1983 – 2010

Primero fue “Ahora, Alfonsín” y que con “la democracia se come, se cura y se educa”; después vino “Síganme, nos los voy a defraudar”, “la revolución productiva” y “el salariazo”; después “Somos más” o el inefable “Y dicen que soy aburrido”. En 2003 la consigna de “época” fue el eco del “que se vayan todos” y no precisamente pensada en los laboratorios de los consultores de imagen. Del 2007, apenas podemos recordar el eco de ese extraño mensaje que acompañaba la candidatura de Cristina Fernández y Julio Cleto Cobos que enigmáticamente anunciaba “El cambio recién comienza” o ese otro de “Cristina, Cobos y vos”.

Las consecuencias sociales, económicas, políticas y culturales de esta saga de “transición democrática” han sido realmente catastróficas. Si bien se recuperaron –y con serias deficiencias- ciertas garantías y libertades individuales en el marco del “estado de derecho”, la matriz socioeconómica impuesta por la dictadura oligárquico-militar quedó prácticamente intacta. Ese núcleo duro no ha sido doblegado, es más; ni siquiera fue cuestionado en su sustancia. Las implicancias prácticas de ello son elocuentes. Millones de excluidos condenados a una existencia semibestial, la infraestructura básica productiva y de servicios públicos en poder de grupos económicos monopólicos, nuestros territorios saqueados por pandillas pseudo empresarias asociadas con la burocracia política, la destrucción de nuestros ecosistemas, un endeudamiento externo fraudulento, ilegítimo e impagable, nuestra economía nacional sustentada en un mercantilismo primario, escenarios de violencia social de una crueldad inaudita; son algunos de los trazos gruesos que definen la realidad de nuestro país.

En efecto, hoy la realidad de los indicadores de situación nos ponen frente a un escenario significativamente diferente a los escenarios de décadas anteriores, ya que las consecuencias de los modelos socioeconómicos aplicados en el País en las últimas décadas avanzaron progresivamente en el deterioro del escenario social, económico, político y cultural de la Nación, hasta situarnos hoy en el marco de lo que podríamos denominar como una situación de catástrofe generalizada, de serias implicancias negativas casi en todos los órdenes.

En esta perspectiva, hoy nos invitan a creer que a partir del 25 de Mayo de 2003 hemos iniciado un proceso de reconstrucción nacional y de recuperación de dignidades perdidas. Que se han generado hitos de crecimiento y expansión económica inauditos en nuestros 200 años de historia y que hemos retornado al modelo de la justicia social. Según esta visión se ha producido un quiebre irreversible a partir de 2003 y de lo que se trata ahora es sólo “profundizar el modelo” para lo cual supuestamente tenemos tiempo hasta el 2020 y quizá más también. Desde esta visión “algunos” dicen que a partir del 2012 empezará a “derramar” la verdadera justicia social.

Sucede sin embargo que la tendencia de la catástrofe continúa, fruto de la consolidación de una matriz socioeconómica productiva perversa que arrolladoramente concentra poder y riquezas en poquísimas manos; y desolación, miserias e incertidumbres en gigantescas mayorías populares. A pesar de los encendidos discursos oficialistas –vanamente retrucados por discursos opositores cómplices- la realidad indica que todavía seguimos tributando a un altísimo costo social una deuda externa ilegítima y fraudulenta; conservamos un sistema impositivo bochornoso, un sistema financiero pensado y aplicado por Martinez de Hoz, un sistema educativo y de salud fragmentado e ineficiente pensado y aplicado por Cavallo, con nuestros recursos naturales renovables y no renovables –fundamentalmente la tierra- sometidos a un saqueo pocas veces visto en nuestra historia.

En fin; los indicadores de la realidad indican que el proceso de devastación nacional y social no se ha detenido y que más bien ha encontrado un nuevo momento político para su relegitimación política y perfeccionamiento técnico. Si ayer fue el uno a uno, hoy es el cuatro a uno. Ayer fue la venta a precio vil de las empresas públicas y el endeudamiento externo, hoy es el monocultivo de la soja, la concentración de recursos naturales en pocas manos, y el llamado des-endeudamiento. El denominador común fue el aumento de la desigualdad social, manteniéndose la misma estructura socio-económica.

En esta nueva etapa la clase dominante ha recuperado ganancias a costa de los trabajadores y la inmensa mayoría popular; han cambiado los instrumentos, la retórica y las hegemonías, pero los dueños del poder económico mantienen sus privilegios a buen resguardo hacia el largo plazo.

La forma actual de hacer política no ha variado sustancialmente respecto a los anteriores gobiernos: acumulación ilimitada de poder personal, compartido sólo con un reducido y obediente círculo áulico; ningún fomento a la organización popular del Movimiento; negación tanto a la discusión programática –“vamos bien sin saber adónde”- como a la agitación política y, por supuesto, abundante turismo clientelar masivo; con destellos de movilizaciones fuertemente controladas ¿Será la única forma posible de hacer política en la Argentina de hoy ? En todo caso, una de las diferencias más notorias entre otros tiempos y el actual radica en la base social de apoyo: una alianza de sectores populares, con los mas concentrados y oligárquicos, (conservadurismo popular) antes; y manifiesto predominio de la clase mediera (progresismo “frepasista”) ahora.

En esta perspectiva creemos que no se trata de pensar todo lo político a partir del falso esquema de “oficialistas y opositores”. Más bien esas son cuestiones de las rencillas internas de este sistema político grotescamente elitista e ilegítimo en el cual se nos pretende relegar al rol de simples espectadores de un escenario mediático lejano y confuso. Por el contrario se trata de la vida cotidiana de los millones que conformamos las distintas comunidades que poblamos este extenso y generoso territorio nacional. Allí convivimos trabajadores ocupados, subocupados, desocupados, estudiantes, jubilados, técnicos, profesionales, artistas, intelectuales, emprendedores, comerciantes, etc., desde distintas situaciones y escalas sociales; frente a un sistema político degradado en prácticas obscenas y putrefacto de ilegitimidad en el que se define todos los días acerca de nuestra calidad de vida y nuestro futuro.

Ya han pasado casi 30 años y nada ni nadie ha podido siquiera escribir el título de una posible interpretación que cierre con un imaginario social consensuado y discutido a la vez; es decir el qué y el para qué de una discusión política nacional acerca de las causas profundas de esta catástrofe inducida durante la última dictadura oligárquico-militar o bien quizá desde la desaparición física del General Juan D. Perón. La dirigencia no ha hecho más que generar momentos políticos episódicos desbordantes de propuestas pretendidamente superadoras, pero que en definitiva terminaron estrellándose a caballo de sus propias limitaciones, ignorancias, transfugadas y traiciones.

Desde esta mediocridad manifiesta se nos quiere hacer creer que hasta acá podemos llegar, que de esto se trata aquello de la “justicia social”, que lo que falta vendrá para el 2020, que en lo inmediato toda esperanza de una existencia mejor debe limitarse a estas “migajas superiores” las que obedientemente debemos aceptar como beneficios de “metas abstractas de la economía”. Como contrapartida también habrá que aceptar que esa minoría triunfante y genocida “que traba el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación” mantenga a buen resguardo sus intereses mal habidos, sus negocios turbios y una bochornosa apropiación de excedentes. En definitiva; nos invitan a que creamos que nuestros territorios, sus condiciones geográficas, sus recursos humanos, su infraestructura y oportunidades son ineficaces e insuficientes para proveer de bienestar y calidad de vida digna a todos los habitantes de esta Nación, consiguientemente debemos aceptar que algunos millones nada tienen que hacer acá y que literalmente habrá que asistirlos –algo así como una especie de eutanasia de masas- en la planificación de una miseria genocida, mientras otros tantos millones deberán conformarse con una existencia triste e indeseada. En síntesis un país con una Nación empequeñecida para no más de veinte tantos millones de habitantes, con minorías refulgentes, gozosas y enardecidas de privilegios concupiscentes. Los demás sencillamente sobran.

Con lo cual, en esta nueva fase inaugurada el 25 de Mayo de 2003 no hay nada sustancialmente nuevo debajo del sol. Lo novedoso y grotesco a la su vez de estos días es pretender revestir esta propuesta con discursos postizos usurpados de pasadas gestas de lucha y resistencia que se opusieron a esta pequeña Nación que ahora se nos ofrece. Son realmente patéticos los intentos por referenciar el actual proceso iniciado en 2002/2003 con algo siquiera parecido a un proceso de reconstrucción nacional y reparación social mientras que luego de casi siete años de gobierno no menos de 8 millones de niños y adolescentes padecen hambre y abandono, casi 15 millones de habitantes sufren pobreza y la remuneración jubilatoria mínima que perciben el 70 % de los beneficiarios apenas superan los $ 1000. En fin; una dialéctica engañadora binaria que no hace más que bastardear el pasado, ridiculizar el presente y confundir el futuro.

Esta retórica impostada es vulgarmente complementada con la total falta de escrúpulos al momento de la práctica concreta, a partir de lo cual la representación política institucional y el ejercicio de la función pública en sus lugares determinantes han sido copadas por un puñado de burócratas, zánganos y comerciantes, que aparte de su voyeurismo antitético han puesto de manifiesto hasta el hartazgo su ineptitud e ineficacia para revertir la tendencia de la catástrofe señalada, pero que a su vez han sido muy funcionales para mantener en plenitud la microfísica de este sistema perverso de reparto de oportunidades y riquezas o lo que es lo mismo la sustentabilidad de este valle de calamidades. En definitiva, la cosa pública está en manos de los peores, de aquellos -como decía Perón- que tienen el cerebro marchito y el corazón intimidado.

Nos contestarán que podemos estar peor; le contestaremos que la resignación no hace historia. Nos dirán que si fracasa “esto” se “viene la derecha”; les diremos que la derecha también está en el gobierno y por sobre todo en muchas de las actuales políticas implementadas. Nos reprocharán que le hacemos el juego al “enemigo”; les reprocharemos que por “migajas” han acordado con él. Del otro lado “opositor” nos contestarán que no se puede estar peor; les diremos que sí es posible y por sobre todo probable, nos dirán que si continúa “esto” el futuro será peor; les diremos que son cómplices de “esto” y que son lo “peor”.

Lo viejo sigue muriendo y lo nuevo sigue naciendo; mientras esto transcurra florecerán síntomas mórbidos por todos lados. Vivimos en una etapa en que ningún hecho por sí mismo es capaz de cambiar la complejidad que la caracteriza. Pero un sinnúmero de acciones sumadas y en lo posible coordinadas, pueden resultar en cambios significativos. El clima político vuelve a embargarse de cierta volatilidad en una sucesión de episodios efímeros en donde lo electoral se vuelve una rutina tan tediosa como ineficaz. El tremendismo, el inmediatismo, la impaciencia y la búsqueda de espectacularidad en los resultados políticos, conspiran contra la voluntad de mantener encendida la llama de un proyecto transformador y revolucionario.

En esta perspectiva, entendemos que la generación de espacios y alternativas de poder locales, en los niveles municipales y provinciales es el camino para reconstruir un entramado social y político eficaz; de forma tal de ir conformando una sólida articulación de poderes locales alentados en los marcos de una alternativa latente de poder nacional. También se trata de recuperar el factor tiempo para la construcción política pensando hacia el mediano y largo plazo; sin supeditarla al próximo episodio electoral, como tampoco a la eterna resistencia.

No sirve de nada que cada uno salga disparando hacia donde mejor le parezca para buscar “un lugar bajo el sol”. No alcanza si los esfuerzos de los militantes se agotan en conseguir una banca más en el congreso o puestos administrativos en el Poder Ejecutivo. Los cargos, concebidos como espacios de poder, sólo nos servirán si logramos que respondan a una política, a un proyecto. Los triunfos aislados y los logros individuales no nos servirán de nada.

Los personalismos, las prácticas facciosas, la política entendida como una actividad sólo para “elegidos” deben abandonarse. Con “figuras”, “caja” y “algo de televisión”, seguramente no revertiremos este estado de catástrofe. Se debe demostrar desde el seno del pueblo la voluntad y el compromiso de implementar un programa de transformación destinado a abandonar definitivamente este presente y este amenazante porvenir de catástrofe, y en consecuencia se necesita esa poderosa herramienta que se llama organización.

Debemos rechazar las políticas que nos dividen y que alimentan el sectarismo potenciando nuestras pequeñas contradicciones. Debemos propiciar fórmulas de resolución de disputas, que favorezcan lo más posible la unidad de la militancia.

Cualquier organización política que nos propongamos debe ser la sumatoria de organizaciones pequeñas. No cabe ni sirve la gran organización ni las figuras rutilantes que terminan siendo cooptadas o avasalladas por el poder. Los acuerdos deben ser sobre ejes comunes y un programa que se irá elaborando en detalle democráticamente. Pero sobre ejes comunes, generales y que nos permitan empezar a diferenciarnos de las alternativas conocidas hasta construir nuestro propio perfil político nacionalista, popular, latinoamericanista, democrático y transformador.

El otrora sueño industrialista argentino lo terminó matando la dictadura oligárquico-militar con Martinez de Hoz y Videla a la cabeza. Aquella “sociedad del empate” fue desmantelada por completo con su tejido social incluido. El arrollador cambio tecnológico terminó por reconfigurar por completo la discusión política nacional. Desde esta perspectiva cabe pensar que tenemos extensas áreas rurales aptas para la producción agropecuaria y agroindustrial diversificada, pero cada vez más deshabitadas y monoproductoras. El cultivo de soja transgénica y otros cultivos cuyas respectivas producciones tienen como principal destino el mercado externo, desplazó y continúa cambiando el uso de los suelos en extensas superficies otrora dedicadas a la producción agrícola-ganadera, cuyo destino principal era el mercado interno. No se revertirá este estado de catástrofe si estas condiciones de explotación y aprovechamiento de recursos naturales no son revertidos en el marco de un nuevo Proyecto Nacional de Desarrollo Sustentable cuyo eje principal en lo inmediato deberá estar centrado en la inmediata erradicación del hambre y la desnutrición en toda la población. El rol principal del Estado deberá ser el de “ciudadanizar” a todos sus habitantes, haciendo realidad efectiva los derechos y garantías planteados ya en inmemoriales derechos de gentes. Dicho Proyecto Nacional debiera estar centrado en la definición de un nuevo perfil productivo nacional pensado y planificado hacia el largo plazo, poniendo especial énfasis en la urgente necesidad de integrar a la totalidad de la población en el ciclo productivo.

La generación del 80 en el siglo XIX planificó un país para 4 millones de habitantes. Hoy somos casi cuarenta y las cosas no han cambiado sustancialmente desde aquél.

Es necesario dimensionar y asumir la terrible extensión e intensidad de la catástrofe, para desde allí comenzar a articular una estrategia de poder, una propuesta política y los planes de acción que resulten necesarios, en los cuales habrá que prestar especial atención a lo local y comunitario como principal ámbito de activismo y militancia política. De poco servirá poner todos los esfuerzos en un “partido nacional” si el mismo no es más que el reflejo de acuerdos superestructurales enmarcados en el reñidero del actual sistema político, por más discurso bonito que exista de por medio.

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