Kirchner vive de la herencia menemista

Eduardo Sartelli*

Mientras la recesión mundial va taladrando la cabeza de los escépticos y se impone, dos fracciones de la burguesía enfrentadas por la renta diferencial parecen ignorar que transitan mares cada vez más agitados en un barco averiado –la economía argentina– que marcha a la deriva. Como en vísperas de las grandes conmociones, los protagonistas, creyendo evitar el desenlace fatal, simplemente lo aceleran.

El Gobierno no tiene más respuesta a la crisis que el retorno a los noventa, sólo que agravado por la miseria setentista de su discurso y por la ceguera voluntaria frente a los hechos reales. Con un dólar a 3,20 la UIA exigía una nueva devaluación. Con los 3,05 actuales está al borde de la histeria. La expansión se detiene, como las cifras de la construcción lo demuestran, por más que la Presidenta hable de inversiones récord (que no son más que cambios en la propiedad de las empresas, en particular a manos brasileñas que, gracias al tipo de cambio, van a quedarse hasta con los faroles de la Plaza de Mayo).

La inflación, por su parte, se acelera arrastrando no sólo la mentira a las góndolas, sino a miles de trabajadores por debajo de la línea de pobreza. Mientras se pueda seguir mintiendo con el índice de inflación, se dirá que crecemos al 8-9%. Con un índice realista, este año, con suerte, se llegará a la mitad. Con una masa de subsidios que no para de crecer, se hace humo el superávit y se prepara una explosión hiperinflacionaria. La devaluación del dólar ayuda porque devalúa al mismo tiempo el peso, pero evapora las reservas que, medidas en euros, no superan a las de De la Rúa. Con qué se va a hacer frente a los vencimientos de deuda que vienen, sin posibilidad de endeudamiento, es una buena pregunta.

El Gobierno puede jactarse de recaudación récord, pero no puede ocultar que lo que recauda es inflación. Ha tenido «éxito» en caer en el momento justo, cuando una coyuntura particular, la creación de la burbuja inmobiliaria europeo-norteamericana, impulsó al conjunto de la economía internacional, sobre bases ficticias a mediano plazo, pero poderosas en lo inmediato. La devaluación no hizo más que aportar una cuota adicional de combustible local a un «modelo» que sólo funciona con salarios por el piso. Ésa es la receta «progre» que defienden los intelectuales K: aumento de la ocupación con retraso salarial permanente. El esquema no puede durar mucho más, porque la misma medicina es la que causa la enfermedad: si se devalúa hay inflación, si hay inflación se pierde la ventaja devaluatoria. En el contexto del período 2002-2005, con una desocupación desbordante y una recesión gigantesca en la espalda, la economía podía crecer sin grandes tensiones inflacionarias, sin inversiones y sin tensiones salariales. Una vez que se recuperaron los índices de 1997-1998, en particular la capacidad instalada, toda nueva inyección de dinero significa inflación y, por ende, tensiones salariales, inflación y estancamiento de la inversión. Dicho de otra manera: Kirchner llama «éxito» a vivir de la herencia menemista.

Como toda herencia, a la corta o a la larga, se acaba. El Gobierno va a la deriva sin más programa que ocultar sus debilidades detrás de una reivindicación miserable de los setenta. Sostenidos por los mismos capitalistas que participaron del festival de la tablita y del Plan Martínez de Hoz, los Kirchner, ante cada crítica, se acorazan detrás de las montañas de cadáveres del Proceso. Mientras tanto, el «campo», un conjunto de patrones que no recuerda salarios en negro y una explotación de las peores, retiene exportaciones a la espera de un cambio en las retenciones, desaprovechando precios que en poco tiempo más serán historia. Por otra parte, la demanda de retenciones diferenciales, subsidios y devoluciones varias a los «pequeños» y «medianos» esconde a capitales ineficientes que sólo sobreviven al calor de la devaluación, la caída de los salarios y precios internacionales pocas veces vistos. Una demanda que suena progresista sólo si no recordamos que todo subsidio a los «pequeños y medianos» empresarios es gasto inútil y una nueva extracción de plusvalía a la clase obrera.

La sociedad gana más con la productividad de Grobocopatel que con la simpatía campechana de De Angeli. El agro pampeano viene expulsando a los chacareros desde comienzos del siglo XX, simplemente porque el capitalismo funciona así. Pretender violentar esa lógica sin cambiar las bases que la sustentan linda con la magia y el ocultismo. Creyendo que puede beneficiarla, la alianza agraria defiende, de hecho, el programa de la oposición.

El único programa que pueden ofrecer los opositores es dólar bajo, crecimiento lento y desocupación. No se trata de un alarde de imaginación: es el programa que impone la propia dinámica económica. Hasta qué punto no es propiedad intelectual exclusiva de la oposición lo demuestra el hecho de que el Gobierno ya comenzó a aplicarlo.

Ambas fracciones actúan como si viviéramos en una burbuja, lo que es correcto. El problema es que han olvidado que las burbujas tienen la mala costumbre de pincharse.

* Director de CEICS (Centro de Estudios

a Crìtica de la Argentina – Edición Domingo 13 de Julio de 2008

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