1982 – LUCHE Y SE VAN – 2012.

A mediado de 1981 la dictadura oligárquico-militar daba muestras inconfundibles de agotamiento en todos los planos. El programa anunciado el 2 de Abril de 1976 por Martinez de Hoz había logrado avanzar en sus primeras fases de desarrollo a pesar de la resistencia de los trabajadores y el activismo clandestino de distintas expresiones de la militancia organizada con acciones armadas y de agitación. En este plano la organización política que logró desplegar sus fuerzas hasta el final de la dictadura y bien entrada la transición democrática fue sin duda alguna las agrupaciones en los frentes de masas referenciados en Montoneros. Hecho que determinó sin dudas que la represión fuera proporcionalmente inversa al empeño puesto por sus fuerzas en el derrocamiento del régimen dictatorial.

En aquel mes de Junio de 1981 nace lo que se denominó la multipartidaria, ideada originariamente por el dirigente radical Ricardo Balbín (aquel mismo que denunciara a las movilizaciones gremiales de mayo y junio de 1975 como la “guerrilla industrial”), quedó conformada por la UCR, el PJ, la Democracia Cristina, el Movimiento de Integración y Desarrollo y el Partido Intransigente, más la adhesión de un puñado de partidos y organizaciones políticas menores. Ya habían transcurrido los peores y más duros años de la dictadura, a pesar del cerco informativo una palabra hasta entonces desconocida para significar un hecho masivo comenzaba a invadir la cotidianeidad de nuestros hogares: “el desaparecido”, que como había dicho Videla desde esa típica cobardía blindada unos años atrás “no está” “no tiene entidad”, “no existe”, “está desaparecido”. Miles de presos políticos, torturados, centros clandestinos de detención ilegal, decenas de miles de exiliados, miles de militantes políticos y sindicales en la dura clandestinidad, terminaban por conformar el escenario de la catástrofe provocada por nuestras clases dominantes con las FF.AA como su brazo armado. Nadie de esa multipartidaria podía ignorar esa realidad que algunos años atrás había señalado Walsh con su magistral pluma en la ya mítica carta dirigida a los militares de la Junta Militar. Todos la conocían y por ende todos con mayor o en menor intensidad le dieron la espalda.

No salía publicado en ningún diario, no se comentaba en los programas periodísticos radiales o televisivos, pero no era secreto para nadie de los que permanecían en los círculos de la militancia política y sindical de aquellos años que el Dr. Raúl Ricardo Alfonsín apostaba a ser una especie de primer ministro de la dictadura, en un plan político de transición que establecía una participación progresiva de los civiles en el gobierno al estilo de lo que venía sucediendo en Brasil. Se pensaba en distintas fases de desarrollo de dicho plan para que en uno o en dos períodos de gobierno, primero a nivel de las intendencias (este plano ya había comenzado, puesto que cientos de Intendentes pertenecientes a la UCR permanecieron en sus puestos durante todo el transcurso del período dictatorial), luego en las gobernaciones y por último en el plano nacional, se fuera conformado una nueva “institucionalidad” que a modo de transición hubiera allanado el camino a los represores hacia sus cuarteles, claro está hasta nuevo aviso.

De tal forma el “progresismo” aparecía en la política argentina como aquel estilo político destinado a aceptar la nueva configuración social, económica y cultural que el genocidio había formateado en la sociedad argentina, ofreciendo un barniz de “tolerancia” y “republicanismo” barato de baja estofa, que quedara patentizado pocos años después discursivamente en esa estúpida repetición discursiva del preámbulo constitucional.

El primer documento de la multipartidaria data del 14 de Julio de 1981, en el cual sus redactores pusieron especial cuidado en manifestar que su convocatoria “…no apunta al pasado. Emerge del presente y tiene la intención de plasmar el porvenir argentino…”; para concluir afirmando que todo ello lo hacen “bajo el lema del Episcopado Argentino: La reconciliación nacional”. Literalmente el documento ni menciona las palabras “desaparecido”, “presos”, “torturados”, “exiliados”, “hambre”, “deuda externa”, “destrucción del aparato productivo”, “fusilamientos”, “asesinatos en masa”. La verdad es que aquella emergente clase política comenzaba su reconstitución bajo los estandartes del olvido, el perdón y la complicidad. Fueron los trabajadores organizados primero en “los 25”, luego en la CGT Brasil encabezada por Saúl Ubaldini, las Madres de Plaza de Mayo y la asombrosamente resurgente y maravillosa Juventud Peronista Regionales, lo que desbarató el infame intento conciliador, provocando el arrinconamiento de la dictadura y sus secuaces bastante tiempo antes del conflicto de Malvinas.

Fue mucho después, incluso luego que la multipartidaria ofreciera su apoyo a la dictadura en el conflicto armado de Malvinas, en el documento elaborado para la movilización del 16 de Diciembre de 1982, que se animan a mencionar sencillamente “el tema desaparecidos” sin exigir aparición con vida y juicio y castigo a los culpables, ni mucho menos imputación de responsabilidad política y penal alguna a los genocidas.

La movilización del 30 de marzo de 1982 fue la mayor expresión de lucha obrera del período dictatorial autoproclamado “proceso de reorganización nacional” perteneciente a la dictadura que gobernara la Argentina entre 1976 y 1983. Convocados por la CGT, bajo la consigna “Paz, pan y trabajo”, cincuenta mil jóvenes y trabajadores coparon la Plaza de Mayo en una verdadera huelga política de masas. Saúl Ubaldini comandó la gigantesca movilización demostrando su valentía y compromiso social.

La jornada anunciaba el colapso de una dictadura agotada en sus contradicciones internas, la crisis económica y la movilización de las masas, motivo por el cual el Ministerio del Interior adujo que la CGT no había solicitado la autorización correspondiente para realizar la marcha y que los actos podían ser utilizados para producir alteraciones a la seguridad y el orden público, a la vez que recordaba que seis dirigentes sindicales, entre ellos Saúl Ubaldini, se encontraban procesados por haber declarado una huelga general el 22 de julio de 1981.

La Plaza de Mayo fue cercada por un dispositivo más fuerte que cualquiera conocido hasta entonces; se cortó el puente Pueyrredón con carros de asalto y un fuerte cordón policial. Se reprimió duramente las concentraciones que se efectuaron en los alrededores de Tribunales y en el puerto; por primera vez, empleados y funcionarios de lazona céntrica de Buenos Aires (“cuellos blancos”) arrojaban desde balcones y ventanas todo tipo de proyectiles contra los elementos de la represión. En esos días se calculó que hubo cerca de tres mil detenidos, aunque nunca se informaron las cifras oficiales. Hubo una movilización en las ciudades de Mendoza, donde la represión culminó con el asesinato de un sindicalista; en Rosario, dos mil trabajadores recorrieron el centro de la ciudad con consignas contra la dictadura; en Mar del Plata y San Miguel de Tucumán detuvieron a doscientas personas por repudiar al gobierno militar; en Córdoba, el Tercer Cuerpo del Ejército patrulló las calles con columnas de hasta siete vehículos militares por temor a la movilización de los trabajadores

Una vez mas los trabajadores argentinos, desde su genética capacidad de resistencia, enfrentándose desde tiempos inmemoriales, en todas las dictaduras y en las democracias con el país oligárquico, puso en juego su capacidad de lucha, poniendo el cuerpo para indicar el rumbo y los objetivos.

Y fue en ese año 1982 que la Juventud Peronista Regionales cobró nuevos bríos, a pesar de la masacre del terrorismo de Estado con miles de nuevos jóvenes que se plegaban a la lucha bajo las consignas de: “RENDICION DE CUENTAS”, “NO A LA CONCERTACION”, “CONTINUISMO OLIGARQUICO O DEMOCRACIA REAL”, “APARICION CON VIDA”, “JUICIO Y CASTIGO A LOS CULPABLES”.

El retorno a la institucionalidad electoral – lo que algunos llaman democracia- fue consecuencia de la empecinada lucha confrontativa sostenida por los trabajadores organizados, las Madres y esas decenas de miles de militantes populares, en su inmensa mayoría jóvenes peronistas revolucionarios que literalmente no dudaron en ofrendar jirones de sus vidas por la libertad y la justicia social. Fue el hostigamiento permanente en todos los planos, con los documentos, las pintadas, los volantes, los fierros, el activismo en las fábricas, en las comisiones gremiales internas, en las facultades, en las escuelas, en los barrios, en los asentamientos del conourbano, en las interferencias televisivas. Fueron miles de empecinados patriotas indignados por la entrega de la Nación y el empobrecimiento del Pueblo lo que generó la retirada de la dictadura y el posterior juzgamiento de los represores y no las agachadas complacientes de una clase política patética, cómplice y corrupta.

Y que se sepa también que los genocidas se retiraron así como llegaron, matando y desapareciendo a los que presentaban pelea; y rosqueando con la clase política cómplice y entreguista. En aquellos tumultuosos días de diciembre de 1982 desaparecieron al último sobreviviente de la masacre de Trelew, René Haidar; el 30 de Abril de 1983 en un operativo militar de dimensiones gigantescas emboscan y asesinan en la Provincia de Córdoba a Raúl Clemente “Roque” Yaguer luego de resistir durante horas a puro coraje desde la vivienda que habitaba; días después, el 14 de Mayo del mismo año, Osvaldo Cambiasso y Eduardo “Carlón” Pereira Rossi son secuestrados y asesinados por un grupo de tareas de las fuerzas operativas de la represión, luego de ser torturados salvajemente. Todos ellos miembros destacados de la organización Montoneros. Ningún político “progresista” se molestó por exigir justicia, ni por repudiar las torturas y los asesinatos; más bien se comenzaba a pergeñar la ya tristemente célebre “teoría de los dos demonios”, responsabilizando a los luchadores por la tragedia y poniéndolos en un mismo pie de igualdad con los genocidas.

Hoy, a 30 años de aquel glorioso 30 de Marzo, quizá los trabajadores debamos comenzar a asumir definitivamente que hoy por hoy y desde hace ya tiempo no existe fuerza política capaz de traducir nuestras necesidades y aspiraciones en políticas de Estado; quizá haya llegado el momento de plantearnos seriamente que algún día no muy lejano un trabajador acceda a conducir los destinos de la Patria desde la Presidencia de la Nación como garantía insustituible para alcanzar los cometidos de nuestra revolución inconclusa de la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política.

Hoy, como hace treinta años, la consigna sigue siendo la misma: LUCHE Y SE VAN.

Consejo de Redaccción.
Revista El Descamisado.

Facebooktwittermail

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *