Por Mauro Federico.
Miércoles, 30 de Junio de 2009
“Ponele una ficha al Turco, que es un hombre del Gordo”, comentaba un dirigente oficialista desde el búnker del Frente para la Victoria durante la fría madrugada del lunes, mientras se aguardaba que Néstor Kirchner reconociera públicamente su derrota en las elecciones legislativas del pasado domingo y ya todos daban por descartado que Graciela Ocaña abandonaría el gabinete nacional.
El Turco no es otro que Juan Manzur, vicegobernador de Tucumán y ex ministro de Salud de su provincia. Y el Gordo es Ginés González García, actual embajador argentino en Chile y responsable de la cartera sanitaria durante el primer gobierno kirchnerista.
Horas más tarde, Manzur –un joven sanitarista de 40 años formado en el instituto universitario de González García (Isalud)– era designado reemplazante de la desgastada Ocaña, quien renunció luego de soportar el ninguneo de la propia Presidenta y los cuestionamientos por el manejo de la gestión durante las epidemias de dengue y gripe A.
Manzur no llegó al Ministerio de Salud por generación espontánea. Fue González García quien habría sugerido su nombre para ocupar el cargo vacante, luego de haber sido tentado para retornar al histórico edificio de la avenida 9 de Julio.
Es un secreto a voces que Ginés nunca vio con buenos ojos la gestión de su sucesora, con quien mantenía una disputa por el manejo de los fondos de las obras sociales.
La designación de Manzur representa un claro guiño para los Gordos de la CGT, que se cansaron de desfilar por las oficinas de Puerto Madero reclamándole a Kirchner que removiera a la ministra del Gabinete de su esposa porque había osado meterse con la “caja” sindical y pidiéndole el retorno de Ginés. “La Hormiguita nunca entendió cómo funciona este negocio, además entre Gordos se entienden”, confió la misma fuente del oficialismo.
No es la primera vez que Manzur recibe la bendición de su mentor para asumir la función pública. En 2002, llegó a ser secretario de Salud de La Matanza gracias a la recomendación de González García.
Cuando Ricardo Alperovich fue electo gobernador de Tucumán, lo “repatrió” para sumarlo a su gabinete provincial. Allí esgrimió como un logro de sus cuatro años de gestión (2003-2007) la reducción de los índices de mortalidad infantil de manera drástica: del 25 por mil al 12,9 por mil. Tamaña “proeza sanitaria” –que le mereció los elogios de su maestro y lo catapultó a la vicegobernación de su provincia– fue empañada por una investigación de Crítica de la Argentina basada en las denuncias del diputado provincial y hoy flamante senador electo José Cano, que demostró cómo se manipularon las cifras de mortalidad infantil en Tucumán. “El procedimiento es simple y sólo depende del trazo de una birome: hay cientos de bebés con peso inferior a los 500 gramos que habiendo nacido vivos son registrados como defunciones fetales o egresos por abortos y por tanto no forman parte de la estadística”, publicaba este diario el 9 de junio de 2008.
El hombre elegido por el gobierno nacional para timonear una de las peores crisis sanitarias de la historia argentina deberá demostrar mucho más que habilidad para manipular estadísticas si quiere emerger airoso de este nuevo compromiso político sanitario que está a punto de asumir.
© Crìtica de la Argentina – Edición Domingo 20 de julio de 2009
