COMENZAR A PENSAR…

Toda industria genera una estética, que se acentúa si es una industria visual. Le es inmanente. Con el desarrollo de la industrialización de la imagen,  debido a la penetración que ha significado Internet y la telefonía celular, estos medios de comunicación han creado una estética que se fragmenta en la masa.
La política, que tiene un componente de teatralidad y actuación a pasado a formar parte de esa industria. Lo perverso radica en que ese sistema, ha sido creado a su vez por el sistema político dominante, el neo liberalismo.

Cada estética tiene su lenguaje y sus complejidades, que terminan componiendo una forma. Ninguna forma es arbitraria porque pertenecen a un sistema objetivamente diseñado.
Como el discurso y la imagen están apuntados hacia la masa y la masa solo es fragmentación, entonces se disuelve en el aire. El aire es el lugar donde las cosas se volatilizan. Hay unas palabras de Marx, que de manera poética enuncian, que todo lo sólido se disuelve en el aire.
La masa en términos políticos es un producto del sistema, amorfo y conformado por realidades que a veces se rozan, pero que en lo conceptual no tienen los mismos intereses.

Hay políticos que conocen la funcionalidad de este sistema de formas, dirigidas a la frugalidad de la muchedumbre. Lo generalizado del discurso que producen, queda comprendido dentro de un marco reivindicativo tan amplio, que al no tener un sustento organizativo real y estructurado, hacen que solo se produzcan resultados electorales, pero no posibilidades de cambio reales y concretas.
Esto sucede porque las construcciones que realizan son con aparatos partidarios, que no van más allá de intereses electorales, porque construir en la masa una conciencia política que la transforme en pueblo, implica un trabajo que un político mediático desestima.

Una razón es, que ese sistema le asegura supervivencia, otra porque puede estar convencido de que esa es una herramienta válida. En ambos casos los resultados nunca pueden ser buenos, porque todo queda en la mezquindad de los cargos logrados y solo practican una política de resolución y no de soluciones. Resolver es momentáneo y a veces, tampoco se resuelve, solucionar es definitivo y es una construcción.

No sirven los discursos reivindicativos de realidades sociales, a las cuales un amplio sector de la población comprendida dentro de los marcos de producción mediática acepta y comparte, si estos no se encuadran en organizaciones partidarias, sindicales y sociales que son las que generan los cambios reales en las sociedades, cuando estas tienen una ideología y una política, con un conductor real.

Sucede también, que por razones generacionales los conductores desaparecen o se cansan y  solo llegan hasta cierto límite con una praxis que también termina en lo burocrático y dónde solo resuelven políticas de superestructuras, desde los cargos que los habilitan. Hay que agregar, que han cumplido un ciclo y es poco y mezquino lo que se puede esperar de esos dirigentes.
Comenzar a plantearse un cambio profundo de esta sociedad, desde lo generacional, es también una respuesta al status quo, en el que la vieja clase política solo produce fenómenos, pero no hechos concretos, que permitan visualizar que desde lo colectivo, se este produciendo historia, es decir enfrentamiento con el sistema.

El neoliberalismo ha construido un concepto de ciudadano totalmente falso, que queda mejor comprendido en un término totalmente utilitarista como es el de consumidores.
De la misma manera que hay consumidores de fantasías, también los hay de política. Entonces, sí queremos instrumentar y generar hechos que sean revolucionarios, no sería hora de comenzar a cuestionar y hacer a un lado a viejos dirigentes de los que poco se puede esperar.
En términos de historicidad cada generación tiene un cometido y una misión, algunas lo cumplen, otras no y algunas llegan hasta donde pueden, por no haber comprendido el momento histórico en el cual debieron moverse.

En el territorio del movimiento popular y revolucionario, estos sucesos generacionales y de agotamiento de sus viejos dirigentes, se visualiza de manera tan concreta, que no tomar el toro por las astas, para usar un término apropiado, es desperdiciar el momento en el que se debe comenzar a actuar.
¿Quién puede perdonarse, el haber tenido la posibilidad de ser un sujeto histórico y solo contentarse con seguir siendo el objeto de una historia que tiene que cambiarse?
La respuesta, como en la canción de Bob Dylan, titubea en el viento.

Eduardo Silveyra.

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