por Justo Javier Correa
10/01/09 eldescamisado.org
Debemos considerar a los pueblos como contemplamos el mar: no en el detalle de
sus olas, sino en el conjunto de su grandeza.
Manuel Ugarte
“El Porvenir de la América Latina”
El cambio de paradigma ético operado en la sociedad argentina a través del terrorismo de estado y el genocidio es un hecho histórico no controvertido aún por los hegemonismos transcurridos en el sistema político argentino en los últimos 25 años. Más bien, la casta política engendrada en una inauténtica democracia de transición ha homologado, administrado eficazmente y luego perfeccionado la nueva plataforma cultural y económica heredada de la última dictadura oligárquico-militar. Con excepción del proclamado retorno a la vigencia de “garantías” y “derechos” individuales retóricamente consagrados en una Constitución Jurídica del Estado de espíritu liberal-decimonónico, y las sucesivas ingenierías normativas desgranadas de la Ley Sáenz Peña de 1912 del sufragio universal, secreto y obligatorio; las premisas sustanciales del nuevo orden han sido respetadas por las distintas formaciones políticas (alfonsinismo, menemismo, Alianza UCR-Frepaso, duhaldismo, kirchnerismo) que han conquistado mediante la competencia electoral del mercadeo político la administración y manejo del Estado en sus distintos niveles y jurisdicciones.
Por lo tanto se impone reconocer no sólo que se ha producido un cambio; sino también discernir qué clase de cambio hemos sufrido como sociedad y como formación nacional. No se trata que en el transcurso de este tiempo histórico la política haya prescindido de un tipo de fundamentación ética; sino más bien que los imperativos de ésta última son decididos en función de las necesidades de permanencia y desarrollo del sistema capitalista, en una nueva etapa de su vigencia, ligada principalmente a la internacionalización del capital financiero y a los cambios que ha significado el desarrollo científico-tecnológico. Estos imperativos éticos constituyen así un rosario de creencias a modo de fundamentación ideológica universal destinada a sostener las relaciones de poder vigentes.
En esta perspectiva la discusión es en principio esencialmente ética, esto es una cuestión prepolítica, definida por la urgente necesidad de erradicar las privaciones y la opresión que invaden la cotidianeidad de lo comunitario; hacia la proclamación de un nuevo orden determinado por la participación libre y la creación de ámbitos de deliberación para una sustancial elevación de la calidad de vida de la inmensa mayoría de la población. Semejante destino resulta impensable sin un amplio clamor popular constituyente que invada el reducido reducto del sistema político argentino para garantizar eficazmente la participación protagónica de las mujeres y los hombres de nuestras comunidades en la toma de decisiones.
¿Qué pasó?
En el centro de esta cuestión están las condiciones estructurales surgidas desde el “rodrigazo” en 1975, y agudizadas durante la dictadura oligárquico-militar y el gobierno alfonsinista, pasando por su punto de máxima con Menem – Duhalde, el autismo de la Alianza UCR-Frepaso, hasta el aggiornameto K. Es este proceso el que determina una fractura en la sociedad argentina, que no puede remediarse mediante pactos, ni por la primacía de un sector popular sobre otro.
Lo esencial de esta fractura no es una cuestión de gradualidad en la pobreza, sino la conformación de dos sociedades diferentes, la de los integrados al sistema, y la de los excluidos del mismo. Estos últimos están conformando una serie de nuevos valores y normas que, todavía, no son entendidos. Esta incomprensión se nota especialmente en los conjuntos integrados por quienes son, supuestamente, decisores políticos, económicos o sindicales (incluyendo a la militancia no institucionalizada), que todavía confían en acuerdos bajo la mesa para contener la explosión en ciernes. El recurrente surgimiento de subformaciones políticas de perfil “progresista” funcionales a los intereses de la clase dominante es un síntoma más que elocuente de ello.
Sin la comprensión de que esta realidad que es cualitativamente diferente a las crisis sociales del pasado, será imposible avanzar en resolver los dramas políticos y sociales de la Argentina de hoy. Y ni que hablar de la elaboración y construcción de una propuesta política superadora.
Excluidos y también pobres
La aplicación de las políticas neoconservadoras generó a nivel mundial una realidad que difícilmente pueda explicarse con las categorías tradicionales de la política o de la economía, concebidas desde los marcos filosóficos de la modernidad.
La primera de esas categorías que cae, es el simple esquema de definición de que los desocupados lo son por la necesidad capitalista de un “ejército industrial de reserva”. Este concepto fue arrasado por las nuevas tecnologías y los sistemas globalizados de producción, que implica resolver la producción mediante contingentes reducidos de trabajadores calificados. En las viejas épocas, ese ejército de mano de obra desocupada permitía a los empresarios regular el salario y el conflicto, aprovechando la competencia entre los mismos trabajadores.
Sin embargo, en muchos países, entre ellos Argentina, la organización sindical y la existencia de un cuerpo de leyes laborales limitaban los abusos patronales. Y, principalmente, la necesidad de mano de obra – excepto en crisis coyunturales – era suficiente como para caracterizar a los desocupados como un fenómeno no estructural.
La aplicación de los programas de ajuste estructural, la globalización – traducida en aumentos de las importaciones, las maquiladoras, los desplazamientos empresarios a los mercados de mano de obra barata, según las circunstancias y el teletrabajo en sectores de servicio – fueron mutuamente complementarias con el desguace de las legislaciones laborales, esmerilando esa instancia protectora del mundo del trabajo a su ínfima expresión. De tal forma se ha conformado una sociedad dual, dos sociedades en dos distintas velocidades. Hoy tenemos una “masa marginal” que no responde a las necesidades de realización del capital productivo y de allí que esta población “sobrante” no pueda ser concebida en términos de “reserva de brazos” según los ciclos de auge y caída del sector productivo, sino que es concebida estructuralmente como prescindente o excedente; su expulsión de la sociedad productiva es funcional en tanto alimenta el aumento de la renta del sector financiero.
En segundo lugar, también entra en crisis la categorización de que la pobreza es el principal problema humano, tanto a escala mundial como nacional. El problema esencial, es la emergencia de una nueva estructura social, de escala global que obviamente se reproduce en nuestro país. Se va consolidando un continuo en el que los polos son, en un extremo, un bloque dominante de nuevo tipo, transnacional, y en el otro extremo, es decir antagónico con el anterior, un conjunto de subconjuntos de población dominada, integrado – en el ámbito mundial – por los excluidos estructurales, que cuantitativamente constituyen más del 60% de la humanidad.
Dicho bloque transnacional dominante, conforma una nueva forma de concentración de la riqueza, basada en una presencia planetaria que disuelve o enmascara las procedencias nacionales de sus personeros. En paralelo, se amplía día a día la masa de quienes languidecen en el límite de la supervivencia.
En Argentina esta nueva realidad se mueve tanto en las periferias, como en los barrios sumergidos dentro de las ciudades, así como en las zonas rurales en las que la renovada concentración de la tierra y una tecnología funcional a ello, sigue desplazando campesinos y pequeños y medianos productores.
El espacio territorial y la dimensión temporal en los cuales se desarrolla concretamente este fenómeno sociopolítico son compartidos cotidianamente por los distintos subconjuntos sociales que configuran a ambas sociedades.
La idea de “los pobres” como opción de cambio y motor de una historia en un “relato histórico” secuencial en el marco de esta sociedad nacional, ha quedado sin sustento: los millones de desplazados del sistema formal de derechos y obligaciones ya saben que no volverán al mismo. Es decir; han comprendido que el “relato” (o por lo menos las persistencias retóricas de recurrir insistentemente a él) no los considera desde el concepto de lo humano. Por lo tanto van creando una nueva cultura, valores diferentes, un sistema propio de ocupación del territorio y tácticas novedosas, tanto de convivencia interna como con la “otra” sociedad.
El problema de esta sociedad distinta, emergente (de estas dos “sociedades”), es que aun no puede reconocerse a si misma como tal; sus reivindicaciones y discursos siguen basados en la demanda a la “otra” sociedad, la formal. Esta, a su vez, lejos de comprender la magnitud de la nueva realidad, se atiene a sus propios códigos de explicación y apenas alcanza a proponer soluciones tibias y “asistencialistas”, en la esperanza de que la contención mediante dosis homeopáticas de “ayuda social” confine a los indeseables lejos de sus reductos de tranquilidad.
En el imaginario colectivo, los excluidos se transforman rápidamente en el enemigo oculto, en el que no trabaja porque no quiere, como hace un tiempo dijo un Ministro del Interior de éste gobierno; o bien en los nuevos amentes (1) incluso susceptibles de diversas técnicas de control, dominación y aniquilamiento, como el “gatillo fácil” o “tolerancia cero” o “mano dura”, el paco, destrucción de la salud pública, expulsión coercitiva de comunidades de su hábitat, desmontes, guetización, etc. De tal forma comienzan a perfilarse ciertos discursos introductorios para someter a las clases excluidas a una especie de no derecho, en donde pueden ser eliminadas, reprimidas o reeducadas fuera y contra de toda garantía jurídica, por simple necesidad de higiene social. El puño de hierro ya no necesita enmascararse con guante de seda.
Esta dosis de confusión es fogoneada por el bloque dominante que, por sí solo, no puede controlar esta masa indigente ni la explosión social en ciernes. Para lograr este objetivo se diseñan y aplican diversas ingenierías sociales, dirigidas a que los otros millones de personas, que aún gozan de distintos grados de inclusión, sean aliados en la preservación de privilegios.
El peligro que la masa excluida parece representar para el sostenimiento de los privilegios, también ha generado un nuevo oficio, el de los especialistas en contención de los “sectores más vulnerables”, que cuentan con la inestimable colaboración de cierta “militancia paraestatal” disfrazada vulgarmente como “movimientos sociales”. Se realizan infinidad de estudios sobre la pobreza, programas para atenderla, seminarios para discutirla, talleres para aceptar la exclusión como una fatalidad histórica; coexisten ministerios, secretarías, subsecretarías, direcciones, contratos y presupuestos abundantes en miles de millones, entrega selectiva de alimentos, empleos basura, microemprendimientos, planes sociales, y hasta pintorescos experimentos como los del “Grameen Bank”(2).
Es el rostro asistencialista de esa vieja utopía neocapitalista de una gestión tecnocrática de la sociedad.
Como ya se ha indicado otras veces el estado de bienestar tiende a ser la organización social para un desarrollo de tipo keynesiano, en el sentido de una tentativa de reducir la conflictividad social a fin de permitir una organización racional del trabajo. Esta finalidad pudo ser alcanzada en el siglo pasado a través de la realización de dos objetivos intermedios: por un lado la reducción de las desigualdades económicas a través de una política de redistribución del rédito y de una ampliación de los servicios sociales; por el otro aislamiento, la guetización de las clases y de los sectores sociales inútiles, en cuanto excluidos de la producción y por lo tanto potenciales generadores de conflictos sociales. Estos dos objetivos son entre sí interdependientes y objetivamente determinados por el nuevo modelo de acumulación. En efecto, si la concentración capitalista de tipo monopolista y oligopolista tiende necesariamente a privilegiar el factor capital sobre el trabajo, indefectiblemente llegaremos a una progresiva restricción del mercado de trabajo. O sea que habrá cada vez más sujetos excluidos del mundo de la producción. Cada vez más marginales.
Se repropone así, una hipótesis de sociedad consensual (3), en la que el acuerdo alcanza ahora a sujetos tradicionalmente excluidos de la gestión del poder, es decir a las clases trabajadoras que, en este proceso de reducción de la fuerza de trabajo, tienden cada vez más a convertirse en aristocracia obrera en la medida en que están cada vez más representadas y garantizadas. Pero al mismo tiempo se crean otros sujetos marginales, los excluidos del proceso productivo, los no garantizados, sujetos sólo a los mecanismos asistenciales y de control. En el sentido preciso en que la asistencia es la forma principal a través de la que se ejercita el control social.
Este proyecto político es alimentado por cierta ideología optimista (que atraviesa transversalmente a todo el sistema político argentino) que cree en la posibilidad de realizar la unión entre racionalidad económica y racionalidad político-social, que considera haber encontrado la fórmula mágica capaz de salvar para siempre la economía de mercado de las crisis cíclicas y el sistema social de las insurrecciones populares eficaces en proponer y accionar transformaciones revolucionarias. De tal forma el estado de bienestar, conformado a través y desde el modelo explicativo estructural-funcionalista, sufre la contradicción de existir para encontrar soluciones dentro del cuadro institucional que es la causa misma del problema.
Surge un desequilibrio dramático producido por la continua reducción de la población activa frente a un universo creciente de excluidos de la producción que tiende a elevar en términos más que proporcionales la demanda de servicios sociales. Se abre así un espiral de incumplimientos cuyo resultado histórico es la puesta en crisis del estado fiscal. Asistimos de este modo a un deterioro progresivo, pero constante, del aparato asistencial, a una disminución proporcional de los niveles de supervivencia de las clases y los sectores excluidos de la producción y por tanto a un frente de nuevas y crecientes formas de conflictividad y de desorden social.(4)
Atento todo lo cual; EL PROBLEMA CENTRAL EN REALIDAD NO ES LA POBREZA, SINO LA RIQUEZA, sostenida mediante las nuevas formas de concentración. Las mismas no sólo producen la exclusión social, sino que necesitan de ella para estrechar día a día los límites distributivos que hacen posible el sistema, con una estructura social basada no tanto en la producción cuanto en el consumo, en la venta, en las técnicas de promoción. Una ideología para la nueva economía fundada en el marketing, donde lo que verdaderamente importa no es el valor o la utilidad de lo que se produce, ni cómo se produce, sino sólo lo que se consigue vender al mejor precio. Vender no importa qué o para qué, pero vender.
El tiempo no para
El proceso que describimos nos lleva a advertir la imposibilidad de enfrentar la crisis de esta sociedad dual como un fenómeno más o menos pasajero, que puede resolverse mediante paliativos, ni mucho menos con esquemas ideológicos elaborados antaño y vulgarmente hoy representados. Pero, principalmente, nos obliga a una intensa actividad crítica, de reversión de políticas y acciones, basados en una retórica que no se corresponde con la realidad que hoy envuelve a millones de personas.
La necesidad de esta revisión crítica involucra a dirigentes sindicales, políticos y también a los militantes del denominado “campo popular”; en todos los casos, los niveles dirigenciales de estos sectores siguen hablando sin ir a fondo en la comprensión de las características estructurales que señalamos. Cual hombres y mujeres encadenados como en “el mito de la caverna”, los operadores de la denominada masa crítica del sistema político creen percibir a través de sus prácticas la realidad, cuando en rigor de verdad sólo captan las sombras de objetos prefabricados.
Hubo una visión sesgada del fenómeno piquetero, en el sentido de suponer que había surgido un protagonismo social novedoso; si analizamos el tipo de movilización que realizaba, los discursos, sus prácticas de presión y negociación; y también la cantidad de participantes que congregaron, necesariamente tenemos que relativizar la acción piquetera; no estuvimos ante un sujeto social nuevo, sino simplemente en presencia de actores políticos que tratan de expresar muy parcialmente a los sumergidos de la “masa marginal”.
El verdadero nuevo sujeto social debiera auscultarse en esa amplia franja variopinta en gradaciones sociales y situacionales, que como citamos, es esa sociedad excluida, esa “otra sociedad” en proceso de construir una cultura y un modelo de acción que todavía no podemos anticipar; en sus intersecciones y vasos comunicantes con los sectores populares de “la sociedad”; para la refundación de una nueva sociedad en los marcos de una nueva república, en la cual el concepto de lo humano organice las prioridades de otro orden ético, social, cultural y productivo.
Ninguna estructura política, ni mucho menos ninguna estructura sindical, hoy posee la potencialidad, la suficiencia, los entramados organizativos, ni los liderazgos para hacerse cargo eficazmente de los nuevos desafíos que plantea esta realidad. Hay una acción vacante, que difícilmente la ocupe una “unidad de unidos” gerenciada por figuras estelares y el voluntarismo elitista de burocracias aparatosas a la espera de “las condiciones”.
Por el contrario esa acción vacante requiere una multifacética y multisectorial confluencia de experiencias ético-sociales para la construcción de una nueva y genuina organización popular y por ende de nuevas estructuras y nuevos liderazgos, requiere retomar la iniciativa desde condiciones inhóspitas para reasumir constituyentemente en la práctica-social las categorías políticas de Pueblo, clases sociales y Nación.
Constituyente y Constitución
En términos generales, cabe afirmar que la meta común cuya búsqueda liga entre sí a los integrantes del “pueblo” es la realización humana, el ser-más de cada uno y a la vez de todos. Un fin que es, pues, “metafísico”, porque atañe al ser del hombre; lo cual no remite a un ámbito abstractamente misterioso, sino a lo que aquí describiremos como la armoniosa conjunción de los siguientes objetivos:
1. La satisfacción de las necesidades humanas más elementales (de alimentación, de vestimenta, vivienda, atención de la salud, etc.);
2. El cumplimiento de un trabajo que permita desplegar al máximo posible las aptitudes creativas personales, o que deteriore lo menos posible tales aptitudes;
3. La disposición de un “tiempo libre” en el cual las aptitudes creativas personales se desarrollen al máximo o se deterioren mínimamente; en lo cual tenemos en cuenta la indicación de H. Marcuse (One-dimensional Man, Londres, 1964, p. 49, n. 38) de que en el s. XX existe en los países industrializados más “tiempo de ocio” (leisure time) que en el s. XIX, pero no más “tiempo libre” (free time), y de que el “tiempo de ocio” es manipulado por los medios de comunicación masiva de un modo que deteriora toda aptitud creativa personal;
4. La organización del país en una nación independiente, en cuyas decisiones la mujer y el hombre participen.(5)
En estos términos la convocatoria de un proceso constituyente implica al mismo tiempo un sustantivo y una acción que como condición de existencia deberá controvertir la denominada constitución real entendida como las estructuras de poder mediante las cuales la clase social dominante ejerce el predominio, el fin que efectivamente persiguen tales estructuras de poder, las maneras de obrar que tienen esas estructuras de poder, y la actividad creadora y distributiva de bienes que también establece y ordena, en lo fundamental, esa clase dominante.
Es en este contexto de constitución real que nace la Constitución jurídica del Estado. Esta constitución jurídica no es mas que un código superlegal, que instituye los órganos de gobierno, regla el procedimiento para designar a los titulares de estos órganos, discierne y coordina la función de los mismos con miras a realizar el fin fijado por la constitución y prescribe los derechos y las obligaciones de los miembros de la comunidad.
Estos tipos o especies de constitución actúan entre sí, precedidas y condicionadas por la llamada constitución primigenia impuesta por las condiciones geográficas del país, por la ubicación del territorio estatal en el planeta, por la idiosincrasia de la población modelada por dichas condiciones geográficas y astrales y en especial por la cultura tradicional. Esta constitución primigenia impone sus leyes con la fuerza incontrastable de los hechos naturales y con una fuerza similar a la de estos eventos cuando se trata de usos y costumbres populares que son de lenta y firme concreción.
En nuestro caso; desde el bando militar oligárquico del 27 de Abril de 1956 que derogara ilegítimamente nuestra Constitución Nacional de 1949 (viciando –como así lo indican los principios rectores de la teoría constitucional- insanablemente de nulidad absoluta las sucesivas modificaciones a la constitución jurídica del estado,incluida la de 1994) hemos venido sufriendo las consecuencias de la imposición de una constitución real que reprime, subvierte e imposibilita el normal desarrollo de las fuerzas éticas, sociales, productivas y culturales contenidas en nuestra constitución primigenia.(6)
Síntomas más que elocuentes de ello en nuestros días es la existencia de un tercio de nuestra población al margen de toda actividad productiva, la desenfrenada depredación y saqueo de nuestros recursos naturales y ecosistemas, la corrupción, el desmanejo y la ineficacia en la función pública, el desguace de la infraestructura productiva y de servicios, la inequitativa y disfuncional distribución de las tierras (lo que determina una pésima y caótica ocupación del espacio territorial),la enorme desproporción en la distribución de las riquezas en beneficio de una elite oligárquica financierizada e improductiva, sólo por mencionar algunos de los rasgos más salientes que pintan el cuadro general de situación en el que nos encontramos.
De tal forma lo constituyente es un proceso social movilizatorio de fuerte contenido ético y una decidida participación popular protagónica, desatado al cuestionamiento del desarrollo de la constitución real (o lo que es lo mismo: un cuestionamiento al poder y al ejercicio del poder de las clases dominantes), trazando otro camino para la modificación de la distribución de poder en Argentina, mediante la elaboración y promulgación de una nueva constitución jurídica del estado que por su imperatividad normativa modifica la realidad social reordenando y redistribuyendo las potencialidades, los activos y los pasivos constitutivos de nuestra constitución primigenia.
Porque es la vida político-social profunda de los pueblos lo que determina una constituyente, y no al revés.(7)
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1.- Una Bula Papal de l453 -por la cual al asumir su mandato Juan Pablo II viajó al África y, luego de besar el suelo, pidió perdón- establecía que los negros africanos carecían de alma. No eran seres humanos y por lo tanto podían ser sometidos a la esclavitud sin ofender a Dios. Hacia l5l8 se inicia la Reforma protestante que, en sus distintas corrientes, cuestionan todos y cada uno de los postulados de la Iglesia Católica; solamente coinciden en que los negros no tienen alma. Esto permitiría a católicos y protestantes dedicarse al tráfico masivo de esclavos; y se calcula que en el transcurso de tres siglos fueron arrancados de sus comunidades más de ochenta millones de hombres y mujeres jóvenes, con el fin de trasladarlos a los territorios conquistados de América: arribaba menos de la mitad debido al maltrato y a las condiciones del viaje. Los pueblos americanos originarios no tuvieron mejor suerte: si bien habían sido considerados seres con alma aunque amentes, faltos de razón, además de aniquilar sus culturas y civilizaciones, las estimaciones indican que en los primeros cien años desde la llegada de los occidentales, murió cerca del 80% de la población a causa de las resistencias, las pestes, las hambrunas, la quiebra de los equilibrios ecológico-sociales o la tristeza ante la destrucción de su mundo. Un genocidio que en África y América afectó a más de l50 millones de personas -jamás igualado en la historia por su dimensión- sobre el cual se construyó, sumado al saqueo de sus riquezas, la grandeza de Europa.
2.- Banco Grameen (pronunciado gramín) es un banco social de microcréditos fundado en Jobra (Bangladesh), en 1976. Además de los créditos, el banco también acepta depósitos y dirige otras compañías textiles, energéticas o telefónicas. En bengalí, gramīn significa ‘de la aldea’ (siendo grama: ‘aldea’). Recibió el Premio Nobel de la Pazz de 2006 junto con su fundador, Muhammad Yunnus.
3.- La hipótesis consensual representa a la sociedad como una estructura relativamente estable, bien integrada y cuyo funcionamiento se funda sobre el consenso de la mayoría en torno a algunos valores generales.
4.- Massimo Pavarini, “Control y Dominación” Teorías criminológicas burguesas y proyecto hegemónico. Ed. Siglo XXI, 1996. 5° Edición.
5.- Conrado Eggers Lan, Jornadas Bolivarianas organizadas por la Universidad Autónoma de México en agosto de 1983, sobre el tema “La filosofía doscientos años después”.Revista Soles, la agenda cultural de Buenos Aires, Nº 77, junio de 2001.
6.- El Decreto, suscripto por Eugenio P. Aramburu, Isaac Rojas, entre otros, dispuso en su artículo 1° “Declarar vigente la Constitución Nacional sancionada en 1853, con las reformas de 1880, 1866,1898 y exclusión de la de 1949, sin perjuicio de los actos y procedimientos que hubiesen quedado definitivamente concluidos con anterioridad al 16 de Septiembre de 1955”.
7.- Arturo Enrique Sampay, “Legitimidad de la Constitución”, en La Constitución Democrática, p. 59. (Estudio inconcluso de Sampay, que fuera publicado póstumamente con el mismo título en Realidad Económica, nº 30, Bs. As., 1978). Arturo Enrique Sampay, Las Constituciones de la Argentina (1810-1972) Recopilación, notas y estudio preliminar de Arturo Enrique Sampay, EUDEBA, Bs. As., 1975, p. 2.
