Los progres y los idiotas orgánicos en tiempos del kirchnerismo

Punteo para una caracterización

Por Denni Fernández

Está muy instalada la idea de que a partir del 2003, con la inauguración de una nueva etapa en la vida política del país, también nació una nueva forma de militancia, cuyo singular discurso y práctica contribuyen a alimentar en el imaginario del mundo de la militancia del campo popular la construcción de un sujeto-personaje político al cual se denomina peyorativamente “progre”.

La particularidad del progre es su razón basada en el sentido común y la emocionalidad. Un sentido común reproductor de propaganda de un desarrollismo explicito que, para justificar ideológicamente y relativizar una política de dependencia, banaliza una militancia y un pensamiento que preexiste, los trasciende y no comprenden. Esta militancia tiene afincada la idea de que aquellas experiencias a las que hacen alusión y de las que se creen los herederos legítimos de hoy son una especie de umbral inalcanzable e irrepetible, salvo desde el folclore y la reivindicación retórica, cuando, en rigor, fueron hechos históricos. Es decir, producto de la voluntad humana.

Curiosa contradicción, siendo que la mayoría de estos esclarecidos patriotas, militantes y pensadores nacionales que dicen reivindicar, supieron en su tiempo (y gozan de plena vigencia) cumplir la función dentro del movimiento de contribuir a definir teóricamente al enemigo externo y a sus aliados internos, y, además, caracterizarlos. Sólo bastaba con una simple abstracción en el ejercicio del debate y en el pensar estratégicamente la política y el país para que el pueblo pudiera reconocerlos en su funcionamiento y desarrollar las herramientas para combatirlos, como bien lo sintetizaba Don Arturo Jauretche cuando se refería, por ejemplo, a la obra de Scalabrini Ortìz que, según decía, contribuyó a: “[…] sacarnos del antiimperialismo abstracto para enseñarnos el antiimperialismo concreto”. El nos mostró cómo es que funciona esa opresión y cómo debíamos enfrentarla.

Pero en realidad esta ética progre ya estaba instalada en una franja de la sociedad desde mucho antes del 2003 (tiene sus orígenes incluso antes que el progresismo surgido en la década del 90), como una expresión de desencanto, resignación y quiebre ideológico e histórico, por un lado, y como encarnación de la voluntad de una ciudadanía políticamente independiente con una tibia rebeldía reformista que expresaba disconformidad y hartazgo con una lucha política e histórica que nunca asumieron, por el otro. Pero es lo que conocemos como kirchnerismo lo que le da sentido y la resignifica, conteniéndola junto a otras corrientes en su seno. Y es el kirchnerismo quien los pone bajo el paraguas de otros sujetos e instituciones que, ostentando diferentes grados de poder, utilizan y manipulan a este sector vía la impostura, la profanación de identidades históricas, la utilización del dolor y una espuria “peronización”, abonando al desvirtuar del pensamiento auténticamente nacional y popular que, dicho sea de paso, poco tiene que ver con esta moda cautiva de los intérpretes oficiales de los institutos revisionistas de moda, donde reciclan la historia y la someten al refrito forzado de interpretaciones contaminadas de una mezcla de folclore, posmodernismo, épica y liberalismo “nacional”.

Todo esto es síntoma de una decadencia cultural imperante que se refleja en cierta liviandad en el pensamiento de la época -del que no estamos exentos- y que opera en todos los niveles de análisis políticos, económicos, académicos, sociales, etc. Ya no sólo no alcanza con traducir características y categorías para dar cuenta de los intereses antinacionales, sino que tampoco parecen bastarnos las referencias directas de los responsables con nombre y apellido y de los efectos concretos inmediatos en la cotidianeidad (pobreza, inflación, desocupación, precarización laboral, despojo y contaminación, etc.), para reacionar que estamos entre los países más saqueados del planeta, y así poder ponernos de acuerdo dejando las mezquindades de lado para unirnos por el destino común de la patria y no solo detrás de un frente electoral. Es decir: leer la misma partitura, tocar una misma música, aunque toquemos distintos instrumentos.

Dentro de la actual fase del proceso histórico nacional venimos tratando de caracterizar a los enemigos del pueblo. A los capitales trasnacionales que muchas veces aparentan amigables y solidarios, y que nuestros gobernantes defienden y pretenden hacernos creer que son nuestros aliados para el desarrollo, favorables para nuestra economía y para el incremento del PBI (esencia del desarrollismo), y a sus “sirvientes oligárquicos” que ya no es la solo la otrora oligarquía local terrateniente, sino también la de un sector industrial moderno, la regenteadora de servicios del Estado, la inmobiliaria, la financiera, y además un nuevo emergente: el que se profesionaliza en la administración del Estado. Este sector tiene, al menos, el poder de condicionarles la supremacía en la hegemonía y disputarles la comisión a esa oligarquía, jugando a favor de uno u otro bloque según el ciclo económico y siempre subordinados a las exigencias del poder económico mundial que determina cuál debe ser el perfil del modelo productivo de nuestro país, con la trampa de lo de las “ventajas comparativas”, lo que nos coloca en una posición de dependencia y desigualdad en el intercambio (aunque históricamente siempre quisieron hacernos creer que es el revés). Hablamos de los gerentes locales del capital: La clase política.

En el funcionamiento del sistema de poder y sus relaciones, algunos actores, por su posición e implicancia, son más visibles e importantes y más factibles de ser analizados, pero no por ello hay que descuidar los aspectos secundarios y a otros actores que hacen posible el funcionamiento del todo como tal. Ya nos hemos referido a la clase política en artículos anteriores. Ahora trataremos de puntear, en un trazo grueso, a un sujeto que en base a la existencia de ciertas características comunes, que en el andar cotidiano muchas veces pasamos por alto por no ser entidades específicas inmediatamente visibles, sino a través de la observación de sus prácticas. Aquí le llamaremos “los idiotas orgánicos”.

Gramsci se refería a los intelectuales orgánicos como aquellos que representan cabalmente los intereses de una clase, y que establecían el vínculo orgánico entre estructura y superestructura, asegurando el ejercicio de la hegemonía de una clase dominante. Aquí podemos establecer un paralelo como en toda formación social, pero dada nuestra historia y cultura política, lo que nos interesa es partir de esta categoría para hacer un juego analógico de palabras y contrastarlo con las características de los idiotas orgánicos locales.
Dijimos que el kirchnerismo puso a sectores progres bajo el paraguas de sujetos e instituciones a quienes, a la vez de contenerlos como base social, los utilizan para sus propósitos personales de acumulación de poder y/o prestigio. Son muchos de éstos sujetos y organizaciones a los que definimos como idiotas orgánico y que tienen diferentes roles y estatus (escribas, artistas, dirigentes sociales, caudillos), mientras que a otros progres les fue asignado directamente el papel de idiotas orgánicos.

Hay personas físicas e instituciones (organismos estatales y paraestatales, fundaciones, organizaciones sociales, etc.); muchos de los cuales para legitimarse necesitan por algún lado o bien llenar el vacío del sujeto desposeído, o bien pretenderse voceros de los sectores populares.

El idiota orgánico es mucho más hábil y poderoso que el clásico puntero, al que suele subordinar bajo su estructura jerárquica. Se podría decir que es su evolución posmenemista en un plano superior: es que muchos idiotas orgánicos fueron dirigentes menemistas, restaurados y puestos en valor con el progresismo. Otros, en cambio, encontraron por primera vez su lugarcito bajo el sol con una fama efímera y relativa, y un rédito económico como escuderos del modelo, para lo que cuentan con canales de salida del poderoso aparato comunicacional del gobierno, mientras denuncian monopolios mediáticos en una dirección interesada y acotada a sus propios intereses.

El idiota orgánico es un gran tiempista político, algunos ya desde los tiempos del FREPASO. Su lealtad siempre está reducida a la caja estatal, con lo cual para poder sobrevivir y adaptarse a los cambios de hegemonía, siempre salda las deudas de su pasado con la entrega vehemente a una nueva causa, insinuaciones que estamos empezando a observar en los movimientos políticos después de las PASO.

El idiota orgánico siempre encuentra una justificación “coherente” para resguardar sus negocios, y cuando esto no ocurre, de repente se acuerda de ser revolucionario de nuevo, pero en las redes sociales.

Muchos idiotas orgánicos gozan licencia vitalicia en sus cargos primigenios y rasos en el Estado para dedicarse a una tarea política que consideran de mayor aspiración dentro del sistema: la de edecanes del poder. La mayoría tiene historias épicas que le cuentan a sus subalternos y que nadie puede contrastar: El abuelo del idiota orgánico vino en barco con los primeros anarquistas, estuvo en la Plaza de Mayo del 17 de octubre, su padre fue protagonista de la primera resistencia peronista, ellos estuvieron en la vuelta de Perón, combatieron a la dictadura del 76, caminaron la primera ronda con las Madres, apoyaron a Alfonsín primero, combatieron a Alfonsín después, enfrentaron al menemismo, estuvieron en el estallido del 2001 tirando piedras y luchando…

Y hablando del 2001/02 -y ya fuera de toda ironía- alguno de estos personajes, un idiota orgánico otrora piquetero, hasta fue capaz de negociar la “paz social” con Duhalde a cambio del manejo de planes, por no decir directamente que negoció la sangre de Maxi y Darío.
El idiota orgánico es un proxeneta de la militancia, que se apoya principalmente en sectores juveniles que poco conocen o se niegan a aceptar el oscuro pasado de su referente. Con ellos arma su PyMe y los usa para posicionarse y poder entrar en la conversación del poder en mejores condiciones. Se sustenta en el manejo turbio de cooperativas y programas sociales, y con esto ejerce una extorsión de doble vía: hacia el Gobierno para avanzar en espacios de poder en lo personal, y hacia los miembros de su propia organización de cuya acumulación y disciplina depende su negocio. Al decir de Don Arturo, a este sujeto le cabría el “Organicémonos y vayan”.

Los idiotas orgánicos se creen menos oligarcas por atacar a otros oligarcas, y en su cruzada meten en la bolsa a todo aquel militante genuino y crítico que exprese una amenaza a sus negocios, tildándolo del mal usado “traidor a la patria”. Porque, para él, la patria es su bolsillo, o su cuenta bancaria.

Muchos idiotas orgánicos juegan con el discurso nacionalista y setentista y se apropian de esa porción de la historia para pasar factura a viejos enemigos (algunos reales, otros de su calaña) o exsocios en los negocios, como si la historia fuese una señora que anda por ahí depositando responsabilidades según sus propios intereses.

El idiota orgánico es un apéndice de la clase política, pero no le da el estatus ni la imagen para ocupar ese lugar de privilegio, salvo en algunos cargos menores. Es un medio pelo estatal o paraestatal. Es que el idiota orgánico es orgánico en tanto se mueve en los márgenes estipulados, y establece sus vínculos con el Estado desde allí. Es aparentemente tendencial aliado de los sectores populares y del poder político al mismo tiempo. Algunos hasta se creen ellos mismos una organización libre del pueblo. Y es idiota, en tanto que es un imbécil que no es más que un bufón del poder de turno, bien pago, pero un bufón al fin, que no hace más que embarrar la cancha y contribuir a desviar los ejes de discusión que la militancia y los sectores populares deben darse para la construcción de un nuevo proyecto nacional. El idiota orgánico invisibiliza con su prosa a los verdaderos enemigos del pueblo, y dirige su ataque sólo contra un sector de la oligarquía, como una cortina de humo.

Hace del antiimperialismo abstracto su bandera, mientras es funcional al imperialismo concreto.

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