In memoriam – Guillermo Gallo Mendoza

“El campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa tendrá un lugar en la antología del llanto, pero no en la historia viva de su tierra”.

Rodolfo Walsh, 1968

Falleció Guillermo Gallo Mendoza, a los noventa y seis años, y con su partida empieza la ausencia particular de esos hombres que, cuando mueren, no se van, sino que empiezan a quedarse; en una frase subrayada, en una cifra que otro vuelve a citar, en un pensamiento, en una cita textual, en un fragmento de documento escrito de su puño, en una acción, en un recuerdo que sostiene una esperanza, en una idea que alguien retoma y decide continuar.

La tierra sabe guardar las semillas, y los pueblos saben guardar la memoria. Mientras una sola de esas semillas -una de sus preguntas, uno de sus diagnósticos- siga creciendo hacia la acción política transformadora, Guillermo Gallo Mendoza seguirá andando entre nosotros.

Dedicó su vida, durante más de medio siglo y con la terquedad del que sabe que el saber guardado en un cajón no sirve de nada, a una convicción sencilla y exigente: que el conocimiento solo vale cuando se pone sobre la mesa, se discute y se convierte en herramienta. Una herramienta en manos del pueblo, para transformar la realidad.

Salteño, oriundo de Orán, ingeniero agrónomo egresado de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Tucumán, fue investigador, vicepresidente del Instituto de Economía Energética / Fundación Bariloche entre 1995 y 2000, y consultor en diversos organismos del Sistema de las Naciones Unidas, en especial en la FAO. Allí se desempeñó como director del Proyecto de Planificación Agroindustrial y Capacitación para el Desarrollo Agroindustrial en México y países de la subregión, entre 1981 y marzo de 1984, y pasó luego a dirigir el Proyecto de Planificación Regional, Capacitación y Apoyo al Desarrollo Cooperativo en zonas prioritarias, en Nicaragua. Dirigió además estudios en el Altiplano y los Valles del Perú, en Panamá y en Bolivia, y realizó trabajos en Brasil, Venezuela, Ecuador y Honduras.

Fue profesor en cursos de posgrado: la Carrera de Especialización en Gestión de Riesgos Ambientales (Universidad Nacional del Comahue – Universidad de Poitiers, Francia); el Curso Internacional en Gestión Integrada de los Recursos Hídricos (Secretaría de Ciencia y Técnica – UBA – CETA – IARH); el Curso Latinoamericano de Economía y Política Energética y Ambiental (Instituto de Economía Energética / Fundación Bariloche – Universidad Nacional del Comahue); y fue director de un becario posdoctoral del CONICET en “Indicadores de Desarrollo Sustentable. Análisis de las metodologías de desarrollo sustentable y elaboración de propuesta”, entre otras muchas intervenciones como docente e investigador.

Fue coautor de metodologías hoy de referencia, entre ellas “Energía y métodos de producción agropecuaria”, “Energía y agroindustria”, “Cuentas patrimoniales” y “La Marcha al Campo”. Entre sus investigaciones y estudios se destacan los aspectos metodológicos de la planificación energética rural; la coordinación, en 1995-1996, del Subproyecto Inventario de Gases de Efecto Invernadero (sectores energéticos y no energéticos) para la Primera Comunicación Nacional de la Argentina sobre Cambio Climático; la dirección adjunta de los Estudios Energéticos Integrales de las provincias del NEA -incluidas Entre Ríos y Santa Fe-, de Mendoza y de Buenos Aires; la dirección del estudio “América Latina y el Caribe: situación de la energía y los combustibles de biomasa. Transiciones y proyecciones hasta el año 2010, en el marco del desarrollo sustentable”; y la consultoría en el estudio “Mitigación de los gases de efecto invernadero”, entre abril de 1996 y diciembre de 1997.

Lejos de estancarse en la reedición de viejos repertorios, su trabajo fue ganando un pensamiento joven, de vanguardia, con un rigor intelectual pocas veces visto y una coherencia profesional e ideológica que solo los gigantes como Guillermo pueden sostener a lo largo de una trayectoria tan extensa.

Nos formamos y trabajamos durante décadas con sus textos y sus investigaciones y también con su presencia en plenarios, encuentros nacionales de militancia y reuniones de ámbito político; y por eso esta despedida de su presencia física es también un agradecimiento; porque fue uno de los mejores de los nuestros, y fue, por sobre todo, un compañero más.

Desde su temprana militancia y su integración como asesor en los equipos de intelectuales y profesionales de la “CGT de los Argentinos”; su compromiso con las organizaciones de la Tendencia Revolucionaria del peronismo; su participación en la conformación del Consejo Tecnológico Peronista, presidido por otro grande, Rolando García, de cuyos equipos formó parte y quien acompañó, con rango de Secretario de Estado, en sus funciones de ministro en la provincia de Buenos Aires; sus vínculos con las Ligas Agrarias; los proyectos de política agraria de 1973 como Ministro de Asuntos Agrarios de la provincia de Buenos Aires, durante la gobernación de ese otro gigante que fue el Dr. Oscar Bidegain; y hasta los trabajos que reunió, ya en las últimas décadas, en la Fundación Patagonia Tercer Milenio; una misma convicción atravesó toda su obra; que la Argentina debía volver a mirar su territorio y ponerlo a producir bajo el signo irrenunciable de la Justicia Social. Pasaron gobiernos y pasaron décadas; y “el país cambió de mano pero no alivió sus lutos” como dijo Don Arturo en su poema; y Guillermo siguió pensando, y siguió escribiendo, con la fidelidad de quien pertenece a la estirpe de los que piensan un poco más allá de su propio tiempo.

Su último trayecto militante, luego de su retorno del exilio integró la Corriente Nacional y Popular del peronismo, y en las últimas décadas lo encontró integrando el Movimiento Peronista Auténtico y colaborando en la revista “El Descamisado” en sus ediciones a partir de 2004, desde cuyas páginas ofreció material de formación y de acción política; ideas pensadas y escritas para que otros las recogieran.

Pero hay, en toda su obra, una pieza que merece rescatarse por su alcance y su vigencia. El estudio “Tenencia de la Tierra. Aspectos de la estructura agraria y su incidencia en el desarrollo agropecuario argentino”, que Gallo Mendoza elaboró en 1964 en el seno del Consejo Nacional de Desarrollo y el Consejo Federal de Inversiones. No fue un trabajo más: fue el diagnóstico que el propio Estado se encomendó sobre sí mismo, una auscultación rigurosa -jurídica, histórica, económica y tributaria- de la estructura de la propiedad de la tierra en la Argentina. Y, como toda auscultación honesta, dijo lo que el país prefería no oír: que las medidas de fomento -el crédito, las semillas, la comercialización- no tocaban el problema en su base, porque la base era la distribución de la tierra, y esa no se movía. Puso en cifras del propio Estado la desproporción entre lo que se drenaba de tierra fiscal hacia manos privadas y lo poco que se recolonizaba. Nombró el latifundio. Sesenta años después, el diagnóstico se sigue leyendo como si lo hubieran escrito ayer.

Conviene decirlo con una comparación de la historia argentina escrita en letras mayúsculas, porque ilumina con exactitud el lugar de su trabajo y la mirada de su pensamiento. Así como en 1904 Juan Bialet Massé recorrió el interior por encargo del Estado y escribió su “Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República”, dejando para la posteridad la primera gran auscultación de la condición del trabajo, destinada a fundar una legislación laboral que, como se sabe, tardaría décadas en llegar; Gallo Mendoza fue, en 1964, el Bialet Massé de la estructura agraria. Donde aquel médico catalán había escuchado cómo se trabajaba, este ingeniero argentino leyó cómo se poseía la tierra. Los dos hicieron lo mismo y lo más difícil: obligar al Estado a mirarse en el espejo de su propia desigualdad. Y a los dos les cupo la misma suerte agridulce, la de que su diagnóstico fuera más lúcido y más valiente que la voluntad política que debía continuarlo. Pero los diagnósticos quedaron, y quedaron disponibles, como una herramienta sobre la mesa, a disposición del que quiera usarlos; y todavía están allí, expectantes, como valiosos instrumentos  de una nueva acción política auténticamente transformadora. 

Guillermo fue de aquellos hombres que, desde la definición de su conciencia, “comprendieron y actuaron”, pasando a integrar con su obra, su acción y su testimonio de vida, “la historia viva de su tierra”, como cantera de acciones y decisiones necesarias e impostergables que exigen los desafíos por venir. No deja un pensamiento perecedero; deja un pensamiento inquieto, vivo, convocante, movilizador, de esperanzas inagotables.

Gracias, Guillermo. Por el conocimiento, por el compañerismo, por la honestidad sin mácula, por la generosidad, por tu amor por la Patria Grande -y como acostumbraba decir por nuestra patria chica Argentina-; por cada discusión, cada debate y cada enseñanza; y por haber pensado siempre, con rigor y sin resignación, un país justo desde lo más hondo y elemental que tiene: su tierra, su trabajo y su gente.

Hasta siempre…

Ciudad de Buenos Aires

Rubén Famá, director Revista “El Descamisado”, 2001-2019.

Postada, a quien corresponda:

Su palabra, todavía…

Y para que estas líneas no sean sólo memoria, sino también herramienta -como él quería-, vale devolverle a Guillermo la última palabra. En 2013, bajo el seudónimo de Juan José Castelli, publicó en el número 19 de la revista “El Descamisado” una crítica de la Ley de Tierras Rurales por aquellos días sancionada (Ley N.º 26.737) que hoy, releída, tiene el filo de una advertencia anticipada:

Opinamos que la Ley N.º 26.737 es demasiado imperfecta y da lugar a la consolidación de la violación de la norma de Seguridad dictada por el Gobierno de Farrell-Perón, así como oculta los efectos de la extranjerización de extensas superficies aptas para la producción agrícola (agricultura, ganadería, forestal, pudiendo agregarse la cría de fauna nativa con fines diversos), al restringir severamente las posibilidades de acceso a la tierra, para el aprovechamiento sustentable de los recursos naturales renovables, de generaciones actuales y futuras de argentinos por nacimiento o nacionalización.

También opinamos que la Ley debería haber sido dividida en dos secciones: una, para tratar el caso de aprovechamientos no agrícolas (por ejemplo, minería, exclusivamente turismo) en “tierras rurales” extranjerizadas, localizadas en zonas de seguridad, que deberían ser revertidas al Estado Nacional; otra, para tratar el caso de la extranjerización de “tierras rurales” que se encuentran bajo aprovechamientos agrícolas. En ambos casos, la Ley debería haber establecido que las adquisiciones realizadas con anterioridad a su sanción, en áreas de seguridad y/o estratégicas -sean en zonas de Seguridad o no-, revertirán al Estado, y los adquirentes deberán ser indemnizados por los vendedores que violaron la norma vigente en ese momento. Por consiguiente, debería aclarar, taxativamente, que la Ley afecta derechos legal o ilegítimamente adquiridos en áreas localizadas en zonas de Seguridad, así como en los casos en que se considere debidamente justificado el interés social y los antecedentes históricos de dichos derechos (por ejemplo, ventas irregulares de tierras fiscales, sean nacionales o provinciales).

Aquella crítica -profunda, sustancial y necesaria- señalaba las grietas por donde, tarde o temprano, se colaría el despojo. De haberse escuchado, el reciente embate contra la tierra habría encontrado una barrera inexpugnable. No se la escuchó; pero el diagnóstico sigue ahí, disponible, como todo lo que Guillermo dejó: intacto, esperando manos que lo usen.

Que este texto sirva, entonces, a las actuales autoridades partidarias, a los dirigentes y a toda la militancia del campo del pueblo. Que el pensamiento de Guillermo Gallo Mendoza vuelva a invadir las discusiones por venir y sea, una vez más, guía de una nueva acción política transformadora. Retomar el camino abandonado, recuperar esas insignes políticas de Estado que jamás debieron abandonarse, es la mejor forma de seguir andando con él.

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