PARADIGMAS

Por Rubén Humberto Famá

Porque las estirpes populares de América Latina,
condenadas a quinientos años de ignominias,
han de tener al fin y para siempre una
segunda oportunidad sobre la tierra.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

  El paradigma (1) político central del pensamiento neoliberal o conservador  consiste en una especie de “elitismo democrático”, fijándose como uno de sus principales cometidos la administración del problema de la distribución de la igualdad de oportunidades y de la “exagerada” participación popular en asuntos de interés público, mediante la generación –a modo de sistema político-  de varias capas o clases sociales encabezadas, desde arriba hacia abajo, por una “elite política” de autotitulados dirigentes; seguida por una infinita variante de cortesanos, con diversos niveles de retribuciones económicas y de distinciones; seguida por profesionales serviciales, unos por convicción ideológica, otros por conveniencia económica, otros por intereses políticos y otros como los típicos idiotas útiles; y seguida también por sectores de la clase media y de demás clases subalternas, con conocimientos de niveles medios, a veces funcionales, a veces opositores.

            Como correlato, el sistema político, encuentra su fuente de legitimidad en la instauración de un régimen electoral funcional a su perpetuación, casi mecánico para elegir “gobiernos” con mandatarios que terminan operando como mandantes.

            Para ello, se requiere de un Estado disciplinador fuerte, que administre eficaz y eficientemente la tarea de prevenir, controlar, vigilar, y castigar severamente los desbordes y resistencias de aquellos que no aceptan y se resisten a la desigual distribución de la “igualdad de oportunidades concedida” en base a un orden sistémicamente establecido.

            El mecanismo instaurado por dicho Estado consiste en una competencia entre dos ó más grupos autoelegidos (elites) de “dirigentes políticos”, organizados en partidos políticos relativamente adversarios entre sí, que se disputan la obtención de los votos necesarios para gobernar legalmente hasta las siguientes elecciones. De tal forma, el papel de los votantes no es el de decidir cuestiones políticas y después elegir representantes que pongan en práctica esas decisiones; solo es el de elegir a los hombres que adoptarán decisiones.

            Dado que el marco normativo electoral confisca la representación sociopolítica en beneficio de los partidos políticos legalmente constituidos, y puesto que los intereses comunes de la clase política generan solidaridad corporativa; resulta que lo que debería ser debate político y competencia entre proyectos distintos o contrapuestos, se convierte en monopolio de la clase política. Dicho monopolio tiene muchas de las características de cualquier monopolio, generando así una renta de explotación sobre los usuarios de los servicios de representación política. Los usuarios son nada más y nada menos que el conjunto del Pueblo y, el presupuesto anual del Estado incluye una renta de explotación monopólica en beneficio de los partidos políticos y de sus integrantes.

            El otro paradigma que completa el núcleo del pensamiento ideológico del neoliberalismo es el económico. Sencillamente, su enunciado consiste en declarar como enemigo a todo tipo de planificación, aceptando la idea de la existencia de un orden natural, fruto del espontaneísmo humano. En tanto “el mercado” y el “Estado liberal” no constituyen el resultado de un plan organizado y realizado por hombres, una elección humana convertida en situación; no constituye sino el producto de “la evolución”.

            Las instituciones (públicas y privadas) y el Estado mismo, pasan a ser formaciones sistémicas, generadas por una especie de evolucionismo genérico.

            Según los teóricos del sistema, compradores y vendedores concurrimos libremente a intercambiar bienes y servicios en un espacio que ellos denominan mercado y afirman que éste tiene como cualidad una mano invisible que regula nuestras relaciones, de tal manera que todo el conjunto social se beneficia y se equilibra en la medida en que ése mercado crece y se hace cada vez más complejo. Como este razonamiento no puede convencer a nadie, pues sabemos que existen naciones, estados, clases sociales, empresas transnacionales y otras tantas agrupaciones sociales que inciden en la manera cómo intercambiamos y que en el mundo real lo que se produce son desequilibrios crecientes, los impulsores del mercado, insistiendo en que son los individuos y no los grupos sociales quienes intercambian, han recurrido a las matemáticas y nos han llenado de fórmulas y teoremas con sus respectivas ecuaciones que conforma un imaginario que confunde, incluso a quienes lo propugnan. (2)

            Durante las últimas décadas, esta matriz de pensamiento liberal fue sometida a renovaciones modernizantes, manteniendo y preservando intacto su núcleo paradigmático, a medida que se apoderaba de los distintos ámbitos del quehacer social y político, irradiando su estructura de valores y prioridades a la sociedad en su conjunto.

            La década de los años noventa significó y significa muchísimo mas que Menem, Cavallo, sus socios de ambos y sus beneficiarios menores. Representa y simboliza una verdadera escala de valores, un orden de prioridades que atraviesa al conjunto de la sociedad, interfiriendo fuertemente en la construcción de las subjetividades y el sentido común.

            Sentido común que induce a aceptar esta sociedad como algo natural e inmodificable, quedando sólo lugar para la adaptación. Y aquí se conjugan varios imaginarios sociales, entre los cuales él mas determinante es el conformado sobre la convicción de que es preciso aceptar el sistema en el que vivimos, pues carecemos de la posibilidad de construir alternativas. Esto produce en el sistema político una profunda escisión entre lo que se enuncia y el enunciado, una especie de inflación retórica que deja al lenguaje cada vez más desprovisto de realidad.

            La crisis de representación política y el sentimiento de desazón en el seno del Pueblo, más que efectos de una regresión, constituyen efectos de una progresión de la exigencia democrática en la sociedad civil, a la que las actuales instituciones políticas no saben y no pueden dar ya una respuesta adecuada en relación a este nuevo nivel de exigencia.

            Nuevos escenarios políticos, nuevos consensos y tensiones sociales y culturales, atravesados por convulsiones, incertidumbres, conflictos diversos, abren paso a una nueva fase de la transición, en la cual comienza a plantearse el fondo de una cuestión básica para cualquier comunidad; ¿qué clase de Sociedad y Estado pretendemos? ¿Por qué la inequidad en la distribución, la creciente exclusión, pobreza e indigencia pasan a ser considerados como mecanismos naturales de la dinámica evolutiva del sistema? ¿La innovación tecnológica continua es la única forma de resolver la cuestión del progreso material? ¿El crecimiento económico es la forma excluyente y exclusiva para resolver el problema de la pobreza y la exclusión? ¿Por qué sin en casi toda América Latina la discusión de la tenencia, propiedad y uso de la tierra es uno de los temas de la agenda de la discusión política, en nuestro país dicha problemática se mantiene al margen de toda posible consideración?

            Nuestra actual “forma democrática”, emergente de la dictadura oligárquico-militar, y construida a partir de 1983, se ha caracterizado por una creciente distancia entre el grueso del Pueblo y la representación política. En esta perspectiva, creemos que ha pasado el tiempo en el que para calificar como democrático a un régimen bastaba con la regular elección de representantes por sufragio universal. Se hace necesaria una percepción de la democracia marcadamente mas avanzada, exigente y compleja. Un régimen democrático, no es un estado permanente e inmodificable, en el que se satisfacen normas institucionales y procedimientos jurídicos, por justos y necesarios que sean, sino que es un proceso continuo e histórico de democratización, en el transcurso del cual se persigue una versión mas avanzada y más conforme a su imaginario inicial.

            La exclusión social, es decir, en su sentido propio, la denegación de ciudadanía, pone directamente en cuestión la responsabilidad política en lo que  hace a su deber de integración. La recrudescencia de las desigualdades mina las bases sobre las que se apoya el consenso democrático en torno a un progreso que debía beneficiar a todos, pero particularmente a los más desfavorecidos.

            Como en otras grandes coyunturas de la historia, los modelos de sociedad y Estado que en la actualidad van diseñando las fuerzas de orientación popular, parten de valores claramente opuestos a los de aquellos que sustentan los proyectos de alta concentración de las riquezas. Una vez mas se enfrentan en América Latina el individualismo egoísta, a la solidaridad social; el lucro, al bienestar general y la justicia; la competencia, a la cooperación y la participación; los privilegios, a la igualdad; el desprecio y el racismo, al reconocimiento de la dignidad humana a todos los hombres y mujeres que habitan estas tierras; la subordinación neocolonial, a la soberanía y la integración continental autónoma. Dos opciones estratégicas que han de disputar el futuro y responden a esos valores disímiles, a diferentes patrimonios socioculturales, a fuerzas políticas y económicas en pugna. Expresan la contradicción irreductible entre las tradiciones oligárquico-señoriales del orden colonial y sus sucesores, y las aspiraciones de la comunidad humana mayoritaria resultante de esa larga historia de dominio. (3)

            En esta perspectiva ya nadie puede representar a nadie en los actuales marcos institucionales de nuestras formas de Sociedad y Estado, por lo menos en términos duraderos.

            Nadie puede tener la pretensión de representar a cualquier otro, de manera duradera y sobre la mayor parte de los temas que le conciernen. De allí la extraña sensación de ruptura y continuidad. Máxime si con la “representación” inherente a las actuales formas de Sociedad y Estado, compiten otras formas de representación y organización, a las que se supone más próximas y consustanciadas con las necesidades, expectativas, deseos y sueños del individuo: asociaciones, cooperativas, empresas recuperadas, comedores comunitarios, comisiones gremiales internas de base, foros de debate, movimientos sociales, a los que se considera como representativos de la espontaneidad y del verdadero estado de conciencia de los distintos estamentos sociales subalternos asociados y agrupados por una situación, que van conformando un entramado confluyente de un sin fin de organizaciones que se constituyen rescatando y resignificando lo mejor de las tradiciones democráticas participativas del Pueblo argentino.

            En tanto la distribución de las diferentes formas del poder y la riqueza sea desequilibrada y discriminatoria, la concentración y la marginación se dan de manera similar en las esferas económicas, político-institucionales, educativas, comunicacionales y similares. Si participar significa intervenir significativamente en las decisiones del poder; y dado que las fuentes fundamentales y primarias del poder son en general  función directa o indirecta del control y la propiedad de la riqueza y los recursos productivos de un país, una democracia participativa necesariamente conlleva la redefinición de las relaciones económicas, de los regímenes de propiedad y de las vías de acceso al control de la riqueza y los recursos estratégicos. Supone modificar la esencia del funcionamiento de la economía y, por lo tanto, el fundamento último que da sentido a la estructura de las sociedades; ya que la única forma de alcanzar una democratización real es la distribución del poder económico. Esta idea de democracia parte del principio de que el poder no debe concentrarse sino difundirse, ampliando crecientemente la capacidad de decisión y de gestión sobre los diversos recursos. Porque solo cuando los mecanismos de decisión son realmente representativos y las formas de la riqueza se difundan equitativamente en el conjunto social, es posible hablar de participación democrática efectiva; porque existe eficacia en la participación. (4)

            En esta perspectiva es necesario repensar en profundidad desde un fuerte compromiso de espíritu crítico y de transformación los “saberes” que hegemonizaron e institucionalizaron las formas de producir y aplicar el conocimiento durante las últimas décadas, fruto de siglos enteros de embrutecimiento colonial.

            Estamos ante la posibilidad histórica de reencontrarnos con otro paradigma, que nos otorgue la posibilidad de una nueva práctica histórico-político-social, para lo cual viejas coherencias históricas ya no sirven; o lo que es peor han adquirido otra funcionalidad.

            Luego del derrumbe y en medio todavía del devenir y las consecuencias de la catástrofe; se abre un nuevo tiempo histórico, de nuevas pugnas con desarrollos y finales inciertos. En estos tiempos, entonces, no está de más recordar que somos ciudadanos de una Nación que impulsó el desarrollo y la expansión de sus fuerzas productivas a tal punto que mas de la mitad de la riqueza generada fue destinada al bienestar de los trabajadores en una situación de pleno empleo; ciudadanos que aún mantenemos en nuestra memoria genética el haber contado con un sistema educativo nivelador de las desigualdades e impulsor de la equidad social; con una salud pública de vanguardia a nivel mundial. Ciudadanos de una Nación que supo poner a buen resguardo el dominio, la tenencia, la utilización y explotación de sus recursos naturales en beneficio de la Felicidad del Pueblo y la Grandeza de la Nación, con una comunidad científica, técnica y profesional de sobrada capacidad, inventiva y dedicación al trabajo; es decir, hombres y mujeres con la memoria de haber participado en la construcción de una Nación con Dignidad y Justicia Social, memoria que está en nuestros cuerpos y ya es parte constitutiva de una etapa del ciclo de nuestras vidas y por lo tanto patrimonio irrenunciable de nuestra voluntad política de poder.

(1) Los paradigmas son un conjunto de conocimientos y creencias que forman una visión del mundo (cosmovisión), en torno a una teoría hegemónica en determinado periodo histórico.

(2) Sistema Capitalista Mundial y Polo de Poder Latinoamericano. José Luis Pacheco Simanca. Copozulia, 2º Edición, Diciembre de 2004.

(3) Darcy Ribeiro. “O Povo Latino – Americano” en Carta: falas, reflexoes, y memórias Nº2, Brasilia, 1991.

(4) Carlos Delgado. Revolución y Participación. Lima. Ediciones del Centro. Centro de Estudios de Participación Popular. Citado por Alcira Argumedo. Los Silencios y las Voces en América Latina. Ediciones del Pensamiento Nacional. 1º Edición, 5º reimpresión, Buenos Aires, Argentina, Marzo de 2004, página 244.

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