APORTES PARA UNA “PERSPECTIVA HUMANISTA” EN LOS CONFLICTOS INTERPERSONALES (*)

 

Introducción

En este documento trataremos de esbozar ciertos puntos que sirvan como referencia para contribuir al debate sobre la llamada cuestión de género. Intentaremos sustentar los puntos principalmente en evidencia científica, es decir sobre evidencia producida por las ciencias sociales.

Primero se analizarán las diferentes propuestas para nombrar al sistema que organiza las identidades de género. Luego propondremos tres puntos los cuales son capitales a la hora de debatir sobre lo que se denomina género. Finalmente se esbozará una propuesta al final del documento.

En todo el texto se evitará caer en una posición reduccionista: no se analizarán los problemas expuestos según una sola dimensión (la perspectiva de género) excluyendo otras dimensiones (como la social, económica, etc.).

 

El sistema de género

Literalmente, el término patriarcado significa el gobierno de los padres. Ideológicamente, este concepto se refiere a una organización social donde se beneficia sistemáticamente al hombre y se oprime sistemáticamente a la mujer por su condición de género. También implica la existencia de una dominación masculina sobre el género femenino. Es así como todo hombre formaría parte de una clase dominante cuyos privilegios se obtienen a costa de la clase dominada compuesta por la totalidad de las mujeres.

También en algunos círculos se habla del heteropatriarcado, es decir sobre un sistema de dominación cuya clase dominante estaría compuesta por hombres heterosexuales y cuya clase subordinada estaría compuesta por mujeres, hombres homosexuales y personas que no se identifican con los géneros tradicionales. En el caso de ser una mujer homosexual, se estaría sufriendo una doble opresión: la heterosexual y la masculina.

Una tercera forma de concebir al sistema de género implica una posición heterodoxa. El término sistema de género tradicional da cuenta de una matriz cultural que organiza las identidades de género según mandatos, roles y tipos ideales a seguir. En otras palabras, como cualquier otro hecho social (Durkheim, 1975), el sistema de género tradicional socializa a las personas de una determinada manera. A diferencia de los términos anteriores, este concepto no contempla la existencia de una clase subordinada y otra dominante, sino que hace referencia a una matriz cultural que determina los roles y mandatos de las personas según su género.

Esta concepción elimina la idea estructural de una sociedad dividida en grupos dominante/dominado según los géneros de los sujetos, pero sin por eso desechar la cuestión de género, es decir, sin por eso desdeñar los problemas que sufren las mujeres por ser mujeres, ni los hombres por ser hombres.

A grandes rasgos, se puede decir que el sistema de género tradicional forma al hombre como protector y proveedor de la familia, mientras que forma a la mujer como administradora del hogar y responsable de la crianza de los hijos. Los perjuicios comienzan cuando el sujeto quiere moverse de ese rol asignado o cuando ese rol asignado implica desventajas.

El marco teórico heterodoxo puede ser polémico porque se puede creer que los problemas (propiamente) masculinos no existan y que la intencionalidad de este marco teórico sea invisibilizar los problemas femeninos. Antes que nada, ni este marco teórico, ni este documento intentan invisibilizar los problemas femeninos, por el contrario, los contempla, pero también contempla los problemas masculinos. Con respecto a la creencia sobre la inexistencia de los problemas masculinos, quizá este malentendido parta de la invisibilización que estos problemas han tenido hasta el día de hoy. Para un repaso a grandes rasgos sobre la problemática de género que pesa sobre el género masculino, se invita al lector a ver el documental “La Pildora Roja” (The Red Pill) de la directora CassieJaye. No está de más aclarar que CassieJaye comenzó su investigación como militante e intelectual feminista. O también se recomienda leer el artículo de Roxana Kreimer (Clarín, 2017) donde se explica resumidamente la problemática masculina sin contraponerla a la problemática femenina.

 

Definiendo los tipos de violencia

La violencia interpersonal

La violencia interpersonal trasciende a la violencia de género. La violencia en este sentido es definida como “las acciones de personas contra otras personas que, de manera intencional, amenazan, intentan infligir o infligen daño físico” (Auyero y Berti, 2013: 149). Según el estudio realizado por Auyero y Berti (2013), la violencia interpersonal en América Latina ha aumentado considerablemente a través de los años. Para hacer referencia al caso nacional, se cita al Observatorio de la Deuda Social Argentina (2011) y se señala que “en el caso de la Argentina, y de la zona metropolitana de Buenos Aires en particular, el aumento de la violencia social y criminal es también evidente”. También se citan datos oficiales (DNPC, 2008) para señalar que entre los años 1995 y 2008 la tasa de criminalidad se duplicó: se pasó de 1.146 a 2.010 hechos delictivos cada 100.000 habitantes, y los delitos contra personas se (casi) cuadriplicaron: se pasó de 157 a 536 crímenes contra las personas cada 100.000 habitantes (Auyero y Berti, 2013: 54). Otro dato que utilizan para confirmar este incremento de violencia interpersonal en el área metropolitana de Buenos Aires es un relevamiento periodístico en hospitales de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense. En este relevamiento se confirma que, entre los años 2006 y 2012, hubo un aumento del 100% de víctimas de violencia interpersonal atendidas en el sector de emergencias.

El estudio realizado por Auyero y Berti (2013) reflexiona y desentraña la naturaleza de la violencia interpersonal que está viviendo la sociedad argentina. En este estudio se habla de una violencia interpersonal que se aprende socialmente, de generación en generación, y que se concatena y se derrama. En palabras de los autores: “sea como un mecanismo para afrontar el estrés, sea como un método para resolver conflictos -o como ambos-, la violencia se aprende, directa o indirectamente” (Auyero y Berti, 2013: 151). Con respecto a los conceptos de concatenación y de derrame de la violencia, éstos hacen referencia al encadenamiento y a la difusión que tienen los diferentes tipos de violencia como eventos interconectados. A diferencia del resto de las ciencias sociales, donde se estudian los distintos tipos de violencia como “fenómenos apartados y analíticamente distintos”, estos autores intentan conectar las diversas formas de violencia (pública, doméstica, sexual, colectiva, criminal, etc.) en un tiempo y un espacio reales. En este sentido, el hogar y la calle, el espacio doméstico y el público se conectan. El estudio también cita dos sentidos de la violencia: como represalia y como medio de respeto. El primer sentido hace referencia a la reciprocidad específica, es decir al ojo por ojo (“yo te pego un tiro porque vos me pegaste”), y el segundo sentido hace referencia a la necesidad de “hacerse respetar” en condiciones de inseguridad política y social. Por último, el estudio hace referencia a un Estado dual cuya presencia es intermitente, selectiva y contradictoria. Esto quiere decir que el Estado no siempre está presente para desarticular la violencia, sólo está para algunos casos y a veces la propicia en vez de frenarla. Sin embargo, los autores se refieren al Estado argentino en lo concreto y no a la idea de Estado utilizada por NorbertElias (1994). Este último autor hace hincapié en el concepto de proceso civilizatorio, donde el Estado es el encargado de sustraer la violencia de la vida social y la reubicación de ésta bajo su control, en otras palabras, el Estado regula normativamente el espacio y así lo pacifica socialmente. Es decir, los autores confrontan un tipo ideal de Estado, en donde éste es el encargado de regular el conflicto y así desarticular la violencia, con el Estado argentino actual, o mejor dicho con los representantes de las fuerzas de seguridad del Estado, quienes propician en la reproducción de la violencia con su comportamiento contradictorio, intermitente y selectivo.

En síntesis, el estudio de Auyero y Berti (2013) sugiere que los diferentes tipos de violencias están interconectados, o en palabras de los autores: concatenados. De esta conclusión se puede desprender que, en un espacio geográfico determinado, el nivel de violencia de género se ve afectado por el nivel general de violencia interpersonal.

Gonzalo Garcés (2015) sugiere esto cuando indica que “en las estadísticas comparadas de la última década, cuando el crimen en general aumenta, las agresiones a mujeres aumentan en forma proporcional, y cuando el crimen en general disminuye, en la misma proporción lo hace el crimen contra mujeres”. Sin embargo, el autor no cita una fuente clara para estos datos. En el mismo párrafo cita al portal Datosmacros.com para fundamentar otro argumento similar. Aun si suponemos que utilizó esta misma fuente para demostrar una relación directamente proporcional entre el crimen general y las agresiones hacia las mujeres, los datos necesarios para aseverar dicha relación no están presentes en este portal. Lo único que encontramos fue una tabla de homicidios intencionados desglosado por año, donde solo en dos años (2010 y 2015) se muestra los porcentajes comparados entre víctimas masculinas y femeninas (Datosmacro.com, 2015).
La definición de violencia de género

Si utilizamos el marco teórico ortodoxo (el patriarcado) la violencia de género hace referencia a la violencia contra la mujer ya que la colectividad femenina está oprimida por la colectividad masculina. Si en cambio utilizamos el marco teórico heterodoxo (el sistema de género tradicional) podemos observar que la violencia de género hace referencia a la violencia contra la mujer o al hombre por encarnar su rol de género o por intentar no encarnarlo.

Por ejemplo, si la mujer es golpeada por un hombre que piensa que todas las mujeres deben ser castigadas porque se lo merecen por ser mujeres, es decir, porque se les atribuye una naturaleza determinada que ellas encarnan (lo que propiamente podemos llamar misoginia: la aversión contra la mujer) entonces se habla de violencia de género. Si el hombre en cambio la golpea porque la mujer no lo esperó con la cena servida, o no fregó bien el baño ese día, es decir, porque no encarnó debidamente el rol que se le asigna tradicionalmente a la mujer, entonces también se habla de violencia de género.

Sucede algo similar con la violencia que puede ejercer una mujer contra un hombre, aunque este caso está menos estudiado y menos visibilizado. Usualmente la violencia de género hacia el hombre se sustenta en la encarnación de la figura masculina.

A continuación, esbozaremos los diferentes modos en los cuales la encarnación de la figura masculina puede sustentar y legitimar la violencia hacia el hombre. Este análisis está basado en testimonios provistos por hombres en charlas informales, obtenidos fuera de un marco académico, como también por casos de público conocimiento. Aún así, este esbozo puede servir como puntapié para seguir desarrollando una tipología más sólida.

La violencia hacia un hombre puede sustentarse en tiempo y espacio porque:

(1) El mandato masculino contempla tolerar la recepción de violencia: la violencia hacia el sujeto masculino es mucho más tolerada y legitimada en la sociedad. En la sección “La violencia interpersonal en términos cuantitativos” se profundizará sobre este aspecto.

(2) Se supone que no es tan grave si un hombre es agredido físicamente por una mujer. Esta idea generalizada le quita importancia a este tipo de agresión física. Esta idea puede desalentar al hombre a buscar ayuda o peor aún, si esta idea se interioriza, puede llevarlo a tolerar y hasta legitimar este tipo de violencia. Un argumento que suele quitarle importancia a este tipo de agresión se basa en los diferentes promedios de masa corporal que tienen los hombres y las mujeres. Este argumento pasa por alto varios hechos. Primero, una mujer puede utilizar un elemento externo (contundente, punzante, inflamable o directamente un arma de fuego) para agredir al hombre. Segundo, se pasa por alto el elemento simbólico que una agresión de este tipo implica, en otras palabras, la agresión se puede cometer en una relación de dominación donde el hombre decida no defenderse (por sometimiento o por miedo a tener que entrar en un forcejeo físico para defenderse y lastimar a la agresora). Tercero, la masa corporal de una mujer, aun siendo menor a la de un hombre, puede seguir siendo suficiente para generar heridas físicas (además de psicológicas y simbólicas) en el hombre, especialmente si este no se defiende.

(3) Como se escribió en el punto anterior, un hombre puede renunciar a su defensa por miedo a entrar en un forcejeo físico que pueda lastimar a la agresora. Más allá de la interiorización moral que esta norma(1)puede encontraren el hombre, la mujer puede amenazar con denunciar al hombre si este se le opone. En concordancia con esto, los roles de género le darán la razón a su testimonio, porque existe la idea sexista de que, en la agresión,el hombre siempre es el elemento activo (golpeador) y la mujer el elemento pasivo (golpeada).

(4)Si el hombre, aun así,logra sortear estos obstáculos, puede evitar buscar ayuda (ya sea recurriendo a sus afectos, a las instituciones que prestan asistencia psicológica o a la policía) porque le puede resultar humillante. Esta humillación puede, en gran parte, provenir de su estigma de hombre golpeado ya que esto implica una desviación con respecto a su mandato de género.

(5) Aun si sortease todos estos obstáculos, el hombre golpeado pueda ser ignorado o insultado por las instituciones que podrían poner fin al flagelo. Por ejemplo, Alfredo Turcuman2 fue llamado “maricón” cuando se presentó en la comisaría para denunciar a su esposa. Luego de este hecho, Turcuman fue asesinado por su pareja.También suelesuceder con sectores delfeminismo ortodoxosque ve en esta denuncia un intento patriarcal y androcéntrico de correr la mirada sobre las víctimas femeninas y por eso no se solidariza con este tipo de víctimas. Esta idea puede estar presente en ONGs o instituciones estatales que trabajen contra la violencia de género, dejando un vacío asistencial para este tipo de víctimas.

(6) Por último, no existen políticas públicas que contemplen este problema. Por ende, el hombre golpeado no tiene refugio o línea telefónica a la cual acudir, ni a una comisaría donde se lo tome en serio.

En síntesis, se puede hablar de diferentes niveles que sustentan la violencia que puede ir dirigida a sujetos que encarnan la figura cultural de hombre: (1) interiorización del mandato masculino (2) incomunicación por falta de apoyo social (3) asignación de un rol de género rígido (4) institucional.

Antes de concluir, quisiéramos remarcar nuevamente el estado preliminar de estatipología como también alentar el desarrollo de la investigación académica, tanto cuantitativa como cualitativa, sobre este tema.

 

La violencia en términos cuantitativos

La violencia interpersonal en términos cuantitativos

La violencia interpersonal con resultados mortales es abrumadoramente ejercida por el hombre. En términos concretos, aproximadamente el 95% de los homicidios son cometidos por hombres (UNODC, 2014, p.1). Algunos autores relacionan las altas tasas de violencia interpersonal con el nivel de testosterona en el hombre (Dabbs et al., 1987), pero también con el nivel de testosterona en la mujer (Dabbs et al., 1988). Si consideramos que el nivel de testosterona (en promedio) es mayor en el hombre que en la mujer, entonces podríamos encontrar una explicación al fenómeno anteriormente mencionado.

Sin embargo, la gran cantidad de víctimas mortales de la violencia interpersonal son también hombres. Por ejemplo, a nivel global y para el año 2016, el 80% (n=381.829 mil) de las víctimas mortales de violencia interpersonal fueron masculinas y el 20% (n=95.069 mil) fueron femeninas (Organización Mundial de la Salud). En Argentina, para el año 2016, el 85% (n=1816) de las víctimas mortales de la violencia interpersonal fueron masculinas y 15% (n=312) fueron femeninas (Ministerio de Salud y Desarrollo Social).

Que los hombres sean las principales víctimas mortales de la violencia interpersonal, a simple vista, no parece tener relación con la cuestión de género. Pero cabría preguntarse si el sistema de género tradicional no está jugando algún papel en este mecanismo. La antropóloga Marta Lamas, uno de los emblemas del feminismo mexicano, hace referencia a este mecanismo cultural cuando dice que:

Estamos inmersos en una cultura que dice que no hay que golpear a una mujer ni con el pétalo de una rosa. Entonces si alguien mata a una mujer es noticia y escándalo. La violencia contra hombres está más naturalizada y no escandaliza como la ejercida de hombres contra las mujeres o mujeres contra mujeres (Excelsior, 17/03/2017).

En ese sentido, se podría decir que el hombre es un blanco legítimo de violencia, donde la violencia hacia el sujeto masculino es mucho más tolerada y legitimada ideológicamente, lo que permitiría esta disparidad estadística entre sexos. Este fenómeno también puede ser encontrado en los ejércitos (donde tradicionalmente el soldado fue hombre y actualmente la mayoría es masculina)3, en las víctimas civiles de guerras (por ejemplo, las víctimas civiles de Siria son 71% masculinas)4, en la forma en que se cuentan las bajas (contando las bajas de niños y mujeres, invisibilizando las bajas masculinas)5, el mandato ideológico que relega al hombre a ser el último en salvarse (“los niños y las mujeres primero”), en el secuestro de niños y niñas de BokoHaram (en donde los niños secuestrados fueron quemados vivos mientras que las niñas fueron liberadas como consecuenciade las campañas realizadas en Estados Unidos y del tradicionalismo religioso del grupo terrorista que se negaba a herir mujeres)6, entre otros casos.

 

La violencia de género en términos cuantitativos

En Argentina, el principal organismo que mide los femicidios, y el más renombrado en los medios de comunicación es el Observatorio de Femicidios “Adriana Marisel Zambrano”, dirigido por la Asociación Civil La Casa del Encuentro. Este organismo define al femicidio como: “El asesinato cometido por un hombre hacia una mujer a quien considera de su propiedad” (La Casa del Encuentro). Desde el año 2008, La Casa del Encuentro se encarga de relevar los casos de femicidio en Argentina y realizar informes “basándose en los datos que emitían los principales medios de prensa nacionales y provinciales” (Observatorio de Femicidios en Argentina “Adriana Marisel Zambrano”, 2013). Bajo este marco teórico, los hombres asesinados  junto a las mujeres asesinadas son catalogados como “femicidios vinculantes”7.

El problema general de la metodología utilizada por este organismo es la falta de conexión empírica entre lo que se usa como evidencia (notas de los medios de prensa nacionales y provinciales) y lo que se quiere probar (que los asesinatos son cometidos por hombres hacia mujeres a quieneslas consideran su propiedad). En otras palabras, no hay ninguna relación causal comprobable entre las notas de prensa y la teoría. A menos que la intención del organismo no sea científica (es decir, no se quiera probar causalidad) sino más bien ilustrar con hechos una teoría. Pero si esta fuese la intención del organismo, no tendría sentido probar su punto con la recolección de datos, ya que, siguiendo esta lógica, los datos son los que se acomodan a la teoría y no es la teoría la que surge de los datos. El problema principal reside en la inexactitud que trae la evidencia. No son entrevistas a femicidas, tampoco peritajes o dictámenes judiciales, sino que son notas de los medios de prensa. En otras palabras, son interpretaciones (a veces muy superficiales y llenas de suposiciones) que periodistas y noteros hacen sobre crímenes. A partir de estas notas, La Casa del Encuentrointerpreta a priori una intención (que el hombre asesinó a su mujer porque la consideraba su propiedad). Nuevamente, se acomodan los hechos a la teoría y no la teoría a los hechos. Por último, otro problema de esta metodología reside en la falta de un grupo de control. Si se quiere probar que algo les sucede sólo a las mujeres (por ser mujeres) se tiene que probar que a los hombres no le sucede esto, o, mejor dicho, se tiene que analizar que sucede con los hombres para poder determinar las diferencias, si es que las hay, entre ambos grupos.

Además, La Casa del Encuentro comete ciertas irregularidades, por ejemplo, incluir casos en donde sólo se informa que el cuerpo de una mujer apareció en un río8. Tampoco los periodistas son peritos, por ende, las notas de prensa carecen de rigurosidad.

Sintetizando, lo que La Casa del Encuentro parece hacer es reconstruir una parte de la cantidad de muertes por violencia interpersonal con víctimas femeninas (los casos en donde el hombreasesina a una mujer) a partir de notas periodísticas. Por ejemplo, para el año 2016, La Casa del Encuentro estima que hubo 290femicidios (2018), mientras que el Ministerio de Salud y Desarrollo Social, estima que las víctimas mortales de la violencia interpersonal de sexo femenino fueron 312. En otras palabras, la cantidad de femicidios se aproxima a la cantidad de muertes por agresionescon víctimas femeninas. La diferencia entre ambas tasas se puede deber a: (1) un error de la estimación del Ministerio de Salud, (2) la falta de cobertura mediática a 22 homicidios faltantes, (3) homicidios donde víctimas y victimarias fueran mujeres, (4) homicidios que las autoras no consideren femicidios. De todas formas, la tasa de femicidio equivaldría al 92,95% de la tasa de homicidio con víctimas femeninas. En la Tabla 1 se pueden encontrar los datos contrastados para el período 2008-2017.

En conclusión, este organismo reconstruye un recorte de las muertes por violencia interpersonal con víctimas femeninas a partir de notas de prensa y le da una interpretación a priori (a partir de la teoría que proponen utilizar las autoras) en vez de utilizar los datos para verificar su teoría.

 

 

Para probar el punto que un hombre mata a una mujer porque la considera de su propiedad, se podría combinar entrevistas en profundidad a femicidas y testigos del crimen (metodología que no asegura representatividad ya que es cualitativa) con un muestreo representativo de crímenes entre parejas (heterosexuales y homosexuales) y sujetos con lazos familiares. Reduzco el objeto de análisis a parejas y a familiares, porque es ahí donde se podría suponer un sentimiento de posesión entre dos personas (punto que también se tendría que comprobar empíricamente). Es decir, dentro de este marco, se tendría que hacer un muestreo de asesinatos cometidos por hombre a mujer, mujer a hombre, hombre a hombre y mujer a mujer. En el resultado de ese análisis, tendría que haber una diferencia significativa entre los grupos estudiados.

 

Según el libro de AlvarezDeca (2014), el único estudio disponible (hasta el 2014) sobre la violencia física en la pareja con grupos masculinos y femeninos ha sido realizado por Myriam I. Munné (2002). Esta autora investiga la relación entre la agresión física en la pareja heterosexual y el consumo de alcohol en la provincia y ciudad de Buenos Aires. Se realizó una muestra representativa por medio de entrevista personales a 1.000 entrevistas en mujeres (n=598) y hombres (n=402) de entre 18 y 65 años de edad. La muestra se seleccionó en la ciudad y la provincia de Buenos Aires, “una región que en conjunto representa alrededor de 50% de la población argentina” (p.43). A los encuestados se les preguntó si en los últimos dos años habían sido participe, ya sea como víctima o victimario, en por lo menos un acto de violencia con su pareja.

Los resultados son sorprendentes para la autora, ya que “más hombres (14,5%) que mujeres (9,4%) informaron ser víctimas de agresión física por parte de su pareja (p < 0,05)” (p.44). De los involucrados en la cuestión: (1) “47,6% de los hombres y 36,7% de las mujeres informaron haber sido sólo víctimas”, (2) “7,9% de los hombres y 29,1% de las mujeres notificaron haber sido sólo agresores” y (3) “44,4% de los hombres y 34,2% de las mujeres notificaron agresión tanto por parte de su pareja como hacia su pareja” (p.45).

A la hora de concluir su trabajo, la autora parece tener un sesgo ideológico ya que intenta encajar los resultados con su marco teórico. Primero indica que la tasa de agresión femenina es menor a la esperada y supone que esto sucedió porque “las mujeres pueden tener temor de notificar la agresión física” y aclara “aun cuando se aseguró la privacidad y la confidencialidad durante las entrevistas” (p.54). Pasa por alto la posibilidad de que el hombre también tenga temor de notificar la agresión física, o aúnmás, que tenga vergüenza en notificar esta agresión por la estigmatización que conlleva. Su segundo paso es argumentar que la víctima femenina sufre una violencia física más severa que el hombre. La autora también indica que, aunque las víctimas masculinas sean mayores a las víctimas femeninas, “la agresión en la pareja sigue siendo una problemática de género, dado que las mujeres la sufren con mayor severidad” (p.54). Lo que la autora llama “problemática de género” no está definida por proporción cuantitativa, sino por el concepto de severidad. El concepto de “severidad” está formada por tres variables: (1) el tipo de agresión física; (2) la autopercepción de severidad por parte de las víctimas; y (3) las probabilidades de requerir atención médica. En la primera variable, la autora considera que la categoría “palizas” es el único tipo de agresión que puede catalogarse como severo. Así indica que el 10,7% de las víctimas femeninas habían sufrido ataques severos (palizas) mientras que ninguna de las víctimas masculinas reportó haber recibido este tipo de agresión. Sin embargo, si acercamos la lupa a esta variable, podemos observar que su categorización es engorrosa. Las categorías son: (a) empujones, (b) tirones, (c) objetos arrojados, (d) bofetadas, (e) puñetazos, (f) palizas, (g) otras formas. Es esta última categoría que parece sesgar el análisis, ya que “son ejemplos de la categoría otras formas de agresión física los codazos, arañazos, intentos de asfixiar, mordiscos, fracturas óseas, patadas, golpes y ataques con un arma” (p. 32). Lamentablemente, la autora no especifica los porcentajes por cada tipo de agresión, lo que impide que se analice con precisión cómo se manifiestan los diferentes tipos de agresión en cada género. Sin embargo, se puede visibilizar en un gráfico (Figura 4, p. 48) que los hombres reportaron con mayor frecuencia haber sufrido “otras formas” de violencia.  Como se dijo antes, esto incluye agresiones con diversos niveles de severidad que van desde mordiscos y arañazos, hasta intentos de asfixias, fracturas óseas y ataques con armas. El problema reside en generar una categoría heterogénea si con ella se quiere medir severidad. Por eso cabe preguntarse: ¿cuántos “agresiones con armas” forman parte de este tipo de agresión? ¿Cuán grave son los “golpes” que se codificaron en esta categoría y por qué no se codificaron estos golpes en la categoría de “puñetazos” o “bofetadas”? Se puede intuir que las agresiones codificadas bajo esta forma no fueron graves, porque ningún hombre reportó haber sido hospitalizado. Sin embargo, el hecho de que los hombres no hayan buscado asistencia médica, no es evidencia suficiente para declarar que los hombres no sufrieron agresiones severas, especialmente cuando su “mandato de género” consiste en ser fuerte y esto puede conllevar desestimar los daños y riesgos que se sufre en la vida cotidiana. Lo mismo se puede reflexionar cuando se toman en cuenta “la autopercepción de severidad por parte de las víctimas”, una medida subjetiva como esta es sensible a los mandatos de género y por ende carece de objetividad.

Concluyendo, el trabajo de Munne (2002) incluye a las víctimas masculinas pero sus conclusiones parecen estar sesgadas por sus preconceptos teóricos. Como se mencionó antes, la autora sostiene que la violencia en la pareja sigue siendo una “problemática de género” (haciendo referencia a las víctimas femeninas), cuando los resultados demuestran que las víctimas (exclusivas) son mayormente masculinas. Esta maniobra argumentativa está posibilitada por la inclusión de la variable “severidad” en el análisis, variable cuya operacionalización parece estar sesgada. Sin embargo, aun si fuese válida, atribuirle a la variable “severidad” la quintaesencia de la “violencia de género” significa minimizar la violencia que sufre el resto de los encuestadas: si sólo el 10,7% de las mujeres sufrió violencia de género porque sufrió palizas, entonces de esto se desprende que el 89,3% de las mujeres, aquellas que no sufrieron palizas, no sufrieron violencia de género ya que no sufrieron un tipo “severo” de agresión.

 

 

Otro trabajo que incluye al género masculino en su análisis es el artículo académico deArbach, Nguyen-Vo y Bobbio (2015). En este se analiza la tasa de violencia física en la pareja con una muestra de 963 jóvenes universitarios. La muestra está compuesta por hombres y mujeres, mayores de 18 años, matriculados en una universidad pública de la Ciudad de Córdoba (la población del estudio es de 107.364 alumnos). En este trabajo se concluye que el 34% de las mujeres entrevistadas y el 22% de los hombres entrevistados reportaron haber perpetrado violencia física contra su pareja en el último año. Por otro lado, el 27.2% de las mujeres entrevistadas y el 29.5% de los hombres entrevistados reportaron haber sufrido violencia física contra su pareja en el último año. Mientras en la primera relación se menciona que la diferencia es significativa (x2=12.12, p < .001) en la segunda relación esta se diluye (x2= 0.47 p = .495). En cuanto a la gravedad de las conductas, las mujeres “ejercieron más violencia física leve (…) y grave, aunque en esta última modalidad no hubo diferencias entre los sexos” (p.41) (ver tabla 2). En relación a las lesiones producidas y sufridas, no hubo una diferencia significativa entre los dos géneros. Aún si consideramos la gravedad de las lesiones ejercidas y producidas, tampoco podemos encontrar diferencias significativas entre los hombres y mujeres entrevistadas (ver tabla 3). Por último, el trabajo indica que “el 52% de las relaciones donde se produjo una situación de violencia física esta fue bidireccional, en el 33% restante solo la mujer manifestó violencia física y en el 15% solo el hombre la manifestó” (p.42). En terminos de gravedad de la violencia, los resultados son similares para ambos géneros. La mayoría de la violencia grave fueron reportados, por ambos géneros, en los casos de violencia bidireccional. Sin embargo, cuando la violencia es unilateral la respuesta depende del género del entrevistados: los hombres reportan más violencia de parte de las mujeres y las mujeres reportan más violencia de parte de los hombres. En la figura 1 se puede ver resumido estos datos.

 

 

En síntesis, Arbach et al. (2015), usando una muestra (accidental) de jovenes universitarios,nos muestran que gran parte de la violencia es bidireccional. En línea con lo esbozado anteriormente en este documento, se comenta que “algunos (autores) consideran que, por características propias del género, las mujeres tienden a revelar más tasas de violencia y los hombres menos porque ocultan o minimizan estas conductas” (p.44). Sin embargo, vale aclarar que esta muestra es de tipo accidental (no-probabilística) y no es representativa al conjunto de la población. Aun así, este estudio nos da resultados orientativos y comprueba que el hombre también puede sufrir violencia en la pareja ya sea de tipo leve o grave.

 

Conclusión

Para resolver un problema de forma efectiva se necesita un diagnóstico correcto. En este caso, el diagnóstico correcto se consigue a través del perfeccionamiento de los métodos.  La propuesta metodológica aquí propuesta consiste en la combinación de entrevistas en profundidad (hombres victimarios, mujeres victimarias, hombres víctimas, mujeres víctimas) con un estudio cuantitativo que investigue la violencia de género pero que incluya tanto a los hombres como a las mujeres como víctimas y victimarios. Las entrevistas a profundidad tendrían el fin de explorar las posibles relaciones entre el sistema de género tradicional y la violencia interpersonal, mientras que el estudio cuantitativo tendría la finalidad de medir la representatividad de cada caso.

Sin embargo, los problemas sociales a veces no pueden esperar la realización de estudios académicos, más cuando hay un segmento de la población en riesgo de muerte. Políticamente, se podría ir promoviendo la apertura de casas con financiación estatal donde se refugien tanto a mujeres como a hombres (como también a niños y niñas) que sufran de la violencia doméstica. También ayudaría la provisión de asistencia social ya sea a manos de profesionales (psicólogos y trabajadores sociales) como líneas telefónicas de ayuda.

A nivel cultural, si creemos que esta violencia parte del sistema de género tradicional, se debería promover una cultura con roles y mandatos de género flexibles; es decir, una cultura con roles y mandatos cuyo incumplimiento no derive en una estigmatización o condena social sobre los sujetos.

 

Referencias

[1]) Marta Lamas resume esto con la siguiente frase: “Estamos inmersos en una cultura que dice que no hay que golpear a una mujer ni con el pétalo de una rosa”. Ver Excelsior (17/03/2017).

2) Para mayor detalle ver la nota de Infobae (24/06/2017).

3) Para ver el caso de las Fuerzas Armadas argentinas ver Chequeado (08/01/2018).

4) Los porcentajes fueron calculados a partir de los datos provistos en Excelsior (13/03/2017).

5) Esto se puede ver en la nota anteriormente citada en Excelsior (13/03/2017).

6) Este punto está analizado por Karen Straughan en el documental  The Red Pill. El fragmento con subtítulos en español se puede ver en el siguiente link:https://www.youtube.com/watch?v=yJOlIm5_wGs

7) Para evitar confusiones nos gustaría aclarar que los femicidios y los femicidios vinculantes son contabilizados por separado. Es decir, los femicidios vinculantes no son incluidos dentro de las estadísticas de femicidio.

8) Observatorio de Femicidios en Argentina “Adriana MariselZambrano”  (2013). Caso 125 del año 2009 (p.180):

ʺ15 de Agosto. Elsa del Valle Palma, 45 años, Barrio Independencia, Santiago del Estero. Murió ahogada, en un confuso episodio. Desaparecida desde el 5 de Agosto, su cuerpo fue encontrado flotando en un canal. “Los investigadores no descartan ninguna hipótesis. Pero sí los desconcierta que se hubiera querido suicidar cuando preparaba una fiesta de cumpleaños para un nieto”. No se registra más información. Se registra: hijas o hijos. (No se registran más datos).ʺ

 

Bibliografía

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(*) CENTRO DE ESTUDIOS SOCIOECONÓMICOS ROBERTO CARRI

 

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