tiene ninguna política mediterránea ni árabe que le resulte específica. En este dominio, como en otros de la sociedad británica en todas sus expresiones políticas (Conservadores y Trabajistas), la opción ha sido el alineamiento incondicional con los Estados Unidos. Se trata, en este caso, de una opción histórica fundamental, que sobrepasa ampliamente las circunstancias coyunturales y que refuerza considerablemente la sumisión de Europa ante las exigencias de la estrategia americana.

Por razones diferentes, Alemania no tiene tampoco política árabe ni mediterránea específica y no buscará probablemente desarrollar ninguna en un futuro visible. Debilitada por su división y su estatus, la RFA consagró todos sus esfuerzos a su desarrollo económico, aceptando tener un perfil político bajo en el asiento simultáneo y ambiguo de los Estados Unidos y la Europa de la CEE. En un primer momento, la reunificación de Alemania y su reconquista de la plena soberanía internacional no modificaron este comportamiento, sino que, por el contrario, acentuaron sus expresiones. La razón es que las fuerzas políticas dominantes (conservadoras, liberales y social demócratas) escogieron brindar la prioridad a la expansión del capitalismo germánico en Europa central y oriental, reduciendo la importancia relativa de una estrategia europea común, tanto en el plano político como en el de la integración económica. Quedaría por saber si esta tendencia se ha invertido en la actualidad, tal y como parece sugerirlo la actitud de Berlín frente a la Guerra de Irak.

Las posiciones de Francia son más matizadas. País a la vez atlántico y mediterráneo, heredero de un Imperio colonial, clasificado entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, Francia no renunció a expresarse como potencia. Durante la primera década de la postguerra, los sucesivos gobiernos franceses trataron de preservar las posiciones coloniales de sus países a través de posiciones atlantistas anticomunistas y antisoviéticas. Sin embargo, no adquirieron el apoyo de Washington, tal y como lo demostró la actitud de los Estados Unidos durante la agresión tripartita contra Egipto en 1956. La política mediterránea y árabe de Francia era simplemente retrógrada. De Gaulle rompió simultáneamente con las ilusiones paleocoloniales y proamericanas. El concibió el triple proyecto ambicioso de modernizar la economía francesa, conducir un proceso de descolonización que permitiera sustituirlo por un neocolonialismo frente a las fórmulas viejas y sobrepasadas y compensar las debilidades intrínsecas a todo país medio como Francia a través de la integración europea. En esta última perspectiva de Gaulle concebía una Europa capaz de ser autónoma frente a los Estados Unidos, no solamente en el plano económico y financiero, sino también en el plano político e incluso, a término, en el plano militar, al igual que concebía, a la larga, la asociación de la URSS con la construcción europea (“la Europa del Atlántico hasta los Urales”). Pero el gaullismo  no sobrevivió a su fundador y, a partir de 1968, las fuerzas políticas francesas, tanto de la derecha clásica como de la izquierda socialista, regresaron progresivamente a sus actitudes anteriores. Su visión de la construcción europea se estrechó hasta la sola dimensión de un “mercado común” entre Francia y Alemania Federal (hasta el momento en que la unificación alemana se realizó, en París estuvieron un poco sorprendidos e inquietos …) y en la invitación con presiones hecha a Gran Bretaña para unirse a la CEE (olvidando que Inglaterra sería el Caballo de Troya de los americanos en Europa). Naturalmente, este cambio implicaba el abandono de toda política árabe digna del nombre propio de Francia, es decir, de una política que fuera más allá de la simple defensa de los intereses mercantiles inmediatos. En el plano político, Francia se comportó objetivamente tanto en el mundo árabe como en Africa Subsahariana como una fuerza suplementaria de apoyo a la estrategia de hegemonía americana. Es en este marco que hay que colocar el discurso mediterráneo, que llama a asociar a los países del Maghreb al carro europeo (de la misma manera en que se asoció a Turquía hoy en crisis), lo que conllevó a romper la perspectiva de un acercamiento unitario árabe y abandonar a Mashrek ante la intervención israelo norteamericana. Sin dudas, las clases dirigentes del Maghreb son responsables, dada la simpatía que mostraron por este proyecto. Sin embargo, la Crisis del Golfo le dio un fuerte golpe a este proyecto, y las masas populares de Africa del Norte afirmaron, en esa ocasión y con fuerza, su solidaridad con Maghreb, hecho totalmente previsible.

Italia es, por su posición geográfica incluso, un país muy sensible frente a los problemas mediterráneos. Esto no significa que ella tenga una política real mediterránea y árabe y mucho menos, que ésta tenga eficacia y autonomía. Mucho tiempo marginal en su desarrollo capitalista, Italia se vio obligada a inscribir sus ambiciones mediterráneas bajo la tutela europea en una obligada alianza con otras potencias del área, más decisivas que ella. Desde que se logró su unidad a mitad del siglo pasado con la caída de Mussolini en 1943, Italia vaciló entre la alianza con los dueños del Mediterráneo – es decir, con Gran Bretaña y Francia – o con aquellos que podían contestar las posiciones anglo francesas, es decir, Alemania.

El atlantismo, que se ejerce en Italia en una visión que implica un perfil político exterior bajo dentro de  la tutela de los Estados Unidos, ha dominado la acción y las opciones de los gobiernos italianos desde 1947. El es igualmente dominante, aunque en una visión más ideológica aún, en ciertos sectores de la burguesía laica (los Republicanos y los Liberales, y algunos socialistas). Porque entre los cristianos demócratas existe la presión del universalismo de la tradición católica. Por ello resulta significativo que el Papa haya tomado, a menudo, posiciones más retrógradas frente a los pueblos árabes (sobre todo en el problema palestino) y del Tercer Mundo, que las de los numerosos gobiernos italianos y occidentales en general.  El paso hacia la izquierda de una parte de la Iglesia Católica, bajo la influencia de la Teología de la Liberación de América Latina, refuerza en la actualidad este universalismo, del cual encontramos versiones laicas en los movimientos pacifistas, ecologistas y tercermundistas. La corriente “mittel” europea tiene sus raíces en al siglo XIX italiano y en el corte Norte Sur que no ha logrado mitigar la unidad italiana. Afiliada a los intereses del gran capital milanés, ésta sugiere brindar la prioridad a la expansión económica de Italia hacia el este europeo, en asociación estrecha con Alemania. En este marco, Croacia constituye en la actualidad un objetivo inmediato. Bien entendido, esta opción implicaría que Italia continuara la tradición de bajo perfil internacional, y que se mantenga sobre todo marginal en sus relaciones con el Sur del Mediterráneo. Una opción paralela de España la aislaría aún más del concierto europeo, reduciéndola a su más bajo denominador común. La corriente mediterránea, que aún es débil, a pesar del aporte que el universalismo podría aportarle, se expresa, por esta razón, en una versión “levantina”: se trata de “hacer negocios” aquí o allá, sin preocuparse del marco de estrategia política en el cual se inscriben. Para tomar otra consistencia, más noble, asociando a Italia a aperturas económicas que se inscriban en una perspectiva de reforzar su autonomía y la de sus socios árabes, sería necesario que se lograra una convergencia entre este proyecto y las ideas universalistas, sobre todo de una parte de la izquierda italiana, comunista y cristiana.

La derecha italiana, reunificada bajo la dirección de Berlusconi en el poder, ha optado por inscribirse bajo la tutela del eje atlántico de Washington – Londres. El comportamiento de las fuerzas de policía durante la reunión del G8 en Génova (julio de 2001), expresa claramente esta opción.

España y Portugal ocupan un lugar importante en la geoestrategia de hegemonía mundial de los Estados Unidos. El Pentágono considera, en efecto, que el eje Azores – Canarias – Gibraltar – Baleares es esencial para la vigilancia del Atlántico Norte y Sur y el cuidado de la entrada al Mediterráneo. Los Estados Unidos forjaron su alianza con estos dos países inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, sin tener la más mínima preocupación por su carácter fascista. Por el contrario, incluso el anticomunismo de las dictaduras de Salazar y de Franco sirvió bien a la causa hegemónica de los Estados Unidos, permitiendo admitir a Portugal dentro de la OTAN y de establecer en suelo español bases americanas de primera importancia. En contrapartida, los Estados Unidos y sus aliados europeos apoyaron sin reservas a Portugal hasta el final de su fracasada guerra colonial

La evolución democrática de España después de la muerte de Franco no fue la ocasión de un cuestionamiento de la integración del país al sistema militar americano. Por el contrario, incluso la adhesión formal de España a la OTAN (en mayo de 1982) fue objeto de un verdadero chantaje electoral que dejó entrever que la participación de la CEE exigía esta adhesión, a la cual se oponía la mayoría de la opinión española.

Después, el alineamiento de Madrid bajo las posiciones de Washington ha sido sin reserva. En contrapartida, los Estados Unidos habrían, al parecer, intervenido para “moderar” las reivindicaciones marroquíes e incluso para intentar convencer a Gran Bretaña acerca de Gibraltar. En este sentido, podemos dudar de la propia realidad de estas intervenciones. El alineamiento atlantista reforzado de Madrid se tradujo en cambios radicales en la organización de las fuerzas armadas españolas, calificados por los analistas como un “movimiento hacia el sur”. En la tradición española, en efecto, el ejército estaba diseminado sobre todo el territorio del país. Concebido además – después de Franco de una manera evidente – como una fuerza de policía interior más que como una fuerza dirigida contra el exterior, el ejército español permaneció siendo rústico y, a pesar de la marcada atención que le brindaba el poder supremo de Madrid a los cuerpos de generales y oficiales, no había sido objeto de una verdadera modernización, tal y como fueron los casos de Francia, Gran Bretaña y Alemania.

Los gobiernos socialistas y después de derecha, procedieron a una reorganización de las fuerzas españolas para combatir un “frente sur” eventual y se comprometieron en un programa de modernización del ejército de tierra, de la aviación y de la marina. Este cambio, exigido por Washington y la OTAN, es una de las numerosas manifestaciones de la nueva estrategia hegemónica americana, sustituyendo el Sur por el Este para la defensa del Occidente. Este está acompañado en España por un nuevo discurso que pone en evidencia a un “enemigo hipotético que viene del Sur”, cuya identificación no deja lugar a ninguna duda. Curiosamente, este discurso de los medios democráticos (y socialistas) españoles recuerda la vieja tradición de la Reconquista, muy popular dentro de los círculos católicos del ejército. El cambio en las fuerzas armadas españolas es entonces el signo de una determinación de España  de tener un rol activo en el seno de la OTAN, en el marco de la reorientación de las estrategias occidentales en previsión de intervenciones en el Tercer Mundo. Desde hace tiempo la Península Ibérica constituye la primera escala del eje Washington – Tel Aviv, la cabeza del puente europeo principal de la Rapid Deployment Force americana (la cual tuvo un papel decisivo en la Guerra del Golfo), completada con las bases de Sicilia (que, igualmente, nunca habían servido hasta las operaciones dirigidas contra el Mundo Arabe: Libia, bombardeo israelí a Túnez, etc.) y, curiosamente, las facilidades acordadas por Marruecos. Evidentemente, esta opción occidental vacía el discurso “euro – árabe” de todo contenido serio. La nueva España democrática, que pretende activar una política de amistad en dirección de América Latina y el Mundo Arabe, ha más bien dirigido sus movimientos en un sentido inverso, de hecho, a las exigencias de sus proclamaciones de principios.

El Gobierno de derecha dirigido por Aznar ha confirmado este alineamiento atlantista de Madrid. Más aún que Italia, España rechaza capitalizar su posición mediterránea en beneficio de una nueva política europea en dirección al mundo árabe, Africa y el Tercer Mundo, y tomar distancia ante las exigencias de la hegemonía americana. La idea francesa de un grupo mediterráneo en el seno de la Unión Europea queda, por estas razones, suspendida en el aire y sin puntos de apoyo serios. Por otra parte, en el plano económico, el capital español, heredero de la tradición franquista, ha colocado sus esperanzas principales de expansión en el desarrollo de acuerdos con Alemania y Japón, invitados a participar en la modernización de Cataluña.

Mientras existió, la línea de confrontación Este Oeste pasaba a través de los Balcanes. La afiliación obligada de los Estados de la región ante Moscú o Washington – con la única excepción de Yugoslavia desde 1948 y de Albania a partir de 1960 – le había colocado una sordina a las querellas nacionalistas locales que hicieron de los Balcanes el traspatio europeo.

Turquía se colocó en el campo occidental desde 1945, después de haber puesto término a su neutralidad frente a la Alemania hitleriana. Las reivindicaciones soviéticas sobre el Cáucaso formuladas por Stalin a partir de la victoria fueron rechazadas por Ankara gracias al apoyo decidido de Washington. En contrapartida, Turquía, miembro de la OTAN, a pesar de su sistema político poco democrático, acogió a las bases americanas más próximas de la URSS. No hay lugar a dudas que la sociedad turca permanece siendo del Tercer Mundo, aunque después de Ataturk las clases dirigentes de este país proclamen la parte europea de la Nueva Turquía, tocando a la puerta de una Unión Europea que no la desea. Aliada fiel de los Estados Unidos y de sus socios europeos, ¿deseará Turquía reintegrar su pasado y tener un rol activo en el Medio Oriente, haciéndole pagar al Occidente los servicios que podría brindarle en esta región? Parece ser que el problema de los kurdos, de la cual ella rechaza reconocer hasta su propia existencia, ha conllevado a hacer vacilar la toma de esta opción hasta el presente. Lo mismo resulta para una eventual opción pan – turaniana, sugerida al día siguiente de la Primera Guerra Mundial por ciertos medios kemalistas, y relegada después al museo de la historia. Pero en la actualidad, la descomposición de la URSS podría constituir una invitación para que el poder de Ankara tome la dirección de un bloque turco que, desde Azerbaidján hasta Sinkiang, domine el Asia Central. Irán siempre expresó sus reales temores hacia una evolución de este tipo, la cual no solamente cuestionaría el estatus del Azerbaidján meridional iraní sino también la seguridad de su amplia frontera asiática septentrional con Turkmenistán y Ouzbekistán.

Grecia no se alistó en el campo soviético. Ella estuvo obligada y forzada por la intervención británica de 1948 a alinearse con los Estados Unidos. En conformidad con los Acuerdos de Yalta, la URSS, como todos sabemos, abandonó a su suerte a la resistencia griega, dirigida por el Partido Comunista que, sin embargo, en este país al igual que en Yugoslavia y Albania, había liberado al país y conquistado por ello el apoyo popular mayoritario. De esta manera, los occidentales estuvieron obligados a apoyar contra este movimiento popular a regímenes represivos sucesivos y, finalmente, a una dictadura de coroneles fascistas, sin ver en ello una contradicción importante con su discurso, según el cual la OTAN protegería al “mundo libre” contra el “Satán” totalitario. El retorno de Grecia a la democracia, por la victoria electoral de Pasok en 1981, arriesgaba, en esas condiciones, cuestionar la fidelidad de este país con la OTAN. La Europa comunitaria vino entonces al apoyo de Washington para, al igual que en el caso de España, unir a la candidatura griega con la CEE, y mantenerla en su participación dentro de la alianza atlántica. Esta integración en la CEE fue ampliamente discutida por parte de la opinión griega de la época. La opción de Papandreu de unirse a pesar de todo, después de algunas vacilaciones y a pesar de la opción de principios tercermundistas y neutralistas de Pasok, parece haber desatado una evolución irreversible incluso a nivel de las mentalidades, adulando las aspiraciones del pueblo griego a la modernidad y al europeismo. Sin embargo, los nuevos socios europeos de Grecia no le han ofrecido gran cosa a este país, quedando durante todo el tiempo en la posición de pariente pobre de la construcción comunitaria.

La fidelidad de Atenas ante el occidente euro – americano no le ha valido un apoyo real en su conflicto con Turquía. Incluso aunque la dictadura griega haya tenido una determinada responsabilidad en la tragedia chipriota de 1974, la agresión turca abierta (operación Atila) y la creación posterior de una “República Turca de Chipre”, en franca violación  del estatus de la isla, no solamente han sido aceptadas, sino probablemente también acordadas con los servicios del Pentágono, frente a los cuales Europa cede una vez más. Resulta evidente que, para los Estados Unidos, la amistad con Turquía, potencia militar regional considerable, está muy por encima de Grecia, por democrática que ésta sea.

El conjunto de la región de los Balcanes – Danubio (Yugoslavia, Albania, Hungría, Rumania y Bulgaria) entró en 1945 bajo la égida de Moscú, ya fuera por el hecho de la ocupación militar soviética y la aceptación de los socios de Yalta, ya fuera por el hecho de su propia liberación y de la opción escogida por los pueblos de Yugoslavia y de Albania.

La Yugoslavia de Tito, aislada durante los años 1948 – 1953, entre el ostracismo de Moscú y el anticomunismo occidental, había logrado con éxito una estrategia de construcción de un frente de “no alineados”, que le valió su amistad con el Tercer Mundo, particularmente a partir de la Conferencia de Bandoung (1955). Los analistas del pensamiento geoestratégico de la época señalan curiosamente que este pensamiento era poco sensible ante la dimensión mediterránea de su país. Quizás el abandono de Italia después de la Segunda Guerra Mundial de sus visados tradicionales y la solución encontrada en 1954 ante el difícil problema de Trieste, fueron la causa de este “olvido histórico”. Yugoslavia vivió después como un Estado preocupado ante todo por los problemas de equilibrio de sus relaciones regionales y, sobre todo, por el del equilibrio mundial entre las superpotencias. Porque en primer lugar, ella había logrado capitalizar a su beneficio la doble atracción nordista y danubiana de Croacia y Eslovenia y la rusa y balcánica de Serbia. El acercamiento iniciado por Kroutchev y continuado por sus sucesores, reconociendo el rol positivo del neutralismo de Tito en la arena mundial, así como el debilitamiento de los regímenes del Pacto de Varsovia a partir de los años 60 y sobre todo en los 70, garantizó, durante un tiempo, la seguridad yugoslava, que había cesado de sentirse como el objeto de cualquier conflicto regional. La diplomacia yugoslava pudo entonces desplegarse en las arenas internacionales, dándole al país un peso fuera de proporción con respecto a su tamaño. Pero, a pesar de que esta diplomacia había indiscutiblemente marcado puntos en Asia, en Africa y en América Latina, ella patinó en Europa, donde sus llamados a ampliar el frente de neutralistas nunca encontró ecos favorables. Sin embargo, frente a la Europa de la OTAN, desde el norte hasta el sur del continente, entre dos pactos militares adversos, Suecia, Finlandia y Austria hubieran podido buscar iniciativas positivas comunes que se separaran del espíritu de la Guerra Fría. Más tarde la Grecia de Pasok intentó ampliar el campo neutral europeo desembocando esta idea en 1982 en la proposición de cooperación para la desnuclearización de los Balcanes, dirigiéndose, simultáneamente, a ciertos países miembros de las dos alianzas (Turquía, Rumania y Bulgaria) o a neutros (Yugoslavia y Albania). Estas proposiciones tampoco encontraron eco alguno.

La descomposición de Europa suroriental a partir de 1989 cambió todo el problema. La erosión, y luego el derrumbe de la legitimidad de los regímenes – la cual estaba fundada sobre un determinado desarrollo, sean cuales hayan sido sus límites y sus aspectos negativos – hizo estallar la unidad de la clase dirigente, cuyas fracciones intentaron fundar su legitimidad bajo el nacionalismo. Las condiciones estaban dadas no solamente para permitir la ofensiva del capitalismo salvaje sostenido por los Estados Unidos y la Unión Europea, sino también para que Alemania retomara la iniciativa en la región, tirando leña sobre el fuego – a través del reconocimiento de la independencia de Eslovenia y de Croacia, el cual la propia Unión Europea reafirmó – y acelerando en consecuencia el estallido de Yugoslavia y la guerra civil. Curiosamente, los europeos intentaron de imponer en Bosnia ¡la coexistencia de las comunidades de las cuales ellos habían sermoneado la separación! ¿Si es posible que los Serbios, Croatas y Musulmanes coexistan en la pequeña Yugoslavia que resulta ser Bosnia, por qué no hubieran podido coexistir en la gran Yugoslavia? Evidentemente, una estrategia de este tipo no hubiera tenido ningún éxito, lo que le permitió a los Estados Unidos ¡intervenir en pleno corazón de Europa! En la estrategia de Washington, el eje de los Balcanes – Cáucaso – Asia Central prolonga al Medio Oriente.

De los análisis propuestos anteriormente y que conciernen las opciones político estratégicas de los países de la Rivera Norte del Mediterráneo yo saco una importante conclusión: la mayor parte de estos países, en el ayer fieles partidarios de los Estados Unidos en el conflicto Este Oeste, continúan alineados bajo la estrategia de hegemonía americana frente al Tercer Mundo, y singularmente frente a los países árabes y de la región del Mar Rojo – Golfo. Los otros países (balcánicos y del Danubio) ayer implicados de una u otra manera en el conflicto Este Oeste, han cesado de ser agentes activos en el permanente conflicto Norte Sur, y se han convertido en objetos pasivos ante el expansionismo occidental.

Conclusiones: El Imperio del caos y la guerra permanente

El proyecto de dominación de los Estados Unidos – la extensión de la doctrina Monroe a todo el planeta – es desmesurado. Este proyecto, el cual he calificado por esta razón como Imperio del Caos desde el derrumbe de la Unión Soviética en 1991, estará fatalmente confrontado al crecimiento de las resistencias crecientes de las naciones del Viejo Mundo, las cuales no aceptarán someterse. Los Estados Unidos estarán entonces llamados sustituir el derecho internacional por el recurso a las guerras permanentes (proceso que ha comenzado en el Medio Oriente, pero que apunta ya hacia Rusia y Asia), deslizándose por la pendiente fascista (la “ley patriótica” ya le ha dado poderes a su policía frente a los extranjeros – “aliens”- que resultan ser similares de los que fue dotada la Gestapo)

Los Estados europeos, socios en el sistema del imperialismo colectivo de la tríada, ¿aceptarán esta deriva que los colocará en posiciones subalternas? La tesis que yo he desarrollado coloca el acento no tanto en los conflictos de intereses del capital dominante como en la diferencia que separa las culturas políticas de Europa y la que caracteriza a la formación histórica de los Estados Unidos, y encuentra en esta nueva contradicción una de las principales razones del fracaso probable del proyecto de los Estados Unidos (16).

Notas

(1) Ver : Samir Amin, Clase y nación en la historia y la crisis contemporánea , capítulos VI y VIII , Minuit 1979. Samir Amin , El eurocentrismo , capítulo IV , Anthropos economica , 1988. Samir Amin , Más allá del capitalismo senil , por un siglo XXI no americano , PUF 2001
(2) Para la crítica del post modernismo y la tesis de Negri  ver : Samir Amin, Crítica de la moda, capítulo VI , Harmattan 1997, Samir Amin , El virus liberal , página 20 y siguientes y El tiempo de las cerezas , 2003
(3) Samir Amin, La hegemonía de los Estados Unidos y el fin del proyecto europeo, Harmattan , 2000
(4) Samir Amin y otros, Las finalidades estratégicas en el Mediterráneo, primera parte, Harmattan 1992
(5) Como por ejemplo: Gérard Chaliand y Arnaud Blin, America is back , Bayard 2003
(6) Samir Amin , La derrota del desarrollo , capítulo II , Harmattan 1989
(7) Samir Amin , Los desafíos de la mundialización , capítulo VII, Harmattan 1996
(8) Samir Amin , La etnia al asalto de las naciones , Harmattan 1994
(9) Emmanuel Todd , Después del Imperio, Gallimard 2002
(10) La estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos, 2002
(11) Cf nota 2
(12) Samir Amin, Los desafíos de la mundialización, op cit , capítulo III
(13) Samir Amin, El imperio del caos, Harmattan, 1991
(14) Samir Amin, Los desafíos de la mundialización, op cit , capítulos I y II
(15) Samir Amin y Ali El Kenz, El mundo árabe, finalidades sociales y perspectivas mediterráneas, Harmattan, 2003
(16) Samir Amin , El virus liberal , op cit , página 20 y siguientes. Samir Amin, La ideología americana, publicado en inglés en Ahram Weekly, mayo 2003, El Cairo.

* Epílogo al libro Guerra global, Resistencia mundial y Alternativas (10.2003) de Wim Dierckxsens y Carlos Tablada.

** (1931). Cursa estudios superiores en París y obtiene Diploma del Instituto de Estudios Políticos (1952), Diploma del Instituto de Estadística de la Universidad de París (1956), Doctorado en Ciencias Económicas (1957), Profesor agregado de Ciencias Económicas (1966). Ha trabajado como jefe de  Servicio de Estudios del Organismo de Desarrollo Económico, El Cairo (1957-1960) ; Consejero Técnico del Ministerio de Plan, Bamako (1960-1963) ; Profesor en el Instituto Africano de Desarrollo  Económico y de Planificación (IDEP), y de las Universidades de Poitiers, Dakar, y de Paris (1963-1970); Director de IDEP, Dakar (1970-1980). Desde 1980 Director del Foro del Tercer Mundo, Buró Africano, Dakar; y Presidente del Foro Mundial de Alternativas. Tiene publicados más de 60 libros y decenas de artículos en múltiples lenguas y países. ftm@refer.sn

 

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